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Hace ocho años a principios del 2002, por esas mismas fechas, teníamos bloqueos y protestas por diversas partes del Chapare, Cochabamba, Oruro y La Paz. El mes anterior había ocurrido el conflicto entre Evo, Tuto Quiroga y su Congreso, primero por un decreto secreto que prohibía la comercialización de la coca del Chapare y después porque el Congreso defenestró a Evo, acusándolo sin pruebas de ser el autor material de la muerte de dos policías en Sacaba. Salió recordando la frase atribuída a Tupaj Katari, que volvería y sería millones. Fue el principio del crecimiento exponencial de Evo.

Los movimientos sociales, que se sentían representados en Evo, iniciaron bloqueos para apoyarlo. Toda la región estaba convulsionada. Esa vez hasta Felipe Quispe, que estaba en deuda de ayni con Evo porque meses antes éste lo salvó cuando un bloqueo altiplánico estaba a punto de fracasar, también lo apoyó.

Los bloqueos continuaban sin visos de un arreglo, pero un nuevo factor entró en juego: se avecinaban a toda velocidad las fiestas del Carnaval. Oruro, la capital folklórica que moviliza a miles de visitantes y millones de pesos si no dólares, estaba nerviosa. Se organizó una rápida mediación de la Defensoría del Pueblo, la Asamblea Permanente de Derechos Humanos y la Iglesia y empezó una maratónica negociación entre ministros y dirigentes sociales, incluido Evo. A la 1 de la madrugada del sábado de la Entrada se firmó y divulgó el acuerdo y a las 3 a.m. empezaron a partir hacia Oruro las flotas amontonadas en diversas terminales del país. Mágico Carnaval, capaz de doblegar terquedades políticas. ¿Quién lo inventaría?
Han transcurrido ocho años y el Carnaval hoy llega también en medio de tensiones de todo tipo. Por el contorno de La Paz la prensa, radio y televisión nos van presentando a diario nuevos episodios de la tele-tragedia del asesinato, atraco, volteo, corrupción y las complejas redes de complicidades en torno a YPFB. Los corruptos de ayer hoy se visten de censores moralistas y viceversa.

Algo comparable ocurre en el extremo norte de Pando, tanto tiempo bajo la ley de la selva, desde los ya lejanos años del “superestado” de Rubén Julio, a principios de la Revolución Nacional del MNR. Sigue habiendo discusiones acaloradas sobre quién se farreó allí qué recursos y desde cuándo y sobre quién decidió matar a quiénes el pasado septiembre. ¿Quién se pasó más: los que dispararon a mano salva o los que se saltaron procedimientos para llevar hasta La Paz a algunos de los presuntos acusados?

La semana anterior estuve en Pando y no llegué a aclararme en medio de las varias versiones sobre cómo ocurrió la muerte de Oshiro. Pero, después de haber conversado con un  campesino que tiene todavía una bala atravesada en su cuello; y de haber escuchado en su propia comunidad el relato de una viejita que sobrevivió siete horas oculta y espantada dentro del río hasta que pasara la balacera y desapareciera el peligro; y haber dado un fuerte beso y abrazo a la viuda de un dirigente después de escuchar su relato sobre cómo mataron a sangre fría a su esposo en Porvenir, ciertamente puedo dar fe de que masacre a campesinos sí la hubo. Lo sabe y atestigua también el obispo. Doy fe también de que quienes entonces les socorrieron siguen recibiendo hasta hoy mensajes anónimos llenos de insultos y amenazas.
Ese otro tipo de carnavales políticos, ¿quién inventaría? Cristo, ante la mujer acusada de adulterio, empezó a trazar rayas en el suelo y dijo “el que esté sin pecado que lance la primera piedra”. ¿Quién tendría ahora la verdad y valentía para lanzarla?

Este Carnaval, Santos y Leopoldo comparten el mismo alojamiento: San Pedro. Tanta maraña sigue sin todavía sin resolver, aunque con crecientes pistas en sus diversos frentes. Querida, Nardy, Que Dios te dé lucidez y fuerza en esa tan difícil como necesaria tarea que te ha llovido del cielo para ser justa y transparente. Y que todos, desde uno u otro frente, unamos fuerzas para contribuir a ello y también para buscar, encontrar y poner por obra soluciones institucionales.
Si la distensión de este Carnaval nos ayuda a serenar los ánimos y a buscar los caminos para ello y no para atrincherarnos, ¡bendito sea quien lo inventó!

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