Autor: Xavier Albó (*)
Fecha: 18/01/2013
En cualquier partido y asociación política la línea divisoria entre disciplina partidaria y levantamanos acríticos es siempre muy tenue y seguirá sujeta a debates tanto externos como también internos. Quienes quieran seguir en el proceso de cambio sin ser llullas, llunk’us ni ch’inyas, de que hablé en mis dos últimas columnas en LR, no siempre lo tienen fácil. Desde el poder la gran tentación es casi siempre aumentarlo y concentrarlo más y más, apretando las tuercas por el lado del autoritarismo y no por el del sano pluralismo, incluso al interior de su propio partido.
Ocurre ante todo en las dictaduras de todos los tiempos y colores, sean militares, fascistas o socialistas, de derecha o de izquierda. Pero la tendencia se da también casi siempre en los partidos más poderosos de épocas democráticas. En México, durante las largas décadas democráticas con el PRI “partido único”, se lo llegó a llamar “la dictadura perfecta”. Más cerca de nosotros, recordemos el MNR –y “el maravilloso instrumento del poder”, de que hablaba Paz Estenssoro–, y el mutante ADN, PODEMOS, etc. del ex dictador Bánzer.
Ahora los sectores más poderosos del MAS pasan por tentaciones semejantes. Un primer paso es distanciar y despreciar con epítetos insultantes a quienes habiendo sido aliados o incluso importantes miembros, empezaron a mostrar discrepancias, para ellos demasiado estridentes. Pasan a ser “resentidos”, onegeísmos neoliberales, etc., y se usan todos los artificios para identificarles con la oposición más neoliberal, lacaya del imperialismo. Paradójicamente se pololea a la vez con la vieja oposición…
La víctima para mí más lamentable de este estilo ha sido la rotura del Pacto de Unidad de los movimientos sociales, primero retirando a los aliados menos orgánicos y después intentando dividir a éstos entre un bando leal al MAS y los otros, objeto de toda esa retahíla de epítetos. Por el camino van favores de todo tipo a los leales y repudios a los otros. En el largo y todavía no concluido conflicto del TIPNIS han abundado ese tipo de estrategias.
El más reciente capítulo de ese proceso ha sido el retiro de la confianza a Rebeca Delgado para que no siga en la presidencia de la Cámara de Diputados, después de su mayor apertura a debate interno dentro del Hemiciclo, su conflicto con Carlos Romero, y el cuestionamiento a la constitucionalidad de una ley que excluiría responsabilidades de mandos superiores. Comparto la defensa que de ella hace Rafo Puente (Página Siete, 11-04-13), uno de los militantes masitas más dispuestos a decir públicamente su verdad sin dejar de trabajar activamente por el actual proceso, aunque por ello haya debido renunciar a determinados cargos ejecutivos. En este nuevo episodio, ya (aún?) no se la insulta feamente. Pero, por haber tenido la valentía de discrepar públicamente en función de su rol de presidenta de diputados, se la empuja a un lado.
Por un viaje inminente envío mi nota sin conocer aún el desenlace; el lector dominical ya debe saberlo. Pero, sin ser ni pretender ser masista, yo sigo apostando a que el MAS se decante más por el diálogo plural, fuera y dentro del partido, sin caer en un creciente autoritarismo enmascarado de “centralismo democrático”. Si sólo caben discrepancias en privado y en un círculo restringido, ¿en qué queda la transparencia? Ni se cumple el ama llunk’u ni –al callar cuando debería hablarse– el ama llulla; con su variante ama ch’inya.
(*) Xavier Albó es antropólogo, lingüista y jesuita.
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