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Este 5 de septiembre se nos murió Alfonso Pedrajas, más conocido por todos como Pica. Era un valenciano-andaluz nacido en 1943 en España. Pero ya en 1961, a sus 18 años, siendo recién pichón de jesuita, llegó a Bolivia y, como tantos de nosotros, se enamoró de su nueva patria hasta la muerte. En los años 60 empezó junto con Pedro Basiana - ese jesuita místico y quijote que tanto influirá en su vida - un nuevo estilo de vida religiosa inserta en sectores populares, al tiempo que enseñaba en un colegio “de pago” y otros dos más populares.

En 1973 los dos iniciaron esa otra aventura conjunta del Colegio Juan XXIII (Cochabamba), tan único y arraigado en nuestra realidad. Le dedicará 17 años, primero acompañando a Pedro y, cuando éste murió, como su continuador junto con Vicu y tantos otros. Era un internado que seleccionaba becados en el sector minero y otros ambientes populares y rurales tanto collas como cambas. Su enfoque, bien resumido en el reportaje que le dedicó hace poco Escape de La Razón (22-III-2009), partía de que los “juanchos y juanchas”, no debían ser  “estudiantes que trabajan sino trabajadores que estudian”. Tenía un audaz sistema de autogobierno estudiantil, cultivaba una honda espiritualidad en línea con la teología de la liberación e incluía experiencias de voluntariado en otras partes del país. Aquel laboratorio de humanidad y solidaridad, al que llamaban la “pequeña nueva Bolivia”, soñaba en formar hombres nuevos para transformar ese país tan lleno de conflictos e injusticia. En medio de altibajos, tensiones y angustias por sus pocos recursos y seguridad financiera, lo logró mejor que otros muchos colegios y universidades bien instalados de corte clásico.


Así lo han testimoniado esos días quienes están ubicados ahora en diversos roles tanto públicos como privados. “Pica es un apóstol de Dios, es nuestro maestro, marcó nuestras vidas, todos los juanchos generación 70, 80, 90, todos venimos de Pica.” – “Era apasionado con esas causas, hasta mezclarse con los mineros mismos en el interior mina, como trabajador común y corriente [en los años 70]. Quería conocer de cerca, y lo hizo...  Compartió con los pobres en el barro mismo, con sus miserias humanas y sus virtudes”. – “La guitarra de Pica era vieja, pero cómo sonaba la condenada que nos movía por fuera y por dentro... todos los presentes nos movilizábamos para abrazarnos, queríamos asegurarnos de que hasta el menos amigo de aquel internado nuestro, se quede con nuestro abrazo.” – “Lo recuerdo cantando canciones de la misa nicaragüense, lleno de energía contagiante... Yo misma también procedo de una familia humilde. Hice el voluntariado junto a Pica y otros y esta experiencia fortaleció mi vocación de servicio hacia los que fueron excluidos históricamente en nuestra Bolivia.”

Desde 1988 hasta su muerte le tocó la delicada misión de acompañar a jóvenes que deseaban ser jesuitas o religiosos. Escribió entonces su texto Lucho vive, que presenta a Espinal como modelo de “comunicador” y “profeta” con una fe y coherencia “granítica”. Pocos meses antes de su muerte publicó su grueso testamento ¿Llamados y elegidos?, que nos trasmite su larga experiencia de acompañamiento a tantos y tantas jóvenes que le buscaban para compartir “entre temblorosos y alegres, su gran secreto: quisiera ser... ¿sería posible que yo...?”
Desde hace ocho años Pica ha estado forcejeando con un  cáncer que se le ha ido metiendo hasta el tuétano de sus huesos. Los tres últimos años he tenido el privilegio de vivir en su misma comunidad, junto con Claudio, Eddy, Emma, Fernando, Yamil, ¡el fiel Thor! y últimamente otros varios. Somos testigos diarios de cómo su gran voluntad de “morir viendo” (en vez de vivir muriendo), le ha dado una resistencia muy superior a la que los médicos diagnosticaban y del bien que el Pica ha seguido haciendo a tantas personas de todo pelaje y condición que se han alojado en casa o le han visitado para tertuliar, buscar consejo o recargar nuestras pilas en esas misas dominicales tan compartidas.

Estimado Pica, hemos llorado tu muerte, y ahora queremos alegrarnos como tú hubieras querido, con música, cantos y risas, y acompañados por tu guitarra, para celebrar que han terminado tu sufrimiento y tu dolor y has regresado a la Casa del Dios Padre Madre, al que tan hondamente anunciaste, quisiste y supiste ver en el necesitado.

 

(*) Xavier Albó es lingüista, antropólogo y jesuita

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