Autor: Fronteras desdibujadas
Fecha: 28/09/2016
Cada vez más se facilitan e intensifican los tránsitos entre lo urbano y lo rural, al punto que en ocasiones es difícil marcarlos como mundos separados. De ahí que, por ejemplo, las ciudades capitales se ven obligadas a generar políticas de "conurbanismo”, agricultura urbana y dobles residencias; mientras que, por su parte, hay amplias zonas rurales que se están convirtiendo en lugares de trabajo (sin residencia) y ampliando sus servicios diarios de transporte hacia las urbes.
De esto trata un trabajo reciente y minucioso publicado por el Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA), basado en una muestra de cinco regiones del país. Su inquietud principal es decodificar las principales dinámicas que mueven actualmente las configuraciones de los mundos rurales, en plural, porque el reconocimiento de la diversidad es un punto de partida. Los supuestos de esa búsqueda incluyen la certeza de que se trata de un mundo en movimiento y de realidades interconectadas, aún teniendo en cuenta las dificultades evidentes de acceso, y comunicaciones que las poblaciones rurales todavía confrontan en Bolivia.
Hay varias fuentes de información para responder a esa inquietud. La primera, obviamente, está en las propias dinámicas internas de familias, comunidades y pueblos. Otra, que constituye una tendencia cada vez más importante, proviene de las relaciones rurales urbanas, incentivadas por las nuevas y distintas vías de comunicación, por las constantes movilidades poblacionales, y, cómo no, por economía.
Para entender mejor esta realidad es necesario transparentar las expectativas de vida de las poblaciones rurales: interpelar el mito de la homogeneidad económica y social campesina, develar los misterios de la movilidad humana, sus ciclos y ritmos, los sedimentos que está produciendo, y enfrentar las expectativas reales de las y los jóvenes a quienes, hoy por hoy, vemos sólo como fugitivos o como prisioneros del campo.
También hay que desatanizar las relaciones económicas rurales urbanas, enfrentando la deficiente productividad y el papel de los intermediarios, descritos con ópticas que desconocen la existencia de eslabones diversos en las cadenas económicas y de las funciones dinamizadoras que cumplen. Asimismo, dejar de pensar en el campo como el refugio del pasado y de técnicas ancestrales en el roturado de la tierra o en la conservación y manejo de las semillas. Hay una cierta radicalidad ingenua en posiciones críticas respecto a mayores interconexiones, modernización productiva y manipulación genética.
Lo cierto es que las interdependencias rurales urbanas seguirán incrementándose. El estudio señala que las manchas urbanas están creciendo a costa de la disminución de predios para la producción agrícola. Hay beneficios y hay riesgos. ¿Esto implica en la práctica que cada vez se producirá menos o que los propios productores están obligados a optimizar sus recursos para la producción?
Los paisajes cambian. Hay más caminos, más transporte y mucha más gente que se moviliza. Indudablemente, agentes estatales, de la academia, de las ONG y los propios actores sociales–económicos rurales tienen por delante, y con urgencia, el difícil desafío de construir redes efectivas de colaboración e intercambio. Si la producción de alimentos es un bien social, es fundamental hacer de la opción por vivir de la producción agrícola una apuesta a ganar.
Carmen Beatriz Ruiz Parada es comunicadora social.
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