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Modelo productivo guaraní, un colchón en tiempo de cuarentena

Modelo productivo guaraní, un colchón en tiempo de cuarentena

Foto: archivo CIPCA Cordillera

Autor: Nestor Cuellar Alvarez, director CIPCA Cordillera y Elías Caurey, sociólogo y antropólogo guaraní
Fecha: 06/04/2020

En el territorio guaraní es común escuchar decir a las abuelas: “Eñono yapepo tatape, toyerure toï (Pon la olla al fuego, que esté orando)” y algunos agricultores de que “el chaco entre una a tres hectáreas es como un mercado, se da de todo; pero, producir más grande es ya para la venta”. En el primer caso, se sustenta en el hecho de que hay certeza en el espíritu colaborativo o de compartir (mborerekua) y la fe en que los objetos tienen vida e interceden para cumplir su función en alimentar al guaraní; es por eso que, luego de estar un rato la olla en el fogón, calentando solo con agua, alguien llega trayendo un pedazo de carne, otro con yuca y así sucesivamente hasta tener los ingredientes básicos para preparar la comida. En el segundo, se cree que un chaco muy grande no da para mimarlo a todos y en el trabajo entra la mecanización. En efecto, siguiendo estas premisas abordaremos características básicas del modelo productivo guaraní como una forma de garantizar la seguridad alimentaria de la familia y comunidad en época de cuarentena; no obstante, nos remitiremos a datos generales sobre el tema para una contextualización.

El último Censo Agropecuario de 2013 ha mostrado que en Bolivia existen 872.641 Unidades Productivas Agropecuarias (UPA) en el territorio nacional y que trabajan la tierra en una superficie poco mayor a 2,7 millones de hectáreas. Un 89% (774.250) de las UPA están en manos de pequeños productores, campesinos e indígenas y el 11% (98.391) en manos de los empresarios y/o grandes productores. De las UPA trabajadas, el 92% es considerada agricultura familiar campesina-indígena, el 7% son medianos productores y el 1% grandes productores empresariales. A pesar de esta distribución económica-social, en términos de superficie, las y los agricultores familiares campesinos indígenas cultivan solo el 14 % de la tierra; los medianos el 26 %; y en contraste, la agricultura empresarial ocupa el 66 % de la tierra cultivada, demostrando que la inequidad en el acceso a la tierra-territorio persiste, a pesar de las normas y acciones de reivindicación emitidas en la vida democrática de Bolivia.

Siguiendo los datos del Censo Agropecuario del 2013, en el Chaco boliviano se registraron 25.694 UPA asentadas en 4.129.214 hectáreas (encontrándose con algún tipo de uso) que representa el 32,4% de la superficie de todo el Chaco boliviano y la superficie cultivada llega a 235.000 hectáreas que representa el 1,8% del total de la superficie del Chaco y el 5,6% con algún tipo de uso. Del total de 235.000 hectáreas el 70% son pequeños productores (campesinos migrantes quechuas y aimaras, indígena guaraní, criollos). En ese sentido, ese 1,8% de superficie cultivada en el Chaco boliviano, son las que están proporcionando productos y alimentos a las familias, personas de los centros urbanos y ciudades capitales de la región en esta época tan difícil para la humanidad, pero su dinámica de trabajo en estos días de cuarentena no se ha reducido, más al contrario se agudizo por la demanda en las áreas concentradas.

La región del Chaco boliviano es un territorio hostil y de frontera. Con sus más de 12 millones de hectáreas, es una de las macrorregiones más extensa y diversa de Bolivia. Geopolíticamente está ubicado en tres departamentos (Santa Cruz, Chuquisaca y Tarija), cinco provincias, 15 municipios y una Autonomía Indígena Originaria Campesina. Es un ecosistema complejo y frágil, debido a las condiciones climáticas, topográficas, disponibilidad de fuentes de agua superficiales, característica de sus suelos, accesibilidad y red caminera, comunicación, composición social y presión sobre los territorios con modelos de producción inadecuados; de alguna forma, son elementos que estructuran un sistema que demanda diseñar mecanismos innovadores para garantizar una producción sostenible. Sus principales características son temperaturas altas y poca precipitación, es idóneo para producir maíz en época de lluvia y desarrollar la ganadería, fue y es habitado desde siempre por el pueblo guaraní. En las últimas décadas se han experimentado un flujo migratorio de otras latitudes del territorio nacional y de colonos menonias, principalmente por el fenómeno hidrocarburífero, es el caso del municipio de Caraparí que en el censo 1992 tenía una población de 7.816 habitantes, el 2001 subió a 8.333 y el 2012 con una población de 15.366.

