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Como cristiano, pretendo comprometerme con la Buena Nueva de Jesús y, como boliviano,  me siento muy convocado, como tantos otros, por el actual proceso de cambio hacia un país diverso pero de iguales en oportunidades y unidos para construir juntos nuestro Buen Vivir. Por eso me duele la reciente guerra verbal entre eclesiásticos y gobernantes. Nos polariza en vez de ayudarnos a buscar y construir puntos de encuentro, que no faltan y bien los necesitamos. ¡Hay tanto común entre aquella Buena Nueva y ese Buen Vivir!

1. El contexto. La Iglesia Católica no es homogénea. Al estar tan extendida y vinculada con sectores sociales tan dispares, hay harina de muchos costales no sólo entre los laicos o “cristianos de base” sino también entre clérigos, religiosas y jerarcas. En un polo hay sectores que se oponen a los cambios de forma casi militante, quizás para defender sus viejos privilegios de cuando había una obsecuencia mutua entre Iglesia y Estado. En el otro polo está la Iglesia comprometida, que antes y ahora considera que su vocación cristiana implica buscar y construir la nueva sociedad ya en este mundo. Evo y otros muchos saben que encontraron en ese polo buen refugio frente a dictaduras y apoyos para capacitarse y fortalecer su organización; ahora bastantes nos reencontramos en el actual proceso de cambio. En medio, está la gran mayoría que deambula entre esos dos polos.

2. El impasse. Empezó con el discurso de Mons. Pérez al inaugurar la reunión anual de la Conferencia Episcopal el 11 de noviembre. Los medios extractaron algunas de sus frases y las lanzaron a los cuatro vientos. Violentas fueron las reacciones de algunos gobernantes y exageradas las reacciones de algún obispo. Prevaleció un triple “sentido de cuerpo” – oficialistas, opositores, eclesiásticos – por encima del análisis sereno y dialogante en que cada uno procura ponerse en el pellejo del otro interlocutor. Mi reacción entonces y ahora es: ¡Bajemos el tono! ¡Busquemos puntos de encuentro para juntar esfuerzos! 

3. La yapa. El día 18 Mons. Solari manifestó a un periodista su preocupación por problemas que ha percibido y escuchado en el Chapare que es parte de su jurisdicción eclesiástica. He escuchado varias veces los cuatro minutos y medio de grabación y encuentro su mensaje respetuoso, matizado y con testimonios dignos de ser considerados. Es comprensible que algunos, por los ánimos ya exacerbados desde antes, se precipitaran a pedir su retractación o expulsión. Pero no sería correcto. Y a buena hora Evo ha declarado que no comparte esa opinión.

La cercanía entre esas declaraciones y las tensiones anteriores hace pensar a Evo que todo podría haber sido orquestado. Quizás habría sido mejor que Solari se expresara en otro contexto y por otras vías. Pero si el Gobierno se limita a descalificarlo como parte de un complot, me temo que ello rebotará contra su propia credibilidad.

4. Hace años que no piso el Chapare y me faltan datos para evaluar lo que allí sucede ahora. Pero es claro que, desde que Carlos Mesa aceptó el cato de coca y Evo retiró incluso a la DEA, hay menos tensión en el área. A su manera, ahora se cumple mejor lo que los obispos pidieron en su carta pastoral Tierra, madre fecunda para todos (2000 nº 176): “que se evite considerar a los campesinos sólo como parte del problema y que, más bien, se reconozca su derecho a ser parte de la solución”.

En esa misma línea, debemos empeñarnos juntos ahora para superar problemas como los que gente de la zona comenta a Mons. Solari y que el propio Evo y la policía reconocen.

(*) Xavier Albó es antropólogo, linguista y jesuita

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