
Autor: Luis Alberto Mamani Sarzuri
Fecha: 27/08/2026
En Bolivia, la mirada sobre el desarrollo agropecuario se ha centrado históricamente en las grandes extensiones de monocultivo, las exportaciones y el crecimiento económico generado por las grandes empresas agroindustriales. Esta perspectiva ha contribuido a construir una determinada idea de lo que entendemos por desarrollo agropecuario: un modelo asociado, principalmente, a la escala de producción, la capacidad de exportación y la generación de divisas.
Sin embargo, esta no es la única realidad que sostiene la producción y la alimentación del país. Detrás de los alimentos que llegan diariamente a la mesa de las familias bolivianas existe un sector poco visibilizado, pero fundamental para la seguridad alimentaria: la pequeña propiedad y la agricultura familiar campesina e indígena.
La pregunta, entonces, no es solamente cuánto produce cada modelo, sino qué función cumple cada uno dentro de la vida económica, social y alimentaria del país.
En la Constitución Política del Estado (CPE), en su artículo 394, parágrafo II, se reconoce la importancia estratégica de este sector y se establece que la pequeña propiedad es indivisible, constituye patrimonio familiar inembargable y cumple una función social vinculada a la subsistencia y al bienestar de las familias productoras. Asimismo, el artículo 405 determina que el desarrollo rural integral sustentable debe priorizar la soberanía alimentaria de la población boliviana.
Estos principios reflejan que la pequeña propiedad no solamente representa una forma de tenencia de la tierra, sino también un modelo productivo orientado a garantizar alimentos para la población. Esta función social permite comprender que la pequeña propiedad no puede analizarse únicamente desde la superficie de tierra que posee o desde el volumen de producción que genera. Su importancia también está relacionada con su capacidad para sostener la alimentación y el bienestar de las familias y, a través de ellas, una parte fundamental de la alimentación de la población boliviana.
En contraste, el modelo agroindustrial ha adquirido una fuerte presencia en la economía boliviana, principalmente a través de la producción de soya, sorgo y otros commodities destinados a la exportación, particularmente en el departamento de Santa Cruz. Este modelo se ha consolidado como una fuente relevante de generación de divisas y de articulación con los mercados internacionales. Sin embargo, su orientación hacia estos mercados no permite comprender por sí sola cómo se sostiene la alimentación cotidiana de las familias bolivianas.
En este contexto, poco se habla del aporte de la agricultura familiar campesina e indígena, que produce una parte importante de los alimentos que abastecen los mercados locales y contribuyen a la alimentación diaria de la población boliviana.
Esta diferencia de funciones nos lleva a plantearnos una pregunta que permite mirar el sistema agropecuario desde otra perspectiva: si el agronegocio destaca por su aporte a las exportaciones y al mercado externo, entonces, ¿quién alimenta realmente a Bolivia?
Diversos estudios demuestran que la agricultura familiar campesina cumple un papel fundamental en la alimentación de las familias. Según Tito y Wanderley (2021), a nivel nacional, el 96 % de las Unidades de Producción Agropecuaria (UPA) son familiares y agrupan a más de tres millones de personas, mientras que el 4 % corresponde a la agricultura no familiar.
Asimismo, el 61 % del volumen total de producción proviene de la agricultura familiar, mientras que el 39 % corresponde a la agricultura no familiar e importaciones. Desde la perspectiva de la demanda, de los 38 productos que conforman la canasta básica de alimentos —entre ellos hortalizas, tubérculos y frutas—, el 98 % proviene de la agricultura familiar campesina y solamente el 2 % de la agricultura familiar no campesina. Estos datos hacen referencia a la contribución de la agricultura familiar campesina (AFC) al consumo de la canasta básica de los hogares bolivianos.
Estos datos permiten observar una primera contradicción: aunque la pequeña producción ocupa un lugar mucho menos visible en el discurso sobre el desarrollo agropecuario, su presencia en la alimentación cotidiana de la población es fundamental.
La pequeña propiedad no constituye, por tanto, un sector marginal o residual de la economía rural, sino una de las bases sobre las que se sostiene el abastecimiento alimentario nacional.
En términos de empleo, la agricultura familiar genera cerca del 89 % de las fuentes laborales rurales, ya sea mediante mano de obra familiar o contratada, a diferencia de la agricultura industrial que, pese a su expansión, genera relativamente pocos empleos en las comunidades.
Por otro lado, el Instituto Nacional de Estadística (INE), a través del Censo Agropecuario 2013, refleja el crecimiento de la agricultura familiar en Bolivia. Entre 1950 y 2013, el número de Unidades Productivas Agropecuarias (UPA) pasó de 86.377 a 871.927 en el país. De igual manera, la superficie cultivada aumentó de 654.258 hectáreas a 2.760.238 hectáreas.
