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Debo escribir con una semana de anticipación por razones de viaje. A miles de kilómetros me perderé las fiestas patrias, pero no el soñar en lo que deseamos para nuestra patria en un futuro próximo.

Lo que me ilumina esa vez es el Evangelio que hemos comentado, muy en familia, en la capilla del Loreto, detrás del Aeropuerto en El Alto, donde hace un rato me ha tocado celebrar.

El Evangelio era el de la multiplicación de cinco panes y dos pescados, que acabaron alimentando a unos “cinco mil hombres, además de las mujeres y niños” (Mateo 1, 13-20). , es decir, unas 5.000 familias.

Más allá de la historicidad que cada lector dé a este conocido episodio bíblico, según sus creencias, en su contenido mismo el relato tiene gran belleza y sabiduría. Enseguida me ha parecido ver en él una gran cercanía con la utopía del “buen vivir” –o siendo más precisos, “convivir”– que ya va calando tanto en Bolivia como también más allá.

Un mensaje central de ambos es, efectivamente, poder compartir lo poco o mucho que tengamos pero entre todos. El gran signo inicial en el relato que comento es que lo poco que tenían a mano –apenas cinco panes y dos pescados–  no se lo reservan Jesús y los suyos para sí sino que lo empiezan a repartir a los demás. No podían sólo ellos vivir bien si comían “mejor” que los demás. El buen vivir era el comer todos bien, por equidad, aunque fuera poco. Vaya a saber si, con ese gesto (además del milagro de multiplicación)  otros que entre las cinco mil familias tenían quizás algo imitaron el gesto compartiéndolo con los demás... Para irnos acercando al cumplimiento de nuestra utopía del buen convivir debemos empezar compartiendo lo poco que ya tenemos aunque parezca nada frente a la tarea pendiente. 

La conclusión trae un mensaje adicional: “Todos comieron hasta quedar satisfechos. Y cuando los discípulos recogieron los pedazos que sobraron, recogieron doce canastos” (v.20). Es un mensaje de satisfacción: vida y comida para todos y en abundancia. Pero no para que uno lo acapare para sí. Es otra coincidencia con la utopía del buen convivir.

El que las canastas sean doce, en el contexto hebreo, es una clara referencia a las doce tribus de Judá. Recuerdo que no hace muchos años, estando en Santa Cruz me asomé a la catedral; estaba predicando el Cardenal Terrazas cabalmente sobre este texto y comentó: “¡aquí deberíamos hablar de 35 canastas!”  ¿Por qué 35 y no 12 o 9? Era una indudable alusión a las 35 “naciones originarias de Bolivia”... De nuevo, el buen convivir debe alcanzar a todos y, en particular, a los que menos tienen.

Los primeros cristianos bien lo entendieron: “Vendían sus propiedades y repartían el dinero entre todos. A cada uno le daban según lo que necesitaba. Además... celebraban la Cena de Señor y compartían la comida con cariño y alegría” (Hechos 2, 45-46). Es decir tenían un buen convivir.  

Como suelen hacer cada fin de mes, en la capilla del Loreto la celebración ha concluido con un apthapi o comida compartida entre todos presentes, como se hace en tantas celebraciones comunitarias en el campo, donde todos traen lo que han cocinado y se lo comparte entre todos sin distinguir quién ha traído qué. ¡Qué excelente buen convivir!

(*) Xavier Albó es antropólogo, lingüista y Jesuita.

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