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La VIII Marcha Indígena, por la dimensión de su movilización y el tiempo empleado hasta su conclusión, ha experimentado a lo largo de su transcurso momentos críticos que bien pueden constituir hitos cronológicos.
 
En la mayoría de los casos, estos momentos críticos derivaron de acontecimientos como los bloqueos de San Ignacio de Mojos y Yucumo, con cierre de negocios incluido para no abastecerla de alimentos ni agua. Pero estos acontecimientos no solo fortalecieron la voluntad de los marchistas y el sentido de sus reivindicaciones, sino que masificó la opinión pública favorable a las demandas de la marcha.

No obstante, el hito de mayor trascendencia está constituido por la brutal intervención policial a la marcha indígena ocurrida el 25 de septiembre en el lugar denominado Chaparina. Este evento marcó un antes y un después en esta histórica movilización indígena y por la crueldad desplegada contra los marchistas, quedará marcada en la memoria colectiva de los movimientos sociales, como un referente repudiable e impropio de un régimen democrático.

Los impactos de este acontecimiento al interior del movimiento indígena, fue la revitalización de fuerzas de los marchistas, la masificación de la marcha con la incorporación de nuevos contingentes de representantes indígenas y sobre todo una mayor cohesión entre los pueblos indígenas del país. Pero además se percibió a partir de la intervención policial, un incremento del activismo de los pueblos indígenas más allá de la marcha en sí (vigilias, bloqueos, participación más activa en espacios mediáticos de debate, etc.).

Hacia fuera de la marcha indígena, la intervención policial marcó un momento de quiebre entre la opinión pública, puesto que movidos por la indignación ante la insensibilidad y el abuso de poder, no solo se masificó el respaldo social a la marcha indígena, sino que se hizo más explícito e ingresó en un activismo casi militante, expresado en una variedad de manifestaciones públicas, como marchas, pronunciamientos y cartas de respaldo, recolección de ayuda en alimentos y vituallas, interacción más intensa de colectivos sociales a través de páginas sociales en internet, etc.

Otro de los efectos acentuado a partir de la intervención policial a la marcha indígena, fue el desbordamiento solidario de la población en lugares como Palos Blancos, Caranavi, la Tranca de Uru Jara y, la misma ciudad de La Paz. Especialmente en estos sitios, la población salió con el corazón abierto en un encuentro de tanta emotividad que no cabía espacio para otros referentes socioculturales como los clásicos regionalismos tan expresivos en el país.

La confluencia ciudadana de origen multisectorial ocurrida en la ciudad de La Paz en torno al respaldo a la marcha indígena, en parte responde a una acentuación de la actitud de defensa medioambiental, pero en parte también se debe a acontecimientos como la intervención policial a la marcha el 25 de septiembre. Son concepciones distintas las de indígenas y las del resto de la ciudadanía del país, pues los primeros defienden una visión de vida y de desarrollo en torno al territorio, en cambio la población urbana, por ejemplo, actúa a partir de una motivación más humanitaria y una conciencia ecológica que hasta la marcha no había sido tan expresiva.

Otro rasgo visible en la fase de la marcha indígena posterior a la intervención policial, fue la masificación de la misma. Después del reencuentro en Quiquivey, a medida que pasaban los días, no solo se sumaba más y más gente a la marcha, sino que se incorporaban otro tipo de población: activistas ecologistas, activistas políticos, voluntarios de otras organizaciones sociales, etc. Inicialmente, esta nueva faceta generó al interior de la marcha cierto temor a que el sentido de la marcha se vaya a impregnar de otros propósitos, o que finalmente se vaya a alterar los mecanismos internos de control y toma de decisiones, sin embargo, nada de eso ocurrió.

El respaldo logístico de la población y de instituciones voluntarias, fue un detalle determinante en esta última fase de la marcha, puesto que los marchistas, por el agotamiento de sus propias provisiones, la lejanía de sus lugares de origen para solicitar nuevos envíos y la imposibilidad de realizar actividades de caza y pesca (por la carencia de dichos recursos en esta nueva zona), habían quedado expuesto al apoyo externo. Pero no solo se trataba de alimentos, sino también de ropa abrigada, medicamentos, transporte de carga, condiciones de hospedaje en los sitios de pernoctación, que al final fueron superados satisfactoriamente.

Por su parte, los medios de comunicación que cubrieron el evento, jugaron un rol determinante en el relacionamiento entre la marcha indígena y la opinión pública del país. La cobertura mediática a la marcha fue amplia, no solo en el sentido informativo, sino también de debate entre diversos actores tanto afines como adversos a la marcha indígena. Los medios de comunicación, facilitaron una relación de retroalimentación entre los marchistas y el resto de la ciudadanía a nivel nacional.

Pero los medios de comunicación no sólo contribuyeron a posicionar las demandas del movimiento indígena en el país, sino también a proyectar liderazgos más políticos emergidos desde el seno de la marcha indígena. En parte, resultado de ello es el reconocimiento nacional de líderes indígenas como Pedro Nuni (diputado indígena), Fernando Vargas (CPEM-B), Celso Padilla (APG), Justa Cabrera (CNAMIB), Rafael Quispe (CONAMAQ), Marcelo Marupa (CPILAP), o la popularidad de otros líderes intermedios como Miriam Yubánure (CPEM-B), Miguel Charupá (OICH), Adolfo Moye (CPEM-B), Jenny Suarez (CPEM-B), para citar sólo a algunas y algunos de ellos.

(*) Ismael Guzmán es sociólogo de CIPCA Beni.

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