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Celebraciones como la del 25 de mayo en Sucre, el 16 de julio en La Paz y las equivalentes en tantos otros países de la hoy llamada “América Latina” me dejan siempre un tanto perplejo. Son ciertamente celebraciones a la manera que son ahora nuestros países. Pero son también momentos para recordar cuán distintos somos de lo que soñaron los libertadores más genuinos e incluso para ponderar cuán limitada fue la visión de muchos de los legisladores y gobernantes que entonces forjaron nuestros países.

A nivel continental, una primera tergiversación ha sido habernos denominado América, como si nuestra identidad dependiera de un geógrafo italiano. ¡Su mapa echando humo sobre nuestra historia profunda!

Ahora este nombre América ha sido además  apropiado para sí por los Estados Unidos del Norte para expresar su identidad nacional: “The Great American Nation”. Vergonzantemente nuestra identidad pareciera deberse a ser los subalternos del Norte, como ironizó ya hace años el humorista Perich: “Lo malo de América del Sur es que es del Norte”.

Para remediarlo, se nos han adherido calificaciones: España nos llamó Hispanoamérica. Después fuimos Iberoamérica, para que el Brasil encajara mejor. Los franceses y los propios norteamericanos nos rebautizaron Latinoamérica, aunque poco latín hablamos…

Por fin, tardíamente, hemos vuelto a recordar que desde bastante antes de que naciera Américo y de que nos bautizaran América y nos apellidaran hispanos, iberos o latinos, aquí ya había numerosos pueblos originarios con sus florecientes e inéditas civilizaciones. Para referirnos a ellos, hemos inventado otro nombre: Indoamérica o Amerindia. Tiene ya un toque de contrapunto contestatario frente al énfasis en vernos sólo como hispanos, iberos o latinos. Pero encarama un malentendido sobre otro. Al quid pro quo de ‘América’ se añade ahora el de ‘Indo’, consagrando el viejo error de Colón. América venía prestada de Italia y, ahora, este Indo nos hace de la lejana India. Al menos el movimiento Afroamericano sí acierta en que este otro componente importante de nuestra realidad fue arrancado a la fuerza de su África ancestral.
Limitándonos a Bolivia, capital Sucre, por lo menos adoptamos el nombre de dos de los grandes libertadores de la región, por cierto llegados ambos desde Venezuela. Pero el 25 de mayo y el 16 de julio de 2009 ¿de qué es exactamente bicentenario? De lo que llamamos el “primer grito libertario”.

¿El primero? ¿Y “libertario”? ¿Para quiénes? Fue el primero para un sector minoritario criollo y tal vez mestizo acriollado, descendiente de los antiguos conquistadores, que se rebeló contra sus parientes españoles y se unió a un movimiento regional para que este continente se encontrara a sí mismo. ¿Y se encontró? Sólo en parte y sólo entre ellos, con todos esos malentendidos de considerarnos simplemente la América Latina.

¿Dónde quedaban en todo ello nuestros pueblos originarios mayoritarios? El 25 de mayo de hace doscientos años o el de este año 2009, ¿se habrán acordado mucho en Sucre de aquel 24 de agosto de 1780 en Pocona donde todos esos pueblos originarios marginados se rebelaron reclamando la libertad de su líder Tomás Katari encarcelado, el que inició el gran levantamiento de 1780-1783? Y el 16 de julio de 1809, ¿se habrán acordado mucho en La Paz de los miles que dos décadas antes ya se habían levantado con Tupaj Katari contra el régimen colonial? Don Pedro Domingo Murillo tal vez sí, porque en 1781 ya luchó contra ellos.
Este año las celebraciones de ese bicentenario han venido acompasadas y moduladas por una nueva Constitución que por fin hace justicia a aquellos pueblos hasta entonces ignorados y obligados a ignorar sus raíces para llegar a ser bolivianos de primera. Llegan también en medio de un contrapunto de diversos eventos, con importantes invitados internacionales, dedicados a buscar vías para “descolonizarnos”, esa asignatura pendiente después de haber dejado de ser  colonia española. No será fácil y por el camino deberemos corregir mil errores. Pero ¿no es lo correcto?
Quienes siguen asustándose de ese giro o militantemente se oponen a ello, ¿no equipararán el bicentenario con el quinto centenario de la llegada de sus tatarabuelos? ¿No confundirán el 25 de mayo y el 16 de julio con el 12 de octubre, que sus antepasados bautizaron como “el día de la [su] raza”?

(*) Xavier Albó es antropólogo lingüista y jesuita.

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