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No es necesario presentar a Fray Bartolomé de Las Casas, el incansable defensor de los indios frente a los abusos de la Colonia. Transcurridos los siglos, en 1991, el propio estado español estableció un Premio con su nombre para distinguir a personas, instituciones u organizaciones que se hayan destacado en el tiempo “en la defensa del entendimiento con los pueblos indígenas de América, en la defensa de sus derechos y el respeto de sus valores”.

El más reciente en recibirlo, el 22 de diciembre 2010, ha sido un tocayo de aquel Fray que da nombre al premio: Bartolomé Meliá o, para sus paisanos guaraní, Pa’i Bartomeu o, más familiarmente, Tomeu.

¿Qué méritos ha hecho ese viejito jesuita – buen amigo y colega desde 1952 – de cabello y barba blanca, nacido en Mallorca, España, pero renacido paraguayo y guaraní desde que llegó allá en el lejano 1954? La información oficial del jurado menciona, además de sus aportes más académicos, “su entrega a las causas de los pueblos indígenas de Paraguay, Brasil, Argentina y Bolivia”. Lo ilustraré con algunas anécdotas.

La blancura de su barba no es para remedar al Papá Noel al que tanto buscan los niños en esos días de Navidad, aunque recuerdo que una vez retornando de un evento de teología de la liberación con Leonardo Boff, Jon Sobrino y otros muchos, cerca de Río, nos zambullimos en una playa. Andaba en paños menores pero los niños al verlo enseguida le reconocieron: “¡Papá Noel!”.

A decir verdad, la blancura de su pelaje fue temprana, después de pasar una larga temporada con el pueblo Enewenê Nawê en la Amazonía brasileña, recién contactado por su compañero Vicente Cañas. Como todos ellos, andaba desnudo  – salvo que retuvo un sombrero y los anteojos para no tropezar – y se acomodó a su dieta alimentaria; y fue ésta la que, cuando dejó aquella convivencia, había blanqueado su cabellera. Vicente fue asesinado por fazendeiros unos años después porque se oponía a que ellos ocuparan aquel territorio indígena; como años antes, en otra parte del Brasil,  había sido asesinado por razones semejantes otro jesuita, João Bosco Burnier, muy cercano al obispo Casaldàliga. “Vicente Cañas” es ahora el nombre de un centro en la Zona Sur en Cochabamba.

Tomeu hizo también una “férrea e inquebrantable” defensa del pueblo Aché del Paraguay hasta que el dictador Stroessner decidió expulsar de su nueva patria a “ese curita de los indios”. Estuvo diez años exiliado. Pero sacando bienes de los males, este extrañamiento le permitió expandir su labor, entre otros países, también en el Chaco boliviano, donde bien le recuerdan los viejos dirigentes de la APG y los guaraníes que con él analizaban su gramática para desarrollar la EIB desde el Teko Guaraní.

Al recibir su premio, Tomeu lo ha dedicado a cuatro compañeros jesuitas mártires: Vicente Cañas, João Bosco Burnier, Armando López – uno de los asesinados por la dictadura en El Salvador – y a nuestro entrañable Luis Espinal.   

No habría sido ser fácil encontrar a otros candidatos mejores que Bartolomé Melià para reflejar hoy el espíritu de Fray Bartolomé de las Casas. No debe ser simple coincidencia el que ambos compartan el mismo nombre.

(*) Xavier Albó es antropólogo, linguista y jesuita

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