
Autor: GRAIN
Fecha: 09/09/2026
La crianza industrial de animales, especialmente de ganado bovino, porcino y avícola, ha dejado de ser un asunto meramente productivo para convertirse en un fenómeno que afecta de manera integral a los territorios y comunidades. Sus consecuencias abarcan la deforestación, la contaminación de ríos, la pérdida de biodiversidad y de saberes ancestrales, así como la desestructuración social y cultural de pueblos indígenas.
Este reporte recoge testimonios y análisis presentados en el taller, con el propósito de sistematizar las problemáticas y aportar insumos para la reflexión de los grupos que estamos trabajando en contra de la crianza industrial de animales.
En el XII Foro Social Panamazónico, realizado en Puyo – Ecuador, se desarrolló el taller “El extractivismo de la carne y la expansión agroindustrial en América Latina”, autogestionado por la Coalición Mundial por los Bosques, CEDENMA, GRAIN, Brighter Green, Acción Ecológica y CIPCA, cuyas principales discusiones, reflexiones y propuestas de acción conjunta se comparten en la presente nota.
En Colombia, tras la firma del acuerdo de paz en 2016, la deforestación se disparó y el número de cabezas de ganado pasó de un millón a 3,7 millones en menos de una década de acuerdo de las compañeras de los grupos de Colombia. Este proceso está directamente vinculado con la apertura de potreros y la ampliación de vías, lo que esta facilitando el ingreso de actores económicos y la colonización de nuevas áreas.
Por otro lado, la contaminación hídrica y expulsión de los territorios a raíz de la instalación de granjas de crianza industrial afecta a varias comunidades, un ejemplo de esto ocurre con la comunidad indígena Tsáchila en la provincia de Santo Domingo en Ecuador, quienes denuncian que los ríos han sido gravemente afectados por los desechos de granjas porcinas, lo que repercute en sus cultivos y en la salud de la población.
La pérdida de biodiversidad es otro efecto crítico. Las quemas de bosques y el avance de monocultivos como la soya, el maíz y otros destinados a la producción de balanceados han reducido drásticamente la presencia de fauna silvestre y de plantas medicinales, esenciales para la práctica de la medicina tradicional de varios pueblos indígenas y campesinos.
Testimonios de varios de los presentes señalaron que especies como jaguares y venados han desaparecido de zonas deforestadas para la implantación de monocultivos y granjas industriales, mientras que el conocimiento ancestral sobre plantas medicinales se ve amenazado por la reducción de su disponibilidad.Los impactos sociales y culturales son igualmente profundos. Empresas como Pronaca en Ecuador han generado divisiones internas en las comunidades mediante la cooptación de líderes, la oferta de empleos precarios y la presión económica.
La reducción de plantas medicinales, que en Santo Domingo - Ecuador pasó de más de 1200 especies a menos de 150 de acuerdo a un líder Tsáchila presente, amenaza la continuidad de prácticas curativas y cosmovisiones indígenas.
La presión sobre los territorios comunitarios en Bolivia, especialmente por asentamientos menonitas, en Tierras Comunitarias de Origen (TCO), para monocultivos de soya que son usados para balanceados, ha provocado migración forzada y debilitamiento de la autonomía indígena. Estos procesos no solo afectan la organización comunitaria, sino que erosionan la identidad cultural y las formas de vida tradicionales.
En palabras de líderes indígenas presentes en el taller, la crianza industrial no solo mata ríos y contamina tierras, sino que amenaza directamente la supervivencia de lenguas, medicinas, cosmovisiones y la soberanía alimentaria. Por otro lado, la dimensión económica y política, la crianza industrial de animales se articula con dinámicas transnacionales. La producción de soya en Bolivia se exporta hacia Ecuador, Colombia y Perú, alimentando granjas industriales y vinculando la deforestación amazónica con cadenas globales de consumo.
En Colombia, la ganadería extensiva ha sido utilizada como mecanismo de lavado de activos provenientes de minería ilegal y narcotráfico, lo que refuerza la relación entre agronegocio y economías ilícitas.
Además, las empresas del sector logran articularse con gobiernos de distintos partidos, asegurando beneficios y ampliando la frontera agrícola sin considerar los impactos sociales y ambientales de acuerdo a los participantes del taller. Esta influencia política refuerza un modelo extractivo que se presenta como sostenible, pero que en realidad profundiza la crisis ambiental y cultural. Casos como el de JBS, la mayor empresa cárnica del mundo, muestran cómo la expansión de la carne está directamente asociada con incendios forestales y pérdida de fauna silvestre, mientras que en Bolivia el discurso oficial de exportación se convierte en justificación para ampliar la frontera agrícola a costa de territorios indígenas.