El CIPCA en la región del Chaco boliviano ha sido testigo ocular y activo de las grandes transformaciones sociales, políticas y de modelos de producción, porque viene acompañando desde hace más de 40 años a familias guaraní promoviendo el desarrollo rural sostenible. Estamos hablando, por ejemplo, la creación de la Asamblea del Pueblo Guaraní (APG) en 1987, la creación del Fondo de Desarrollo para los Pueblos Indígenas Originarios y Comunidades Campesinas (Fdppioycc), el Impuestos Directo a los Hidrocarburos (IDH), la primera Autonomía Indígena Originaria en Bolivia, entre otros hitos que han sido políticas que ha significado cambios estructurales del Estado boliviano y el movimiento indígena.

“Karuai (hambruna)” era una palabra bastante utilizada en las comunidades guaraní durante la década de los 70 del siglo XX. Para entender este fenómeno es fundamental hacer referencia a la “masacre de Kuruyukɨ” ocurrido en 1892, donde el pueblo guaraní se enfrenta al Estado Republicano por la defensa de su territorio; lo que significó la dispersión del pueblo guaraní y la perdida, de gran parte, de su territorio. Fue así que, sumado a la reducción de su espacio territorial para la siembra (de maíz, sobre todo) vinieron desastres naturales (inundación) y pestes (viruela), provocando movimiento poblacional; algunas zonas, familias enteras se iban a la zafra, otras migraron a las ciudades (Santa Cruz, fundamentalmente), algunas optaron por trabajos eventuales en las haciendas, quedando pocos en las comunidades. Sin embargo, esta realidad fue cambiando de a poco; con la creación de la APG se formaliza las 19 demanda al Estado la titulación de tierra por un poco más de 10 millones de hectáreas, de las cuales a hasta el 2020 se titularon 1.8 millones; la cantidad aún es insuficiente, porque muy poco son tierras aptas para el cultivo; sin embargo, ya cuentan con espacio territorial donde cultivar la tierra y criar animales.

En los recorridos habituales que se hace como CIPCA en las áreas de acción en territorio guaraní como la Tierra Comunitaria de Origen (TCO) Charagua Norte de la Autonomía Indígena Originaria Campesina Charagua Iyambae y por el municipio de Machareti, los hogares visitados indican que cultivan la tierra. Hay distintos cultivos anuales y multianuales, 16 en total (maíz, frejol, zapallo, sésamo, maní, yuca, ají, caña de azúcar, naranja, mandarina, pomelo, limón, lima, palta, manga) y cuentan con crianza de bovinos, caprinos, porcinos, ovinos y aves de corral; además, algunos producen miel en apiarios.

Este modelo de producción está basado en la revalorización de los saberes locales de la cultura guaraní y se asienta sobre dos pilares. Por un lado, el manejo razonable y sustentable de la tierra permite diversificar la economía familiar y la dependencia de insumos externos es bajísima; de esa forma, se garantiza un uso sostenible de los recursos naturales, en especial agua y suelo y preserva la biodiversidad. Por otro lado, las relaciones sociales y el control social (el ñande reko o modo de ser guaraní) marca la dinámica de producción, aportando así a un nuevo estilo de vida, donde la interacción persona-naturaleza y persona-comunidad es la raíz de esta dinámica que garantiza una producción sostenible de alimentos. En síntesis, el hecho de poner a orar a la olla (interrelaciones sociales) y sembrar lo necesario (manejo razonable de la tierra) nos da luces de que el modelo productivo guaraní que es un camino para pensar en la seguridad alimentaria de la familia y comunidad.

El modelo productivo guaraní para que siga siendo un colchón, más en tiempo de cuarentena y a criterio nuestro, el pueblo guaraní tiene varios desafíos: seguir fortaleciendo su ñande reko en todos los niveles (implementar con fuerza el currículo regionalizado guaraní en la educación escolar); trabajar, desde sus instituciones, un plan de revitalización lingüística y cultural; lograr un incremento en la producción con técnicas y tecnologías sostenibles; generar innovaciones tecnológicas apropiadas al contexto productivo con muy poca dependencia de insumos externos; gestionar recursos económicos ante decisores públicos para garantizar una inversión adecuada y oportuna en sistemas productivos comunales y familiares; garantizar un desarrollo sostenible de las familias, con participación activa de jóvenes y mujeres; buscar estrategia que garantice la implementación de iniciativas productivas que aporten a la transformación y comercialización organizada de productos estratégicos como la miel o maíz; y por último, entre sus instituciones y autoridades trabajar en dar condiciones para garantizar la estabilidad económica y permanencia de la familia campesina indígena en su territorio. A la postre, que este tiempo de cuarentena que estamos viviendo a causa del Covid-19 sea una oportunidad para pensar en fortalecer el modelo productivo guaraní.


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