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Muchos eventos públicos de esos días merecerían nuestra reflexión. Pero en mi mente y corazón está ahora en un asunto mucho más personal y humano: la rápida e inesperada muerte de Olivia Harris. Llega poco después de la muerte, esa vez tras larga enfermedad, de otro buen amigo y colega del que muchos ya han escrito estos días: José Luis Roca, arrebatados ambos de en medio de nosotros por el cáncer.

Aquí no me fijaré en su fecunda y tan bien cuidada producción académica sino en la dimensión más humana y personal de Olivia.

Conocí a Olivia a principios de los años 70, cuando se alojó varias veces en mi casa en La Paz. Era una jovencita inglesa jovial, inquieta, muy cercana a la gente. Juntos viajamos por el altiplano de Jesús y San Andrés de Machaqa y juntos trabajamos una de sus primeros trabajos locales, sobre mineros y campesinos.

Olivia pertenecía a una connotada familia británica, asociada a altos niveles de la Iglesia Anglicana e incluso con vínculos con la Corona. Pero se sumergió plenamente durante varios años en un mundo totalmente distinto, en la comunidad Muruq’u Marka, a un día a pie sin camino carretero estable al sur del Distrito Minero de Catavi, en el extremo sur del ayllu Laymi, cerca de su conflictiva línea divisoria con los ayllus Jukumani y Qaqachaka. Al presentar sus credenciales en la Dirección Nacional de Cultura en La Paz le dijeron que debía estudiar quechua. Lo hizo. Pero cuando llegó allá descubrió que la gente era aymara, aunque muchos sabían quechua como su segunda lengua.

Los comunarios mucho la apreciaban porque compartía toda su vida con todos, trabajaba en la chacra, arreaba llamas, bailaba en las fiestas, comía y dormía lo que fuera y donde fuera. Admiraban su audacia para ir a cualquier parte, cruzar ríos cargados en época de lluvias... Correteó por todas aquellas estancias mayormente a pie, alguna vez incluso en una moto grande que le prestó un profesor. Durante seis meses acompañó a las caravanas de llameros hasta los valles de Mizque. Jaime Bartrolí, entonces párroco de Uncía, me recuerda un detalle que la pinta de cuerpo entero: a la hora y día menos pensados ella aparecía por allí con su poncho ¡y su violín!

¿Qué le había llevado a tanta aventura? Entusiasmada por las charlas de John Murra, el gran innovador de los estudios andinos, fue pionera en trascender la perspectiva peruana por entonces tan dominante y completarla con las novedosas y complejas expresiones culturales que encierra todo el Norte de Potosí. En aquellos años mucho le ayudaron, como co-investigadores locales Eusebio Inca Vilca y su esposa Lidia.

Algunos ayllus más allá, en San Marcos vallada de Macha, seguía un camino complementario otro británico, Tristan Platt. Más al norte, los historiadores franceses Thérése Bouysse y Thierry Saignes (+ 1992) le añadían datos y profundidad etnohistórica. Más al sur, Verónica Cereceda le daba el toque estético, con su sensibilidad única... Así surgió todo un equipo, pronto acompañado de toda una tropa de noveles investigadores, tanto bolivianos y andinos como de otros muchos países, que han ido renovando nuestra comprensión y compromiso con los pueblos andinos en Bolivia, Perú y el norte de Chile y Argentina.


Esa calidez humana de sus primeros años se ha ido repitiendo en todos esos años hasta los días mismos de su muerte, acompañada de Harry, su querido esposo, y Marina, su tan buscada y querida hija anglo-boliviana.

No muchos años después de su paso por Muruq’u Marka, su principal colaborador y co-investigador, Eusebio Inca, falleció prematuramente, a sus 35 años, por descuido de atención en un hospital de Potosí en una enfermedad fácilmente curable. Mucho le dolió y le preocupó a Olivia tanto por él como por su esposa Lidia y sus hijos.

Poco pensaría entonces que, transcurridos los años y a pesar de los impecables cuidados del sistema médico británico, la muerte ladrona también la asaltaría a ella de una manera igualmente brutal. Ahora se ha reencontrado de nuevo con Eusebio en la otra vertiente de la vida, esa que nada comprendemos pero que sabemos y aceptamos. Los propios Laymi le enseñaron a aceptar con esperanza ese misterio por el que tarde o temprano todos transitamos. Olivia, sigues muy viva y presente en nuestro recuerdo y en todos esos trabajos que nos has dejado.


*Xavier Albó es antropólogo lingüista y jesuita.

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