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Propuestas Económicas Productivas

En estos días la amazonía arde en todo el sentido de la palabra y sin oportunidad para exageración alguna, pues arden los ojos por la frondosa humareda que sale de aquellos árboles que el fuego les acaba de arrebatar su frondosidad; arde el estómago por el agua cada día más saturada de la ceniza que esparce el viento; los niños arden de fiebre por infecciones estomacales; pero también muchos ardemos por la indignación ante prácticas irresponsables que no cambian ni conmovidos ante las amenazas que emite el cambio climático, ni temerosos ante las suaves normas de un Estado apenas contemplativo en la materia.

Pero lo que más arde en estos momentos son los vastos pastizales de la sabana amazónica y sus bosques aledaños, deliberadamente incendiadas como parte de una práctica perversa de manejo de campos de pastoreo para el ganado bovino.

Y en estos ardores uno se pregunta, cuál es el pecado de la amazonía? Por qué estas ardorosas y dolorosas purgas ambientales, si es precisamente en esta región, con territorios indígenas establecidos, donde aún se ejerce una relación armónica con la naturaleza? Pareciera que se cierne un ensañamiento contra la amazonía efectuado desde diversos ámbitos sociales y “naturales”:

Hace poco una helada inusual nos infringió una cuantiosa matanza de peces, saurios y otras especies acuáticas como las petas (tortugas). Ríos, arroyos, lagunas y estanques de agua, se constituyeron a raíz de este suceso, en nidos de pestilencia provocada por la osamenta. Duro golpe a la naturaleza, duro golpe a los medios de vida de familias indígenas de la región.

Luego, en esta temporada, experimentamos un sol que hace estragos las pieles expuestas y ante el cual sucumben los cultivos y el ganado en general, nos referimos a la sequía que en sí misma es dura para el medio ambiente y también para la economía rural en la región.

Sin embargo, el impacto de la sequía es aún mayor debido a que va aparejada de devastadores incendios forestales causados por productores rurales con culpabilidades compartidas, pero en una jerarquía de responsabilidades muy definida, donde el sector ganadero ocupa la cúspide.

Los potreros, que suelen ser miles de hectáreas por cada familia, demandan prácticas de manejo para la renovación de pastizales y la eliminación de plagas como garrapatas y otros que atacan al ganado. Para contrarrestarlo, el método más sencillo es incendiar la pampa en la temporada más álgida de la sequía, a un costo monetario bajo porque lo subvencionan la misma naturaleza y nuestros pulmones.

Por eso arden en estos meses los pastizales, devastando la fauna que alberga, en un doloroso espectáculo donde todo es fuga para intentar salvar la vida. En ese momento donde arrecia el fuego, no cuentan los nidos tan esmeradamente cuidados por sus edificadores porque hay que huir del fuego; no cuentan las crías incapacitadas para tal travesía porque hay que salvar la propia para intentar sustituirlas en la siguiente temporada; no cuentan los roles naturales de presas y depredadores, todos fugan para salvar sus vidas de la voracidad mayor, aunque algunos, en su desesperación y confusión, huyen fuego adentro, constituyendo el último acto de búsqueda natural de sobrevivencia. Mientras la flora, solo retuerce sus hojas en espera de su fatalidad.

Pero al parecer, porque cada vez se hace más inminente, a la amazonía aún le restan purgas mayores al de estos impactos señalados y tendrán un carácter permanente y de mayor envergadura: los mentados megaproyectos, cuyas verdaderas dimensiones y efectos aún son desconocidos. ¿Cuánta resistencia más le quedará a la amazonía?

 

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