Fátima Zelada Callaú
Viernes, 01 Junio 2007

Como en cualquier lugar de América Latina, en los territorios indígenas mojeños nos topamos con lo que algunos llaman “retraso del desarrollo”, “índices de pobreza elevados” o “necesidades básicas insatisfechas”. Hay una evidente desigualdad de oportunidades y una inequidad en varios aspectos, que pueden ser percibidos desde diferentes ángulos y perspectivas.

Mojos es parte del Beni, que se caracteriza por sus inmensas pampas y bosques y al que muchos gustan de llamar “el país del agua” porque cuenta con innumerables ríos, arroyos y lagunas, y en el que conviven zonas urbanas y rurales, donde se encuentra los territorios y comunidades indígenas de diversas etnias. Algunas manifestaciones culturales atraen a muchos turistas en la época de la festividad del Santo San Ignacio de Loyola, cuya localidad, San Ignacio de Mojos, ha sido nombrada “capital folklórica del Beni y de las misiones jesuíticas”.

Las voces que se escuchan tanto de los dirigentes como en las comunidades dan cuenta que los indígenas tienen su propia ma-nera de ver y explicar lo que allí viene ocurriendo. Parten de su autoafirmación en tanto que indígenas Ignacianas, Trinitarias, Yuraca-ré, Movimas y Chimanes. Se mantienen los conflictos por la tierra entre estas poblaciones y los llamados “carayanas” (blanco mesti-zos); pero el conflicto va muchos más allá de la tierra, hay conflictos por la diferente forma de vida, las normas y costumbres que tienen los indígenas y que no son bien vistos por la población blanca mestiza.

Asimismo, la concepción acerca de la tierra y territorio es diferente, para los indígenas es su ‘casa grande’, es algo que –como di-cen con voz propia los indígenas- “lo sentimos como parte de nosotros, es el lugar donde vivimos y crecemos con alegrías y tristezas, allí es nuestra escuela de vida y por eso lo apreciamos y defendemos”. En cambio la tierra es para el ganadero un recurso para criar vacas y obtener poder, por eso su ímpetu de posesión de mayor superficie de tierras; es por eso que a las TCOs las considerada “tierras inútiles”.

“Nos califican de flojos porque no talamos ni tumbamos los montes como lo hacen los ganaderos y madereros. Nuestra forma de vida y de trabajo es diferente a la de ellos, nosotros lo hacemos a nuestra manera. El trabajo de nuestras manos es lo que comemos todos los días y con ello criamos a nuestros hijos. Trabajamos lo que necesitamos para vivir y no quedarnos esclavizados porque nuestro espíritu no es de esclavo”.

“Si se nos quita nuestro territorio ahí sí que nos vamos a ver obligados a ser esclavos, del que tiene las vacas y nuestra tierra, tra-bajaremos según su modo de vida, y se nos quitará la libertad que ahora todavía tenemos. Por eso queremos mantener nuestra liber-tad, tener un lugar para vivir, criar a nuestros hijos, construir nuestra casa, tener donde cultivar la tierra, disfrutar de lo que siempre nos ha dado la madre naturaleza y practicar nuestras costumbres. La libertad de hablar nuestro idioma y no avergonzarnos porque el carayana quiera discriminarnos”.

“Nos han hecho creer que no sabemos nada y que por ello no podemos participar como ciudadanos bolivianos. La vida y las cir-cunstancias nos dan lecciones duras, y estamos despertando para alcanzar lo que también por derecho nos corresponde. Cuando hablamos con nuestra propia voz nos critican y nos tildan de subversivos y revoltosos, sin darse cuenta que es nuestro grito de siglos de haber callado nuestra voz”.

“La discriminación racial se mantiene latente, estamos como marcados por ser diferentes frente a los carayanas. En la mente de algunos de ellos ronda la idea de que al indígena hay que eliminarlo para que prospere el pueblo. Ellos olvidan que cuando entraron a nuestras tierras los recibimos y compartimos esta tierra, de la que ahora buscan despojarnos. Ellos dicen que consiguieron todo con trabajo, no lo negamos, pero nosotros ayudamos mucho más cuando trabajaron nuestros padres y abuelos para ellos sin ninguna paga; y el ganado que nos dejaron los jesuitas, se los facilitamos, creyendo que ellos sabían más que nosotros. Por todo ello com-prendimos que debemos retomar lo que es nuestro, antes que nos dejen sin nada, postergando nuestros derechos por cien años más. Pues nuestra es la tierra y los derechos humanos también son para los indígenas”.

“Estamos haciendo los esfuerzos necesarios por llegar a un equilibrio, a una convivencia y evitar violencia, pero el carayana no nos escucha y se limita a decir que somos ignorantes y flojos, que no trabajamos la tierra. Seguimos probando hermandad con ellos, prueba de esto es que los volvemos a elegir para algunos cargos”.

Estas son voces y palabras que se va escuchando por las comunidades y que las reproduzco a mi manera, intentando ser fiel al espíritu de sus expresiones. Son muestras de que la gente, tanto dirigentes como bases van tomando cada vez mayor conciencia de su situación y muestran el apego a su tierra y tienen su propia visión de futuro que es preciso comprender en su real dimensión para encontrar caminos de convivencia entre los habitantes no sólo de Mojos, sino también en el resto del país.

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