Por una Bolivia democrática, equitativa e intercultural
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Propuestas Económicas Productivas

En vísperas de nuestras Fiestas Patrias, reflexionemos un poco sobre qué significa nación.
Sin entrar en las inacabables elucubraciones teóricas sobre este concepto, mucho más antiguo que el de estado y hasta ahora mucho más amplio y flexible (como el de comunidad, región, suyu y otros muchos semejantes), recordemos que la nueva Constitución reconoce y busca fortalecer dos tipos complementarios de nación:

(a) La nación boliviana, explicitada en el art. 3. La nación boliviana viene a ser el componente social que suelda en el plano ideológico e imaginario lo que en el plano más estructural se expresa con la insistencia en que somos un estado unitario. Dentro de esta acepción más inclusiva de nación se debe entender otros términos constitucionales como nacional, internacional, nacionalidad, nacionalización.

(b) El de las naciones y pueblos indígena originario campesinos, a las que se reconoce por fin y muy solemnemente en el art. 2 y se las incorpora en toda la nueva arquitectura del país a través de su fórmula “Estado [de derecho] Plurinacional”. A esa acepción se refiere la CPE siempre que habla de plurinacional y de esas “naciones y pueblos” con raíces precoloniales.
La expresión “una nación de muchas naciones” sintetiza ambas acepciones, aunque más común es la fórmula “Estado [-Nación] Plurinacional”. Una de las grandezas de la nuestra patria Bolivia es cabalmente su esfuerzo actual y pionero para unir de manera articulada, igualitaria y solidaria a una nación de muchas naciones. Este enfoque rescata a la nación del secuestro monopólico que le habían pretendido tender los estados modernos.

No es algo exclusivo de Bolivia. Con la aceptación de las naciones “subestatales” o “sin estado”, también en otros países e incluso en instancias oficiales de la Unión Europea y del propio sistema de Naciones Unidas, poco a poco se está recuperando su sentido más amplio, arriba esbozado, que no excluye tampoco a la nación-estado.

Veamos la evolución en la Organización de las Naciones Unidas. En este su título nación equivale a estado. Es decir, en rigor, se la debería llamar “Organización de las Naciones-Estado Unidas” o simplemente “de los Estados Unidos” aunque, obviamente, lo último ya no cabe porque, para complicarlo aún más, uno de sus miembros se llama “Estados Unidos”. A su vez, este país se autoproclama “the great American nation”, marginando al resto del continente “americano”, al que tímidamente sólo a veces también llamamos “la nación latinoamericana”. Nótese de paso que en los Estados Unidos (a diferencia de la Unión Europea) a ninguno de sus estados federados (como Ohio o Texas) se los llama “nación”.

Pese a estos antecedentes, ahora las Naciones Unidas, en su Declaración sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas (2007), les reconoce su derecho “a pertenecer a una comunidad o nación indígena” (art. 9). Así es de mutable el juego del gato y el ratón entre los términos estado y nación.

En cierta forma una evolución semejante ha ocurrido en el uso del término pueblo dentro del Derecho Internacional, que en algún momento se lo ha identificado allí con Estado. El Convenio 169 de la OIT sobre “pueblos indígenas y tribales en países independientes” (1989), ya mostraba un cambio, pero sus autores sintieron todavía la necesidad de aclarar que la utilización del término pueblos en este Convenio “no deberá interpretarse en el sentido... que pueda conferirse a dicho término en el derecho internacional”. Casi veinte años después, en 2007, la Declaración de Naciones Unidas ya habla una y otra vez de los “pueblos indígenas” sin sentir la necesidad de ninguna aclaración.

Finalmente, dejemos constancia de que hay también cierta tendencia a ir eliminando la referencia a lo nacional como equivalente al conjunto del Estado, por ejemplo, en ciertos ambientes europeos (como España) escarmentados por las intolerancias y crímenes ocasionados por los “nazionalismos”. Por ese mismo temor hay incluso quienes quisieran eliminar simplemente toda referencia a “nación” en cualquier nivel.

El caldo de cultivo para todo “nazionalismo” proviene de la miopía o intolerancia fundamentalista que supone pensar que nuestra identidad con una nación (estatal o no) es y debe ser siempre intocable y además única; por tanto, los demás no cuentan.
En estas fiestas celebremos más bien que queremos y podemos ser una nación de muchas naciones.

 

(*) Xavier Albó es antropólogo lingüista y jesuita.

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