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Propuestas Económicas Productivas

El sistema judicial boliviano es una de las instituciones públicas bolivianas más difíciles de transformar y acoplar a los cambios que el país necesita e intenta implementar. Es una instancia democrática fundamental, como lo debe ser también su independencia de los otros órganos funcionales del Estado. Sin embargo, es un sistema desgarrado desde afuera, corroído y deshilachado por dentro y sin una clara imagen de cómo podría y debería ser en un futuro no demasiado distante.

Lo que los medios más resaltan en el momento es lo más visible e inmediato: cómo va siendo desgarrado desde afuera. Algunas de sus instancias máximas fundamentales van quedando vacantes. El caso más patente es que, desde hace tiempo, no tenemos Tribunal Constitucional. Tocaba al Parlamento reconstruirlo pero ni el Gobierno ni la oposición mostraron voluntad política para llenar ese vacío, uno y otro para tener mayor libertad de movimientos hacia sus respectivos objetivos e intereses.


Tal vacío fue utilizado, por ejemplo, por los defensores del Estatuto cruceño contra la acusación de incluir elementos inconstitucionales, puesto que, transcurrido el plazo legal, ese Tribunal no declaró que lo fueran... ni podía hacerlo porque el Tribunal estaba vacío, sin quórum. Y así ocurre y puede seguir ocurriendo en cualquier ámbito y desde cualquier corriente política.

La Corte Suprema se va acercando a esa situación, ahora con sólo 7 de sus 12 miembros. Y, en medio de tantas elecciones en estos años, la Corte Electoral (hoy, Órgano Electoral Plurinacional) ha estado durante tiempo a un pelo de quedarse sin quórum, por no hablar de la rebeldía de varias filiales en la Media Luna.

El problema no es sólo esa disminución alarmante de miembros en diversas instancias judiciales ni se debe tampoco sólo a interferencias externas. El sistema está también deshilachado y corroído desde dentro, por la baja vocación de servicio, independencia y transparencia de muchos de sus miembros, unos a niveles más altos, otros muchos a los niveles más locales. Con frecuencia la plata en el bolsillo o el tráfico de influencias inclinan la balanza a uno u otro lado, mucho más que el peso de los argumentos. Donde más se siente todo ello es en los ambientes populares y alejados, donde desde mucho tiempo atrás hay un fuerte sentimiento de que recurrir a la justicia ordinaria o a la Policía, es cuestión de tener y gastar harta plata, porque la lentificación burocrática y la corrupción están a la orden del día. Santa Coima, ruega por nosotros.

De ahí surgen todavía otras dos vías: una, buscarse la justicia por mano propia y sin normas, lo que no tiene nada de constitucional; la otra, que sí lo es, aplicar la jurisdicción indígena originaria campesina, con sus propios mecanismos. Pronto volveré a hablar de esta segunda, con sus virtudes y sus defectos en parte reales y en parte distorsionados por los medios o por la ignorancia.

Este vacío creciente de gente y de ideales no tiene guisos de superarse de manera rápida, dado que estamos viviendo en un año puente que supone a su vez también un período de gran vacío jurídico. Hemos pasado de una Constitución Política a otra pero todas las instituciones pertenecen todavía al esquema anterior ya caduco. Incluso el Congreso está ya de bajada, aún más, después haber aprobado la Ley Electoral transitoria. Ésta misma sigue basándose todavía demasiado en los mecanismos de la Constitución anterior por el origen previo de los parlamentarios que la aprobaron y sus negociaciones políticas, por falta de otros instrumentos jurídicos apropiados o por otras razones coyunturales.

Algunos procedimientos para llegar a nombrar a las autoridades previstas por y para el nuevo orden constitucional, incluidas las del sistema judicial plurinacional, serán todavía más lentos. Ese vacío o limbo de transición seguirá, por tanto, aún por más tiempo. Entretanto seguiremos rechinando, pues unos y otros querrán aprovecharlo para llevar el agua a su molino. Dios quiera que con ello el limbo no se convierta en un infierno. Procuremos que sea más bien y literalmente un “purgatorio” que nos purgue y purifique de los defectos de adentro y de afuera y nos ayude a crear los mecanismos más idóneos para superarlos.

*Xavier Albó es antropólogo lingüista y jesuita.

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