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¿Qué tiene que ver una quinceañera con las marchas indígenas?. Quizá mucho, si la aludida es Leyina Inra, la niña del pueblo yuracaré que nació a medio camino en la segunda marcha de los pueblos indígenas de tierras bajas ocurrida el año 1996.

Marcha aquella que logró la promulgación de la Ley INRA en la cual se reconoce la propiedad colectiva de los territorios indígenas sujetos a un proceso de saneamiento que pese a su avance significativo, aún no concluye. Leyina lleva su nombre en honor a esta ley agraria.

Leyina nació exactamente el 3 de septiembre de 1996, quince años atrás, marcada por esta particularidad reivindicativa de la larga lucha de los pueblos indígenas por el reconocimiento de sus derechos fundamentales. Debido a ello, su nacimiento se constituyó inmediatamente en un emblema de la búsqueda de respeto al territorio y a la dignidad de los pueblos indígenas, su llegada a este mundo en plena marcha, de alguna manera representó la emergencia política de estos pueblos y su búsqueda de reconocimiento de la plurinacionalidad del país, iniciada ya en 1990.

El objetivo central de aquella movilización, de 1996, fue el reconocimiento jurídico de la propiedad colectiva de los territorios indígenas con el fin de evitar el despojo del que eran objeto, es decir, la defensa del territorio, tal cual ocurrió cinco años antes con la primera marcha indígena. Por eso marcharon de manera conjunta entre hombres, mujeres y niños, respondiendo a una práctica muy propia de estos pueblos, donde el sentido de la colectividad y la participación se expresa desde el núcleo familiar hasta las configuraciones territoriales y las construcciones identitarias más amplias.

Entre el contingente de marchistas de aquel año, participaba Gladys Nogales, mujer yuracaré proveniente del TIPNIS. Junto a su conciencia y a su juventud, esta marchista llevaba un avanzado estado de gestación, pero caminaba con el convencimiento de su justa lucha y por eso llevaba en la garganta la protesta por el sistemático avasallamiento al suyo y los demás territorios indígenas, por eso caminaba con la determinación de sensibilizar a un Estado históricamente etnocéntrico y monocultural, caminaba con la convicción de lograr condiciones para garantizar la continuidad cultural de su pueblo y todos los pueblos indígenas. Por eso se sobrepuso a su estado de gestación y encaró la marcha y en el trayecto nació Leyina, su llegada renovó las fuerzas de los pueblos movilizados y ella nació marcada por la lucha para no morir como pueblos.

Ahora Leyina tiene quince años, ha pasado tiempo, se han sucedido otras marchas indígenas, ha madurado más el movimiento indígena, pero pese a ello, la seguridad territorial de estos pueblos continúa incierta. Los territorios indígenas, primero debieron soportar la reducción drástica de sus espacios territoriales históricos, ante la falta de un reconocimiento jurídico; una vez reconocidos jurídicamente, debieron soportar el avasallamiento por falta de un título agrario; pero ahora que muchos de estos territorios están ya titulados, continúan sufriendo la agresión a su hábitat por la determinación desarrollista del Estado, tal es el caso del proyecto de carretera que pretende partir en dos el Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS).

Esta situación de inseguridad territorial que aún no se supera es el motivo de la actual marcha indígena, esta misma situación es el vínculo de ésta con la segunda marcha y con las ocho marchas emprendidas por los pueblos indígenas. Esa es la relación de la particularidad de una niña que el pasado 3 de septiembre cumplió quince años, ese es el vínculo de una madre que pese a su estado se movilizó aquella vez y lo continúa haciendo hasta hoy, pues está presente en la VIII marcha indígena.

Leyina crece y es consciente de la lucha indígena y las limitaciones para ejercer los derechos colectivos. Por eso ha comprendido que el acontecimiento de la VIII marcha indígena, es mucho más decisivo que el acontecimiento de sus quince años, por eso el 3 de septiembre Leyina lo pasó en su casa y su madre en el seno de la marcha, separadas ambas por más de 200 kilómetros de distancia.

Su madre, Gladys Nogales, lleva la marca de la lucha en sus palabras, en sus acciones, en la defensa de su cultura, en la enseñanza que da a sus hijos e hijas. Esta líder indígena se ha formado políticamente en el accionar constante por la defensa de los derechos de los pueblos indígenas y lo ha hecho marchando y militando en su organización territorial. Ha forjado un liderazgo que lo llevó a ocupar cargos dirigenciales en la Subcentral Indígena de Mujeres del TIPNIS, en la Subcentral Indígena mixta del TIPNIS, en el Consejo Educativo del Pueblo Yuracaré, cargos estos en los distintos espacios orgánicos del territorio que ahora está en el centro de la atención nacional e internacional, el TIPNIS.

Lo dice ella y el resto de los marchistas de esta VIII marcha, que el sacrificio de la participación en una marcha indígena, se justifica por la necesidad de dejar a sus hijos e hijas -obviamente está incluida Leyina Inra- un futuro donde éstos puedan continuar viviendo de acuerdo a sus propias formas de vida, por dejar a sus hijos un espacio territorial donde se ejerza plenamente la autodeterminación, reconocida por nuestra Constitución Política del Estado.

(*) Ismael Guzmán es Sociólogo de CIPCA Beni 

 

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