Las dos Bolivias, confrontadas en una pugna política desmesurada, de las que tanto se habló a lo largo de estos últimos tiempos, al fin y al cabo había sido nada más que una sola forma concreta de país, proyectada de manera partida y distorsionada por el cataclismo ocurrido en las estructuras de poder que experimentó el país como consecuencia de la emergencia de una fuerza política compuesta por sectores sociales y actores políticos históricamente marginales unos (pequeños grupos del izquierdismo tradicional) y marginados otros (los indígenas del país y otros sectores populares). Por tanto Bolivia es una sola, pero así de diversa, así de compleja, así de multipolar, así de contradictoria.
Son dos las fuerzas políticas centrífugas que protagonizaron esta confrontación, ambas asentadas sobre bases sociales reales, tradicionalista la una e indígena-popular la otra, las cuales confrontaron sus fuerzas y esa confrontación generó inestabilidades peligrosas, pero aparentemente su desenlace fue los resultados de las elecciones generales del 18 de diciembre pasado, donde la segunda (la indígena-popular) tomó la posta del poder y avanza bien impulsada. En adelante habrá todavía atisbos de resistencia, pero al parecer la tendencia está dada, a menos que sucedan desaciertos sucesivos y crasos o que se den influencias externas de fuerte impacto.
No obstante, partiendo de la constatación que esta nueva fuerza política, ahora ya en función de gobierno, no sólo constituye un partido político, sino que, por las dimensiones que adquirió, se trata de la convergencia de un conjunto de movimientos sociales de carácter popular, lo que actualmente se gesta y merece mayor atención, es una especie de pugna interna no explícita que, simplificando, ideológicamente está expresada en dos corrientes: una de izquierda más o menos tradicional que habla de la concreción de la izquierdización de las clases populares en el país y una corriente de enfoque indigenista que pregona la descolonización cultural de los originarios del país a partir del control de las esferas formales del poder.
Ambas corrientes han intentado colocar su sello a este emprendimiento popular y hasta el momento ambas han conseguido de manera relativa su propósito; y pese a que se empieza a hablar insistentemente de la izquierda indígena, no pasa de ser sólo un discurso lírico, sin fundamentos elaborados, ni proyecto definido.
Por lo menos, como se percibe hasta ahora, esta nueva fuerza política no constituye propiamente una simbiosis ideológica entre lo indígena y alguna expresión de socialismo, sino más bien se trata de una confluencia ocasional de estas dos corrientes para afrontar una realidad excluyente y para canalizar un desbordante descontento social. El primero (movimiento indígena), motivado por su fuerza social, en tanto sector social políticamente cohesionado, y el segundo convencido de su vasta experiencia en procesos electorales.
En esta nueva pulseta, aparentemente lo indígena va adquiriendo primacía, esta conclusión se la obtiene tomando únicamente como referencia el sentido evolutivo del discurso electoral del MAS, tomando en cuenta que su principal líder representa esta corriente y sobre todo constatando la carga simbólica empleada a lo largo de la campaña electoral y en la posesión del nuevo gobierno.
Pero aún es prematuro sacar conclusiones definitivas, puesto que esta especie de lucha interna quizá recién empieza y tenga aún para rato, por tanto está lejos de considerarse como resuelta. De ahí que oímos a unos, especialmente líderes y dirigentes indígenas, enarbolando el empoderamiento indígena y a otros, entre ellos a personalidades y movimientos extranjeros, proclamando la victoria de la izquierda.
Esta situación plantea a futuro tres escenarios posibles cuya concreción podría generar consecuencias distintas:
(*) Sociólogo en CIPCA Beni.
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