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Me resulta más difícil imaginarlo en 2011 que en 2001 o incluso 2008. Escuché una vez al encantador obispo sudafricano y Premio Nobel de la Paz Desmond Tutu decir que le resultaba más fácil proclamar la Buena Nueva durante el apartheid que después de su abolición. “Antes bastaba preguntarse: ¿estás a favor o en contra del apartheid? Si estás a favor, no eres cristiano. Si estás en contra, eres cristiano”.

A Lucho le tocó vivir y ser profeta en Bolivia mayormente durante dictaduras militares. Su muerte violenta, en manos de los esbirros de Arze Gómez y García Meza, hoy ambos presos, fue precisamente la antesala de la peor de todas esas dictaduras. Eran situaciones en que era más fácil plantearse opciones contrapuestas a lo Tutu.

A Espinal ya no le dieron tiempo para discernir cómo ser profeta en otros tiempos y contextos. Simplemente le segaron la vida para taparle su boca. Como acallaron también apenas un día después en El Salvador, tres mil kilómetros más al norte, a otro profeta y además obispo primado de aquel país hermano: Santo Romero de América. En el velorio de Lucho dijo la homilía el entonces joven obispo auxiliar de La Paz Julio Terrazas y dijo “con la desaparición del padre Espinal, lo más monstruoso que han querido que suceda es que se silencie la voz del pueblo. En esas intenciones de eliminar a un hombre que se había hecho la voz de los sin voz parece escondida la intención de silenciar (al) pueblo”.

¿Qué haría y diría, pues, hoy Lucho Pueblo con su cuerpo ya envejecido pero su espíritu siempre joven, lúcido y comprometido? No me quedan dudas de que seguiría acompañando el proceso en medio de sus tropezones, desvíos y conflictos. Lo haría críticamente y sin quedarse mudo, buscando caminos de reencuentro cuando la pasión o el afán de poder empaña la mente o divide.

Fue nombrado por consenso director del semanario Aquí por ser el que mejor podía catalizar y conjugar grupos políticamente distintos y hasta opuestos para juntarse hacia un objetivo común  y enfrentarse juntos hacia el enemigo principal.

Las divisiones dentro del MAS, incluida la rotura de la alianza con el MSM, le dolerían y buscaría caminos de acercamiento para distinguir entre discrepancias y oposición. Los líderes de hoy, que en su tiempo tanto apreciaron a Lucho, deberían mantener un poster o foto suya a la vista para consultarle siquiera con los ojos cuando deban tomar decisiones sobre ese tipo de conflictos.

El artista revolucionario buscaría cómo mediar en el conflicto entre el Museo ASUR y la Gobernación de Chuquisaca. ¡Hay mucha semejanza entre la sensibilidad artística y humana de Lucho y la de Verónica Cereceda!

¿Qué diría el crítico de cine ante La lluvia también? O sobre Lucho Sanpueblo, aun si pudiera prescindir de que el título se refiere a él?  

Ante Haití Libia, la radiactividad en el Japón... me lo imagino gritando con el pueblo: “Otro mundo es posible ¡y necesario!”

¿Y qué diría el sacerdote y creyente comprometido sobre la Iglesia? ¿Y sobre el artículo 4 de la nueva Constitución? 

Lo que queda claro es cómo hasta hoy nos ayuda la memoria, las palabras y la praxis de Lucho Espinal. Seguimos necesitando un Espinal, muchos espinales.

(*) Xavier Albó es antropólogo, lingüista y jesuita.

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