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Hasta el viernes 19 de agosto han trascurrido cinco días desde el inicio de la VIII  Marcha Indígena, en la ciudad de Trinidad.

La noche anterior, jueves, se puso tensa la situación cuando algunos grupos y personas convocaron y arengaron a la población de San Ignacio a bloquear la Marcha, complicando la coordinación para la llegada de la marcha a aquel centro poblado.

Luego, ya el viernes, estos mismos grupos –sabiendo que no era posible bloquear la marcha porque la cantidad de marchistas superaban el millar, intentaron un “corralito”, dejaron que ingresen al centro poblado, pero tomaron medidas para no dejarlos pasar y los hostigaron y amenazaron con el propósito de obligarlos a que negocien con la comisión de gobierno, pero en los términos y condiciones de estos grupos, o mejor dicho según los intereses de sectores y familias poderosas que están detrás de ellos.

Las relaciones de tensión que se vive allí puede complicarse, más aún cuando estos grupos de poder están aprovechando y capitalizando el deterioro en las relaciones entre los pueblos indígenas y gobierno, para llevar las aguas a su molino, de lo cual no parece haber plena conciencia en personeros del gobierno. No quisiéramos creer que se trata de una recomposición de las relaciones de poder, que hace poco parecía modificarse después de tantas décadas que tuvo subyugado a los pueblos indígenas.

En cambio, la población llana, la gente común recibió muy atentamente a los marchistas, no se esperaba otra cosa ya que un 65% de los 12 mil habitantes del centro poblado son también indígenas. Las autoridades del Cabildo, el corregidor y otras autoridades indígenas los recibieron con los brazos abiertos, al son de los tradicionales macheteros.

El viernes por la tarde y por la noche continuaron las amenazas, descalificando y amenazando, especialmente a dirigentes y líderes de las organizaciones indígenas de Mojos, y lograron que no se les venda ningún producto, los dejaron sin luz ni agua en las instalaciones donde pernoctarían. Al final se repuso la luz y el agua, pero no cesaron los hostigamientos, manteniendo la situación en tensión. Si bien hay ancianos(as), mujeres, niños y niñas en la marcha, también hay muchísimos jóvenes, que no están dispuestos a soportar tanta humillación.

Entretanto, el país puso la atención en San Ignacio de Mojos, al inicio del tan esperado diálogo. Por los primeros mensajes que dio la comisión de gobierno que llegó este viernes desde La Paz, parecía abrirse la posibilidad del diálogo entre el presidente y los pueblos indígenas. Finalmente esto no se dio. Los pueblos indígenas quieren dialogar con el Presidente en la marcha, pero –por las declaraciones posteriores-  quedó claro que el presidente dialogaría sólo en el palacio de gobierno. Entonces la marcha de los pueblos indígenas continuará rumbo a La Paz, como lo han determinado hoy sábado 20 de agosto.

Aparte de Evo Morales, no ha habido en la historia de Bolivia otro presidente que haya llegado a tantas comunidades, zonas, municipios y regiones del país; que haya estrechado la mano y compartido con tanta gente, sobre todo la gente humilde, es realmente algo digno de destacar. Por ello mismo, el presidente debe llegar hasta la marcha y dialogar con los pueblos indígenas; esto lo enaltecerá antes que denigrarlo, como dicen algunos de sus colaboradores: “el presidente no se puede rebajar”.

Ahora bien este acercarse a los pueblos indígenas y establecer un diálogo con ellos puede ser un signo y una nueva señal para afrontar las tensiones que indudablemente plantea una proceso de transformaciones. Y es que en estos días en San Ignacio se concentran y resumen muchas de las tensiones del proceso de transformaciones que se busca como país, en el que la carretera y la defensa del TIPNIS son apenas la punta del ovillo. Se trata de la tensión entre dos visiones y perspectivas distintas de desarrollo; tensión entre diversos sectores, actores y propulsores de una u otra visión; entre diversas formas de entender la vida y de vivirla, y de relacionarse con la naturaleza y hacer uso de sus ingentes recursos. Tensión entre un modelo de desarrollo basado en el histórico extractivismo que sustentó la economía del país y la difícil búsqueda de otras formas y mecanismos para cubrir necesidades básicas insatisfechas hasta ahora, y otras formas de afrontar la urgencia de recursos económicos, sin depredar la naturaleza, ni atentar contra vida y el futuro de los diversos pueblos indígenas, grupos o sectores del país.

Los cambios y transformaciones que nos planteamos como país, como acabamos de ver, van a costar, y mucho. También tenemos que ser conscientes que va a costar más económicamente, de lo contrario seguiríamos la ruta del costo más bajo, lo que se logra a costa de la naturaleza y castigando la mano de obra.

Y todo esto que acabamos de mencionar, es decir las tensiones, están presentes de muchas maneras en San Ignacio en estos días, donde además confluyen diversos actores y sectores con intereses y puntos de vista muy distintos y distantes, al menos por ahora. Las relaciones de tensión que se vive allí pueden complicarse, más aún cuando algunos sectores o grupos de poder están capitalizando esta situación para sus propios intereses.

Esperamos que la cordura, la sensatez y la apertura al diálogo sincero y transparente nos conduzcan a afrontar los desafíos reales y profundos del proceso de transformaciones que vivimos en Bolivia, que por ahora se han instalado en San Ignacio de Mojos.

 

(*) Lorenzo Soliz es Director General de CIPCA

 

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