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Tanto y tanto hemos recordado, escrito y leído estos días sobre nuestra tan querida Ana María Romero – Anita, AnaMar – que casi no me queda otra que juntarme a ese coro general. Pero no me resisto a enfatizarles los siguientes aspectos.

 

El primero es la coherencia creciente del compromiso de Ana María en el transcurso de los años.

No es tan raro que hijos de familias acomodadas pasen por algún período de izquierda, sobre todo durante su juventud. A veces llegan incluso a fundar partidos de “izquierda”. Pero a medida que pasan los años, cuando ya deben buscar pegas o formar familia y tienen que tomar decisiones más comprometidas, la mayoría acaba haciendo marcha atrás. Entonces salen más fácilmente a relucir sus ancestros, tal vez sin darse cuenta. Son (o fueron) la “izquierda de pedigrí”, como diría Silvia Rivera.

Pero unos pocos efectivamente se convierten y van cambiando de bien en mejor. Marcelo Quiroga, hijo del apoderado de los bienes de Patiño en el país y primero  falangista, fue dándose la vuelta con toda coherencia hasta que segaron brutalmente su vida siendo todavía joven. En El Salvador, la oligarquía de su país quedó muy satisfecha cuando lograron que el Vaticano nombrara obispo a uno  de los suyos, llamado Oscar Arnulfo Romero. Pero poco a poco el nuevo obispo fue convertido por los pobres y habló con fuerza desde y para ellos hasta que fue asesinado en plena misa. Ahora le llaman San Romero de América.

Su tocaya Ana María Romero pertenece también a esta rara especie que profundiza su compromiso con los años.

Otra dimensión es el toque femenino que siempre ha tenido en su firmeza y compromiso. Hay mujeres comprometidas como María de Nazaret y otras como las dos Juanas: de Arco y Azurduy. AnaMar pertenece a aquellas que lo hacen de forma muy femenina: con suavidad pero sin doblegarse. Mantenía su firmeza y enfatizaba su punto de vista con precisión pero a la vez respetando al otro, tal vez desarmándolo con una sonrisa. Es notable cómo ahora propios y extraños la recuerdan como alguien siempre cercana.

El propio Evo, al saber la noticia de su muerte, dijo: “La voy a extrañar como extraño a una madre”. Algunos más allegados a Anita también le han escuchado decir “Yo a Evo me lo quiero como a un hijo”. Varias de las imágenes difundidas esos días así la muestran.

Expresar su firmeza con suavidad y respeto al interlocutor distinto facilitó su permanente rol de puente. Para ello fundó Unir, cuyo símbolo aquí reproducido es el sol y la luna besándose.  Es también lo que se esperaba de ella cuando Evo le propuso ser la primera senadora del MAS.

La traidora, larga y cruel enfermedad ya no se le permitió. Han sido unos meses dolorosos. Ya a principios de septiembre le dijo a una amiga muy creyente y cercana: “Dile al que sabemos que me recoja ya”.

Alguien que le siguió de cerca en su campaña quedó siempre muy impresionado al ver cómo la gente, sobre todo la más sencilla, la veneraba casi como a una santa. En una ocasión una viejita se le echó a sus pies y le dijo: “Mamita, sabemos que no eres como nosotras pero que siempre estás con nosotras. Seguí siendo siempre así”. Lo hizo.

 ¿Santa Romero de Bolivia?

(*) Xavier Albó es antropólogo, lingüista y jesuita

 

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