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Los derrumbes en tantos barrios de la zona sur de La Paz han sido los mayores hasta ahora registrados en esta ciudad de laderas con desniveles de hasta un km entre la Ceja y Río Abajo. La Paz – La Hoyada – parece un Cañón del Colorado sembrado con casitas de ladrillo. Desde tiempo atrás ya tenía un barrio llamado Tembladerani. Estos nuevos derrumbes en cadena – como de un castillo de naipes – ocurrieron exactamente un año después de aquel dramático terremoto de Chile y del mucho más doloroso de Haití, apenas dos meses antes. Ya entonces el Observatorio San Calixto nos tranquilizó diciendo que terremotos semejantes en La Paz eran poco probables pro nos alertó de que los derrumbes serán permanentes.

 

En este caso el desastre ha afectado por igual a viviendas precarias, a barrios de verdad, y a sólidas edificaciones incluyendo un colegio nuevo y modélico. Y es sólo uno de los muchos desastres ambientales que hemos estado viviendo en el país primero por sequía, después por inundaciones y siempre por el mal estado de los caminos, los vehículos o los choferes, por no hablar de los malos cálculos de algunos constructores.  

En los derrumbes de La Paz, hay dos rayos de luz en medio de tanto dolor y llanto. Uno, previo al derrumbe, es que la alcaldía ya había advertido del peligro y llamaba al desalojo. Gracias a ello no hemos lamentado pérdidas de vidas humanas. El otro, posterior a la tragedia, es el amplio sentido de solidaridad tanto en la población civil (pese a algunos pillos sueltos) como en las esferas públicas, incluido el esperanzador acercamiento entre los gobiernos municipal, departamental y nacional, echando un velo sobre sus desavenencias y pugnas políticas. Ojalá ese rayo crezca y se convierta en un permanente y cada vez más amplio chorro de luz.

¿No podría ser este derrumbe y este último chorro de esperanza una alegoría de lo que ocurre y deberíamos hacer también en el país, como Estado y Sociedad?

Sueños, derrumbes y reconstrucciones los hemos tenido una y otra vez a lo largo de nuestra historia sobre todo después de grandes descalabros, como la pérdida del Litoral y la del Chaco. 

En el momento actual, cuando después de tantos forcejeos estamos en pleno esfuerzo hacia la consolidación del Estado Plurinacional, otra vez se nos ha empezado a mover el piso, a veces por factores externos, otras por fallas internas. Así como los actuales derrumbes han aguado nuestras celebraciones de Carnaval, también las fiestas de Noche Buena y Año Nuevo a fines del 2010 se nos atragantaron con el gasolinazo que, pese a la tardía  marcha atrás, ya había creado un desencanto general y soltó un sinfín de demonios que todavía andan sueltos. Y los movimientos subterráneos no han cesado.

Antes de que lleven a un gran derrumbe, ¿no deberíamos comprometernos, juramentarnos para unir esfuerzos? ¿Podrá más la lógica de acumular poder para derrotar al uno o al otro o la de juntar esfuerzos frente a un servicio común de reconstrucción social y política? Más un menos uno suman cero. Pero si multiplicamos y combinamos nuestros esfuerzos, respetándonos y aprendiendo unos de otros, el resultado final será mucho mayor que la suma de sus componentes.

 

(*) Xavier Albó es antropólogo, lingüista y jesuita

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