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Partamos de las semejanzas. La primera, más interna al movimiento, es que tanto en Sucre 2007 como en Potosí 2010 una protesta iniciada sólo por algunos logró catalizar a muchos sectores fortaleciendo un sentido muy fuerte de identidad colectiva. Los sucrenses se han sentido más sucrenses que nunca y lo mismo ha ocurrido con los potosinos. En ambos casos, más allá de los objetivos y demandas concretas, por cierto muy distintas en Sucre y en Potosí, estos movimientos han llegado a tocar fibras muy íntimas de la población, lo que da a ambos casos un notable componente subjetivo, simbólico y colectivo. Habrá que precisar mejor cómo se fue montando esa cohesión. Pero que así ocurrió es evidente.

Común es también el deseo de salir de su marginación después de un esplendor perdido: Sucre, como la antigua capital, hoy reducida a algo simbólico con poco poder real. Potosí, como la Villa Imperial que tanto enriqueció a otros, hoy sentida como un “girón patrio olvidado”, pese al reciente repunte minero.

Al nivel externo, el gobierno alega también como causa clave común influencias e intereses políticos de oposición. En Sucre es evidente. En Potosí, no tanto. Pero sí es un factor externo común la lentitud del Gobierno en percibir que pudiera ocurrir tal cohesión subjetiva, llena de símbolos y emotividad. Más bien reaccionó con adjetivos y juicios despectivos contra los alzados. Tal actitud les irritó más y, con ello, contribuyó a aglutinarlos en torno a esa su identidad herida.

En Sucre el MAS se dio cuenta pero ya muy tarde. En Potosí, que explosionó mucho más rápidamente, sólo algunos dentro del gobierno han empezado a reconocerlo. Ojalá logren convencer internamente a los más duros para que recapaciten y eviten así que también allí se forme una corteza hostil y traumática como en Sucre.

La diferencia más significativa entre los dos casos es que en Sucre hubo siempre una total polarización entre la capital urbana y el resto de Chuquisaca; ciudad vs campo. En Potosí, en cambio, campo y ciudad tienen mucho más en común y han estado mucho más unidos. Es cierto que en la ciudad de Potosí, como en Sucre, la oposición ganó la alcaldía y que ha habido también diferencias entre algunas organizaciones campesinas, las urbanas y las mineras. Pero ello no ha llevado a la rotura sino a una modulación más compleja del movimiento. Ejemplo: cuando la comisión del COMCIPO se había precipitado en romper el diálogo y estaban retornando a Potosí, fueron los campesinos quienes les impidieron el paso en Pampa Soico, pocos kilómetros después de haber re-entrado al territorio potosino, y les convencieron para retomar el diálogo, que así culminó exitosamente.

No hay que minimizar la existencia de intereses políticos de oposición en Potosí. Pero nunca llegaron a la virulencia que tuvieron en Sucre, donde además había una alianza patente con Santa Cruz. Atribuir el vigor del alzamiento a sólo o sobre todo la eficiencia de esos políticos, ¿no será sobrevalorarlos?

Un experto en el diálogo entre Palestina e Israel me contó que a veces notables avances objetivos quedaban bloqueados por descuidos en componentes simbólicos identitarios (como la Mezquita de Jerusalén). ¿Valdrá también para Potosí?

(*) Xavier Albó es antropólogo, lingüista y jesuita.

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