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Retorné a La Paz después de dos semanas por el campo de Chuquisaca y Potosí, con poco acceso a los medios. Al llegar me enteré de cierta pugna mediática, en vísperas del 24 aniversario de El Alto. La ocasión era que se había eliminado de los actos celebratorios el tradicional Tedeum y que el obispado iba a hacerlo por su cuenta. Algunos matutinos y radios empezaron a incitar la opinión como si se tratara un enfrentamiento religioso entra la Iglesia y el Estado, originado por el art. 4 de la nueva Constitución que establece la "independencia" entre el Estado y la religión, ignorando que el mismo artículo habla también del respeto y garantías que éste da a toda religión, creencias espirituales y cosmovisiones.

Por suerte el obispado de El Alto salió de inmediato a la palestra aclarando conceptos, muy en línea con ese artículo, y pidiendo "a la prensa responsable que no direccione las declaraciones". Y, de hecho, las celebraciones religiosas y cívicas del viernes 6 de agosto han sido un excelente modelo de cómo puede ser una genuina interpretación del art. 4 en un país religioso como el nuestro.

La batuta del evento cívico la tuvo el alcalde de El Alto y el evento se vio realzado por la presencia del Presidente y Vicepresidente de la Nación-Estado Boliviana, el Prefecto (ya casi Gobernador) del Departamento y otras autoridades invitadas. El acto empezó puntualmente a las 7 a.m. con un novedoso "Tedeum ecuménico".

Uso Tedeum en su sentido popular de "acto religioso de acción de gracias", no en su sentido más estricto latino, como las dos primeras palabras de un himno latino que se remonta al siglo IV o V. Añado "ecuménico" (del griego oikumene ‘mundo habitado’) en su sentido amplio, que abarca el diálogo y entendimiento entre todos los humanos y no sólo entre algunas iglesias cristianas más cercanas entre sí.

En este caso, empezó puntual a las 7 a.m. con una ofrenda a la Madre Tierra y demás seres sagrados protectores del contorno alteño, realizada por amawt’as aymaras, seguido de oraciones a cargo de representantes de diversas iglesias presentes en El Alto, incluido el obispo católico, Mons. Juárez. Se alternó el castellano y aymara, un q’uchu o himno religioso aymara y todo concluyó rezando juntos el Padrenuestro, la oración que unía a todas las religiones y creencias allí presentes. Muchos lo rezaron, otros se les unían en respetuoso silencio, según sus creencias. Y después prosiguió el evento, con su desfile y demás celebraciones.

A las 8 a.m. el obispo católico cumplió el Tedeum católico que él también tenía programado, en su propio templo, pero sin que estuvieran ahí hincados en primera fila y de forma oficial todas las autoridades, creyentes o no creyentes. Sí asistieron algunas tanto del Gobierno como del Municipio, pero a título personal, saliéndose del otro acto, que seguía su curso.

Todo fue profundamente cívico y también religioso. No hubo en ningún momento el sentido de confrontación - azuzado por algunos medios - sino el de apertura de todos a todos, sin mutua dependencia sino plena libertad y respeto. Se respiraba incluso algo de ayni o reciprocidad solidaria. Ojalá siga ocurriendo así a lo largo y ancho de todo el país tanto en la esfera religiosa como en la política y en las relaciones cotidianas. Este es el valor fundamental de la nueva Constitución y la intolerancia sería su principal enemigo. Ejemplos como éste, deberían aplacar temores que todavía andan por el aire y desvirtúan totalmente aquellas vergonzosas propagandas sobre una Constitución atea.

 

Lo que sí me ha llamado la atención, al menos en el evento cívico que he podido seguir en vivo y en directo por TV, es que las autoridades, tanto estatales o civiles como de iglesias eran casi sólo ¡varones! Ellas fueron, sí, concelebrantes de la ofrenda andina. En el canto aymara sobresalían también las agudas notas femeninas. Apenas una leyó un texto bíblico. Pero no se les dio ni mucho menos el rol protagónico equilibrado que de manera tan explícita y reiterada les reconoce la nueva Constitución. Hoy, 8 de marzo, es el día Internacional de la Mujer y constatamos que tanto las instancias del Estado como las iglesias tenemos todavía mucho que reflexionar y cambiar en este asunto.

(*) Xavier Albó es antropólogo, lingüista y jesuita  

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