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Por fin, casi al filo de la medianoche del pasado lunes 24 de octubre se promulgó la tan esperada Ley 180 de Protección del TIPNIS, que culminaba la accidentada pero persistente y creciente VIII Marcha de los pueblos indígenas de Tierras Bajas hasta La Paz.

Duró más de 60 días, alternando caminatas y descansos, unos estratégicos, otro, el mayor,  impuesto exactamente un mes antes por el bloqueo y violento desalojo digitado desde el gobierno en torno a Yucumo.

Los seis artículos de la Ley han sido menos divulgados de lo que cabría esperar y superan ciertamente a los siete de la previa versión corta aprobados a la carrera en la Asamblea Legislativa antes de que la marcha llegara a La Paz. A buena hora entonces el Presidente no la promulgó y aquella aprobación en diputados y senadores sirvió sólo de referente para la discusión ulterior con los marchistas, llegados ya a La Paz.

La suma y multiplicación. Es mucho lo que se ha sumado en todo este proceso, con un importante efecto multiplicador en toda la conciencia nacional e internacional, más allá de los que han querido pescar en río revuelto, que no son pocos.

Una vez más, los pequeños y marginados son los que han sacudido nuestra conciencia. Recordemos la I Marcha de 1990 “por el territorio y la dignidad”, siguiendo la misma ruta que la VIII; y la IV, del 2002, que fue acompañada y después relatada por Carlos Romero, ahora Ministro de la Presidencia, y que colocó en la agenda pública la necesidad de una nueva Constitución.

Estos pequeños y marginados –a pesar de (o quizás gracias a) los golpes a veces bajos, mediáticos y físicos, que fueron recibiendo del gobierno– son los que, con su persistencia, han logrado un giro significativo e histórico en un proceso por el que muchos hemos apostado pero que se había ido deteriorando y desviando sobre todo en este último año. Pero dejemos el análisis de esos logros para otra ocasión.

¿Y qué es lo que sigue? El ambiente más tenso que festivo en que se desarrolló el acto de promulgación de la Ley, donde tanto los marchistas como el Presidente dijeron sus verdades pero faltaron los cálidos abrazos de despedida, ya muestran que la promulgación de la Ley no es aún el final. Sólo una etapa más –y muy significativa– de esa larga marcha que empezó en1990.

La tarea más de fondo será reconducir todo el proceso en su intencionalidad inicial, haciendo para ello los debidos ajustes legales y ejecutivos. Tarea larga y delicada pero indispensable para que sigamos creyendo en él. ¿Cómo vivir todos bien, incluso con la Madre Tierra, y no algunos mejor a costa de otros?

A un nivel más coyuntural, urge recomponer el Pacto de Unidad de los movimientos sociales. CIDOB y CONAMAQ han reforzado sus lazos mutuos. La CSUTCB, las Bartolinas y la COB han sido más ambiguas. Pero los que han quedado más distanciados son los Colonizadores Interculturales, sobre todo los colindantes con el TIPNIS. De ellos procede también el Presidente y algo habrá influido esto en su determinación inicial –“quieran o no quieran”–, sus persistentes artilugios para no dialogar y su frialdad al promulgar la ley.

Que el término “intangible”, reiterado en los art. 1, 4 y 5 de la Ley, no se distorsione ahora para enfrentarlos.

(*) Xavier Albó es antropologo, lingüista y Jesuita. 

 

 

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