A pesar de las amenazas, las comunidades mantienen procesos de resistencia. Los Tsáchilas de Ecuador han sostenido luchas contra Pronaca, aunque con desgaste y amenazas constantes. Los Coreguajes de la amazonía en Colombia continúan reuniéndose en congresos para fortalecer su lengua y costumbres, demostrando que la persistencia cultural es también una forma de resistencia.
En el taller se planteó la posibilidad de campañas conjuntas entre países afectados, como Bolivia y Ecuador, para visibilizar los impactos de la soya y la carne industrial y construir alianzas regionales que fortalezcan la defensa de los territorios. Estas propuestas buscan contrarrestar la fuerza de las corporaciones mediante la articulación de movimientos sociales, capaces de denunciar y frenar la expansión del agronegocio.
Una de las principales reflexiones fue que la crianza industrial de animales combina deforestación, contaminación, pérdida cultural y concentración económica, con efectos devastadores en comunidades indígenas y amazónicas. Sin embargo, la persistencia de procesos organizativos y la articulación regional ofrecen un horizonte de esperanza.
La evidencia y testimonios recogidos en el taller muestra que la crianza industrial de animales no puede seguir siendo tratada únicamente como un sector productivo apoyado por los gobiernos. Es necesario que las instituciones nacionales y regionales adopten políticas públicas que reconozcan los impactos socioambientales y culturales de este modelo. 
Exigencias a los gobiernos e instituciones frente a la problemática de las crianza industrial
Los asistentes mencionaron que para impedir el avance de la industrial de crianza industrial se debe trabajar por:
La protección legal de territorios indígenas y comunitarios, debe ser asegurar que los derechos reconocidos en las constituciones y tratados internacionales se cumplan efectivamente. Esto implica impedir la ocupación de tierras por empresas privadas o colonos externos, como ocurre con los asentamientos menonitas en Bolivia.
Se debe promocionar alternativas agroecológicas y comunitarias, que fortalezcan la soberanía alimentaria y reduzcan la dependencia de cadenas globales de consumo. Esto incluye apoyar proyectos de producción local de alimentos, rescatar saberes ancestrales y fomentar mercados solidarios.
Una regulación más estricta de las granjas industriales en relación con la ubicación, el manejo de desechos y la protección de fuentes hídricas. Las normativas deben garantizar que las empresas no se instalen en proximidad a comunidades indígenas ni contaminen ríos y suelos de uso agrícola.
Finalmente, es indispensable la protección de defensores ambientales, dado que en Colombia por ejemplos actualmente es el país con mayor número de asesinatos en este ámbito.
Propuestas de acciones conjuntas:
Crear de campañas conjuntas de denuncia y sensibilización entre Ecuador, Bolivia, Colombia y otros países de la región, visibilizando por ejemplo, cómo la soya producida en Bolivia alimenta granjas industriales en otros países y cómo la carne industrial está asociada a deforestación y pérdida cultural.
Organizar encuentros regionales de pueblos indígenas y movimientos campesinos afectados por la expansión de la crianza industrial, para compartir experiencias de resistencia, coordinar estrategias y generar propuestas comunes frente al avance de esta actividad.
Fortalecer redes de intercambio de saberes ancestrales, que permitan recuperar plantas medicinales, prácticas curativas y cosmovisiones indígenas.
Impulsar de alianzas con consumidores urbanos, promoviendo hábitos de consumo responsables y campañas de boicot a empresas que vulneran derechos humanos y ambientales como las de crianza industrial. La solidaridad no solo debe darse entre comunidades rurales, sino también entre sectores urbanos conscientes.
Construir plataformas de comunicación regional, capaces de difundir testimonios, investigaciones y denuncias, y de contrarrestar la narrativa corporativa que presenta a estas empresas como sostenibles y responsables.
Finalmente, se propone la creación de un mapa colaborativo internacional de resistencias, que documente casos de comunidades afectadas y experiencias de lucha contra la crianza industrial. Este mapa permitiría identificar patrones comunes, visibilizar territorios en riesgo y fortalecer la solidaridad transnacional.
Reflexión final:
Debemos trabajar conjuntamente entre los diferentes grupos ya que, la crianza industrial de animales se ha consolidado como un modelo que combina deforestación, contaminación, pérdida cultural, de la soberanía alimentaria y concentración económica, con efectos devastadores en comunidades indígenas y campesinas.
Nota: GRAIN es una pequeña organización internacional sin ánimo de lucro que trabaja para apoyar a los pequeños agricultores y a los movimientos sociales en sus luchas por sistemas alimentarios controlados por la comunidad y basados en la biodiversidad.
Las opiniones expresadas en los ARTÍCULOS DE OPINIÓN son responsabilidad exclusiva de los autores y no reflejan necesariamente la posición institucional del CIPCA
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