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Poco después de su asesinato – hoy hace treinta años – su colega y amigo Jorge Sanjinés dedicó a Lucho Espinal su documental histórico Las banderas del amanecer, sobre la lucha por la democracia. Caracterizó a Lucho como “amigo, revolucionario, coherente”. Quiero resaltar aquí este último rasgo.

Es muy común que en los homenajes que sistemáticamente le hemos rendido en esos treinta años, cada uno resalte sólo aquella faceta de Lucho que le acercó a él.
Para unos, es el periodista y columnista con su estilo ágil y directo; o el cofundador y director del semanario Aquí en el que tantos reporteros y articulistas recurrieron para difundir lo que los otros medios convencionales no osaban destapar.

Para otros es el cineasta y crítico de cine; o el docente universitario que llenaba el aula a las siete de la madrugada; o el revolucionario comprometido con la lucha por la democracia; el defensor y cofundador de la Asamblea de Derechos Humanos.

Tal vez el humanista con sensibilidad de artista, que en sus momentos de descanso transformaba la madera de sillas destartaladas en tallados llenos de mensaje.
Muchos meditan sus Oraciones a quemarropa y lo ven como el cristiano, sacerdote,  jesuita y teólogo de la liberación, cercano a la gente y dispuesto a dar la vida por ella.
Cada una de esas perspectivas es un rasgo importante de la personalidad de Lucho. Pero lo que a mí y a otros que tuvimos el privilegio de convivir en la misma casa y compartir su vida día a día, lo más interpelante es la gran coherencia de todo ello en su persona, que de esta forma se va agigantando. Entremos por una faceta o por otra, enseguida emergen todas las demás y todas juntas se aclaran. A diferencia de lo que ocurre en tantos – empezando por mí mismo – no encontramos en Lucho contradicción ni incoherencias entre lo que escribía y decía y lo que asumió y vivió hasta su muerte.

En tiempos de dictadura, en que no se podían decir las cosas por su nombre, fue virtuoso en el arte de plasmar la buena nueva – humana, social y divina – en la prensa, las clases, sus críticas de cine, sus tertulias. Estos eran su “púlpito” para denunciar a los poderosos, oír y aconsejar, proclamar la buena nueva de la liberación y la nueva sociedad de hermanos a cualquiera, fuera cual fuera su creencia.

Tuvo sin duda conflictos, por ejemplo, entre su compromiso social y ciertos sectores eclesiásticos o gubernamentales. Pero no lo había entre su firme fe cristiana y su compromiso humano y social, tres vertientes que confluían muy profundamente en lo que decía y practicaba. La raíz de esa coherencia la encontramos, sin lugar a dudas, en el amor radical a los más aplastados, en quienes – a la vez – descubría el rostro de Dios, el Hijo del Hombre, hecho uno de ellos.


Toda su vida lidió contra dictaduras. ¿Qué haría y nos diría ahora?

 

(*) Xavier Albó es antropólogo, lingüista y jesuita

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