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Ya escribí algo sobre Ana María Romero en mi columna habitual en La Razón. Agradezco ahora la amabilidad que me brinda Página 7 para acogerme también de vez en cuando, y les contaré qué es lo primero que se me vino a la memoria cuando, en el velorio de AnaMar, una periodista me pidió un recuerdo o anécdota más personal. Me irrumpieron dos a la vez.

Va la primerita. Siendo ella directora de Presencia hubo una marcha multitudinaria de cocaleros y de la CSUTCB; fue la primera vez que decidieron desviarse por sendas traseras para burlar la represión. Ya en territorio paceño, los marchistas solicitaron a los obispos que fueran a celebrarles una misa para fortalecerles pues no sabían qué les esperaba en la sede de gobierno. A la hora de la verdad quienes ahí acudimos, como delegados del entonces arzobispo de La Paz, Mons. Luis Sainz, fuimos el joven agustino Richard, el viejo jesuita yo y varias monjitas enfermeras que rejuvenecían cientos de pies llenos de ampollas y llaguitas. Cuando después de su larga jornada los marchistas decidieron descansar, nos juntamos ya a la vista de Lambate, tras el Illimani, e improvisamos un gran altar con sudados q’ipis de los marchistas, ponchos extendidos, y una sinfonía de perfumes exhalados por las ofrendas de  flores, frutas, coca y más coca y hasta varias ojotas polvorientas. Durante la misa evangélicos y católicos entrelazaron otra sinfonía de lecturas, cánticos y comentarios y no faltó una ch’alla general para todos.

No se había publicitado nada de ello. Pero poco después apareció un reportaje de Presencia y Ana María me hizo llegar además una bella foto ampliada de aquella misa con una nota escrita a mano. Por entonces sólo nos conocíamos medio de lejos. Pero ya tuvo ese gesto y toque bien personal. ¡Con cuántos lo habrá hecho en su cada vez más amplio abanico de relaciones!

Y va la segundita, cuando Ana María y un grupito decidieron juntarse en el templo de los Carmelitas para realizar una huelga de hambre en la fase final de aquel histórico octubre 2003. Marcó la solidaridad de varios sectores de clase media con los protagonistas populares de El Alto y otros, acelerando así el cambio en que tantos seguimos empeñados.

Junto con Anita allí estaban Jenny Cárdenas, quien este martes 26 de octubre regresó a los Carmelitas y el jueves al Congreso para despedirla con sus canciones preferidas. Estaba también mi compañero Ricardo Zeballos, quien igualmente retornó el martes a los Carmelitas y el jueves al cementerio jardín para celebrar la eucaristía con y para ella. Según recordó ahora Ricardo, durante aquella huelga, cuando quedaban solos los huelguistas, era Anita quien les daba ánimo y fuerza con su voz lenta y suave envuelta en una sonrisa, en su mirada penetrante, en su caricia al dar la mano.

Aquel día de octubre 2003 yo aparecí también por los Carmelitas y me brindé a acompañarles en la huelga. Pero Anita y sus compañeros huelguistas me miraron de pies a cabeza, se rieron y me dijeron: “¡Ya eres demasiado viejo! Serás más útil si recorres otros piquetes de huelguistas – que recién se les sumaban – para animarles y compartir con ellos tus experiencias en aquella huelga de hace años. Se referían a la que a fines de 1977 habían empezado 4 mujeres mineras con sus 16 hijos, a las que, por iniciativa de Lucho Espinal, nos juntamos después un grupo de Derechos Humanos y pronto otros mil hasta que Banzer cedió. Así lo hice, intentando despejar dudas y temores de quienes nunca antes se habían metido a hambrear. Esa nueva huelga también creció y logró su objetivo.

Paradojas de la vida y muerte: el “demasiado viejo” es el que ahora está escribiendo sobre Anita, la demasiado joven para morir.

Y ahí va la tercerita, de yapa. Lo de que yo era demasiado viejo para meterme en otra huelga de hambre, no debería ser tampoco un argumento tan decisivo. Mientras hace apenas unos días Ana María peleaba aquí su último combate con la muerte, en el otro extremo de Sudamérica, en Venezuela, otro viejo amigo jesuita – José María Korta, más conocido en el Orinoco como Ajishäma (“la garza”) – estaba emprendiendo una huelga de hambre ¡a sus 81 años!

Korta agradeció y apoyó desde el primer momento los cambios propiciados por Chávez y la revolución bolivariana a favor de los pueblos indígenas. Pero en ese momento tampoco dudó en adoptar esta medida extrema para dramatizar la demanda y los derechos de Sabino y otros compañeros indígenas que habían sido encarcelados, en contra de los principios de la propia Constitución bolivariana, por defender su territorio ya demarcado pero invadido por ganaderos influyentes en ciertos sectores estatales. Había que transformar las palabras en obras.

También él ha logrado ahora su objetivo inmediato, como lo lograron AnaMar y Lucho Espinal. Esa forma política de hambrear con y para el pueblo es bella.

(*) Xavier Albó es antropólogo, lingüista y jesuita

 

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