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Propuestas Económicas Productivas

 

La china supay peruana Karen Schwarz – nombre por cierto muy andino – ha provocado un debate que muestra cuán viscerales siguen siendo nuestros sentimientos nacionalistas y cuán movilizadores son los símbolos.

Por una carambola, ha sido también la ocasión para que la noche en que escribo estas líneas, todos hayamos gozado de un bellísimo y concurrido festival en la Plaza Murillo de La Paz, cuyos acordes de bandas todavía siguen resonando cerca de mi ventana. Gracias, Karen, por habernos propiciado “sin querer queriendo” ese hermoso espectáculo, lleno de alegría popular, fervor  patriótico y sentido de unidad nacional.  

¿Quién tiene razón en esa controversia sobre los orígenes nacionales de ese baile? He buscado “diablada” en Google de Internet y descubro que el debate actual ya está en la Wikipedia, que sintetiza datos y argumentos de los tres países andinos: el Carnaval de Oruro, la Candelaria de Puno y la fiesta de La Tirana cerca de Iquique. La musicóloga Julia Elena Fortún remontaba sus orígenes ¡incluso al pueblo catalán de Castelltersol!
Pero todo ello puede llevar a conclusiones irrelevantes y falaces, porque dondequiera que se hable de diablos, dentro o fuera de las tradiciones cristianas, es natural que éstos se incorporen también al folklore y danzas, haya o no relación histórica entre esas múltiples celebraciones.
En el actual debate sobre si se trata de algo “boliviano” o “peruano”, hay además un burdo anacronismo, pues bailes coloniales asociados a la alegoría del ángel y los siete pecados capitales y con autos sacramentales,  ya  existían desde antes de que esos países se diferenciaran como repúblicas independientes. Algunos arguyen que es algo “peruano” porque los jesuitas ya tenían algo así en sus célebres doctrinas de Juli, la “Roma del altiplano”. Pero en aquellos tiempos Juli y todo Puno era a la vez parte del obispado de La Paz y de Charcas y del virreinato de Lima sin esas fronteras estatales que hoy rasgan en tres pedazos el territorio aymara (y quechua) que tanta cultura e historia común comparte.

 
Nuestra diablada orureña tiene, por otra parte, características que la arraigan en tradiciones mucho más hondas tanto históricas como culturales, religiosas y hasta socio-políticas. El diablo es también Wari, divinidad del mundo de abajo y adentro en la que están también los orígenes del Tío o dueño de la mina, al que los mineros rinden culto para que les dé la veta y no provoque accidentes. Todo ello forma parte de los orígenes míticos de Oruro, junto con las hormigas, el Sapo y la Víbora, tan presentes en las máscaras de esos diablos que inspiran más alegría y liberación que miedo.

En ese contexto sincrético andino cristiano, la emergencia de miles de diablos danzantes en tiempo de Carnaval expresa además lo que Wachtel caracterizó como “la visión de los vencidos”. Los oprimidos del interior de la mina salen a la luz y se apoderan de toda la ciudad, hechos unos diablos que saltan a la vez como ángeles y como sapos que nos traen el agua.
Esa especie de auto sacramental llamado “Relato” que se realiza a los pies de la Virgen del Socavón, resalta que es el Ángel el que acaba subyugando a los Siete Pecados Capitales con sus huestes. Podría insinuar también la dura realidad diaria de los mineros. Pero no me parece que esta sea la vivencia central de quienes participan en todo el festival como actores, danzantes y miembros de las numerosas celebraciones satélites que duran meses y meses. Es mucho mayor el sentido de alegría, comunión festiva, liberación y orgullo local y nacional.
No hace muchos años, un sacerdote, delegado de liturgia de la diócesis y a la vez miembro activo de una fraternidad, celebró la misa en el santuario de la Virgen (y, a la vez Ñusta) junto con su fraternidad y con toda su gala de diablo. Tal vez interpretó esa teología popular e inculturada de la liberación mejor que los redactores del Relato.

Sólo en las últimas décadas se han añadido los conjuntos de diablas, antes reducidas a algunas pocas chinas supay abriendo la marcha de los hombres  diablo.

Lo único que hoy estorba en todas esas celebraciones comunes de Oruro, Puno e Iquique son esas fronteras que nos hacen sentir distintos y hasta enemigos, por culpa de intereses económicos y políticos distintos, polarizando primero a Chile vs. Bolivia y Perú y, ahora, a Bolivia vs. Perú, con epítetos de tono subido entre los presidentes de ambos países. Esa polarización resulta más diabólica que los diablos danzarines, tan simpáticos y seductores.    
Si no fuera por ello, lo obvio sería que todos nos alegráramos por compartir ese común patrimonio histórico, cultural y religioso, que tanto puede acercar el occidente boliviano con el sur del Perú y norte de Chile. En el pasado reciente ha habido ya visitas fraternas de la diablada por los tres países. Valdría la pena continuarlas e incrementarlas en las tres direcciones de ese triángulo tri-estatal. ¡Lindo sería que en la celebraciones de cada país bailaran regularmente siquiera algunas de las diabladas de los otros!

Lo estético y lo festivo, con toda su carga simbólica y religiosa, puede y debe contribuir más bien a distensionar nuestras relaciones y polarizaciones. Se facilitará así un mayor entendimiento por encima de esos otros intereses, tanto a nivel internacional como también al interior de nuestro propio país, una Nación Boliviana unitaria que abarca, protege y dinamiza en su seno a tantas naciones originarias igualmente legítimas y finalmente liberadas.


(*) Xavier Albó es antropólogo lingüista y jesuita.

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