Asimismo, cabe señalar que, a nivel nacional, alrededor de 774.250 UPA tendrían características de pequeñas unidades agropecuarias de base campesina e indígena. Esto representa el 88,7 % del total, mientras que el restante 11,3 %, equivalente a 98.391 unidades, correspondería a unidades medianas y grandes de tipo empresarial.
A pesar de contar con menores extensiones de tierra y menores niveles de mecanización, estas unidades productivas de base campesina e indígena sostienen gran parte del abastecimiento de alimentos frescos para el mercado interno, principalmente papa, maíz, hortalizas, frutas, trigo y una producción pecuaria diversificada.Pero hablar de “mano de obra familiar” también nos obliga a preguntarnos qué trabajo queda contabilizado y qué trabajo permanece invisible.
La producción agrícola familiar no depende únicamente de las horas dedicadas directamente a cultivar o criar animales. También requiere preparar alimentos, cuidar a niñas y niños, atender a personas adultas mayores, organizar la vida cotidiana del hogar y sostener las tareas necesarias para que el trabajo productivo pueda realizarse.
Estas tareas de cuidado no siempre aparecen en las estadísticas productivas, pero forman parte de las condiciones que hacen posible la producción.Mientras la agroindustria concentra buena parte de su producción en el mercado internacional, la agricultura familiar campesina contribuye a la alimentación diaria de las familias bolivianas. Ambos modelos cumplen funciones económicas diferentes y responden a lógicas productivas distintas.
La lógica agroindustrial está orientada a la explotación de los recursos naturales, a la producción a gran escala y a los mercados internacionales, mientras que la pequeña propiedad se caracteriza por una producción más diversificada, vinculada al consumo nacional y a los mercados locales.
Esta diferencia permite comprender que aquello que tiene mayor visibilidad económica y comercial no es necesariamente aquello que sostiene de manera más directa la alimentación cotidiana de la población.
Un ejemplo de la importancia de la agricultura familiar campesina en la alimentación de las familias bolivianas se hizo particularmente evidente durante los recientes conflictos sociales. Cuando cientos de personas acudieron a tiendas y ferias barriales para abastecerse de alimentos de primera necesidad, se generaron largas filas debido a la alta demanda. Al mismo tiempo, otras familias realizaron largas caminatas hasta parcelas ubicadas en zonas periurbanas y campos productivos para adquirir alimentos directamente de los productores.
Estos hechos permitieron visibilizar el papel fundamental que desempeña la agricultura familiar campesina en el abastecimiento de alimentos y en la seguridad alimentaria de la población.
La función de la agricultura familiar va más allá de su aporte directo a la alimentación. No solo contribuye significativamente a la alimentación de las familias bolivianas, sino que también cumple funciones sociales, culturales y ambientales fundamentales, al preservar semillas nativas, conocimientos ancestrales y prácticas agroecológicas sostenibles que fortalecen la resiliencia frente a la crisis climática.
No obstante, la importancia de este sector, presente en el altiplano, los valles y las tierras bajas, continúa enfrentando limitaciones en el acceso a financiamiento, asistencia técnica, riego, tecnología y mercados, debido, entre otros factores, a políticas públicas que favorecen en mayor medida al modelo agroindustrial.
Por ello, reconocer el aporte de la pequeña propiedad y de la agricultura familiar no debe entenderse como una ayuda social, sino como una acción clave para garantizar la seguridad y la soberanía alimentaria del país.
Invertir en producción agroecológica, conservación de suelos, manejo responsable del agua, mercados locales y sistemas productivos diversificados permitirá contar con sistemas alimentarios más sostenibles y resilientes, capaces de asegurar alimentos para las familias bolivianas.
Reconocer este aporte implica avanzar hacia políticas públicas más equilibradas y coherentes con el mandato constitucional de garantizar la soberanía alimentaria y el desarrollo rural sostenible.
Las opiniones expresadas en los ARTÍCULOS DE OPINIÓN son responsabilidad exclusiva de los autores y no reflejan necesariamente la posición institucional del CIPCA
Referencias bibliográficas
Asamblea Constituyente. (2009). Constitución Política del Estado. Estado Plurinacional de Bolivia.Instituto Nacional de Estadística & Ministerio de Desarrollo Rural y Tierras. (2015). Censo Agropecuario 2013 Bolivia: Resultados definitivos. La Paz: INE.
Tito, C., & Wanderley, F. (2021). Contribución de la agricultura familiar campesina e indígena a la producción y consumo de alimentos en Bolivia (Cuadernos de Investigación N.º 91). La Paz: CIPCA/IISEC-UCB.
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