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Los pueblos edifican su historia y la memoria larga lo recrea. La memoria histórica es el reflejo de los días, de los sitios, de los sueños y los logros de los pueblos establecidos en sus espacios territoriales, pero también es la laceración en los procesos de exclusión, de subordinación y de agresión a sus modos de vida, a las identidades propias y a su visión de vida.

La historia es la angustia y el orgullo, es el referente propio que encamina verdades y engaños, que moldea esperanzas o conformismos. La historia es la marcha que lleva la marca de los pies cuestionadores, es el recorrido de los pasos determinantes. La historia es la conformidad o la frustración, o ambas cosas adheridas, o ambas cosas contrapuestas en temporalidades paralelas.

De esa historia forzada y ceñida de contrastes, es que se yergue el movimiento emancipatorio en el histórico Mojos anclado en plena amazonía, de ahí se gesta la sublevación de la nación de los Mojo el año 1810, erigiendo como su máximo paladín a Pedro Ignacio Muiva, para reivindicar el derecho a su autodeterminación, para postular un gobierno indígena, un gobierno propio dirigido a trazar la ruta de lo que posteriormente constituiría un nuevo tramo de la historia desde otra faceta de las relaciones políticas y la fortaleza cultural propia.

La sublevación de Mojos no buscó contribuir a la independencia de Bolivia como lo pretende mostrar la historia oficial, la historia de los vencedores. La sublevación de 1810 fue una gesta libertaria de los pueblos indígenas encarada contra la dominación blanca-mestiza, fue un levantamiento por el derecho a la decisión propia, por la autonomía en su territorio histórico, fue una insurgencia contra el gobierno foráneo, fue una protesta contra la dominación blanca-mestiza. Fue un levantamiento contra la imposición administrativa efectuada desde Santa Cruz, desde Charcas, desde España, desde el desprecio a lo indígena, desde la visión monocultural con la que se sometió a los pueblos originarios del continente.

La singularidad de esta acción insurgente fue ocultada primero por la administración colonial y después por la republicana. La historia también está expuesta a la castración de las verdades, a la distorsión de los acontecimientos para legitimar a los vencedores, a la censura del registro fiel de los ideales que impulsaron acciones libertarias de los vencidos, porque muchas veces la voluntad de libertad no es suficiente para frenar la máquina del sometimiento, del abuso, del despojo.

Ahora que se hace insostenible la pretensión de ocultar aquel heroico acto de búsqueda de libertad, nuevamente arremeten los profanadores de esperanzas ajenas e inescrupulosamente se apropian de los símbolos de aquellos a quienes antes subordinaron por la fuerza y actualmente lo continúan haciendo a través del patrón en la estancia, a través del político en la gestión pública, a través de la ideología en las relaciones interculturales.

La conmemoración de los 200 años de insurgencia de los mojo realizada el año pasado fue prácticamente capturada por las élites tradicionales que para la ocasión se ataviaron con la camijeta y el tipoy, la indumentaria ancestral de los hombres y mujeres del gran mojos, el vestuario de aquellos desentrañadores de los misterios del bosque, de aquellos navegantes empedernidos. Dichos actos conmemorativos en la capital Trinidad, estuvieron protagonizados por quienes no tuvieron qué mostrar en el bicentenario del grito independentista en el país contra la corona española y también por eso se apropiaron de una acción histórica emergida por otra causa, con otro fin y con otro ideal. De ahí la impertinencia y desentonación de su programa conmemorativo ante el verdadero sentido de la historia: con actos de salón, con programas de actuación mediática, de concentraciones lúdicas y elitistas, con actos tan occidentales como la elección de la miss bicentenario para “honrar” a Pedro Ignacio Muiva.

Pero no solo se impostaron en la conmemoración de un hecho histórico emprendido contra ellos mismos, sino que están empeñados en apropiarse, en despojar a los pueblos indígenas de sus símbolos más liberadores. Con estas acciones de impostación se despoja al acontecimiento de su ideología profundamente étnica y autonómica, se lo despoja del su contenido reivindicativo de autodeterminación. En los doscientos años de la sublevación del pueblo mojo, la historia real nuevamente fue agredida, la memoria de sus héroes fue agraviada, fue una afrenta como tantas otras a los pueblos indígenas de la región, contra los actores centrales de aquel acontecimiento histórico.

Sin embargo esta afrenta, en parte fue contrarestada por los verdaderos descendientes de aquellos héroes del 10 de noviembre de 1810, por los verdaderos herederos de aquel acontecimiento que la historia oficial proscribió hasta no hace mucho: los pueblos indígenas de Mojos, orgánicamente aglutinados en la Central de Pueblos Étnicos Mojeños del Beni (CPEM-B). Desde el 7 de noviembre del 2010 sus lideres comunales y territoriales deliberaron sobre el futuro del movimiento indígena en una comunicad de Mojos y el 10 de ese mismo mes se concentraron en San Ignacio de Mojos, un reducto del empoderamiento indígena a donde no llegaron los medios de comunicación, donde no llegaron las autoridades departamentales ni nacionales, podría decirse un lugar indiferente para la opinión pública del país.

En esta genuina concentración, más que un acto de conmemoración y regocijo, se realizó un recordatorio de los abuelos que lucharon por el derecho a la autodeterminación en el territorio histórico, fue un acto de agradecimiento a los antepasados por el legado de lucha y el ejemplo de insubordinación, fue un acto de reflexión de los pasos presentes, de los avances, de las limitaciones, de la situación de la identidad propia, fue también un acto de recordación de la marcha indígena por el territorio y la dignidad de 1990. Pero sobretodo fue un acto de proyección política, de revalorización cultural, de fortalecimiento de la voluntad colectiva.

 

Los líderes actuales no solo recordaron a Pedro Ignacio Muiva, sino que rememoraron a sus antepasados, a todos los héroes que lucharon en aquella sublevación, porque esa es la comprensión de la historia que sustentan los pueblos indígenas: la acción colectiva, el sueño común. Por eso evocaban con mayor énfasis al sujeto plural, es decir, a los abuelos de aquella gesta histórica, más que al líder emblemático, porque Pedro Ignacio Muiva fue en el verdadero sentido de la palabra, solamente un gran servidor de los ideales del pueblo mojo.

(*) Ismael Guzmán, sociólogo de CIPCA Beni.

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