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Los días 14 y 15 de agosto de este 2010, se dio lugar a la realización de actos conmemorativos de la marcha indígena de 1990 denominada “por el territorio y la dignidad”, donde participaron tanto dirigentes históricos del movimiento indígena en aquella inicial etapa, como los actuales continuadores de esa larga búsqueda de autodeterminación. Estos actos constituyeron además un espacio de rememoración de la emblemática marcha de 1990, narrada por algunos de sus protagonistas a través de esa oralidad tan propia de los pueblos indígenas con la que transmiten a sus descendientes los acontecimientos más importantes de la memoria larga.

Uno de los hitos más enfatizados por estos innatos narradores del pasado histórico, fue el momento de encuentro con el presidente de ese entonces, Jaime Paz Zamora, a quien ante tanta insensibilidad, tuvieron que reprocharle que tenía el “corazón duro”; denominativo otorgado desde las lógicas indígenas para aquella persona enferma de egoísmo que sólo piensa en sí mismo y no le importa los demás (actitud inaceptable en la moral indígena).

Pero en general, la rememoración hecha por los narradores de estos actos conmemorativos, permitió un refresco a la memoria de quienes tuvieron el privilegio de vencer el trayecto, y una valiosa fuente de información para los que estuvimos ausentes. Aquí van algunos apuntes logrados en dichos actos, que son parte del recuerdo de aquella histórica marcha:

Por ejemplo una ex dirigente del pueblo Sirionó, protagonista de los preparativos de la marcha, recordó cómo tuvo que vender sus propios productos agrícolas para dotarse de logística mínima para ella misma y para sus compañeros de comunidad enrolados en las listas de marchistas. Pero lo que nunca esperó fue que su propósito quedara frustrado debido a un parto prematuro el mismo día de inicio de la marcha, quizá debido al intenso trajín de los preparativos o a su exaltada determinación por la defensa de sus derechos.

Asimismo testimoniaron acerca de las múltiples barreras en todo el trayecto, por ejemplo, cómo primero intentaron desanimarlos indicándoles que estaban perdiendo su tiempo, porque  el gobierno no podía atender sus demandas y además nadie estaba enterado de su marcha y tampoco interesaría a alguien. Pero como respuesta irrefutable, los votos de apoyo llegaban reiteradamente y no solo de bolivianos, sino también de países hermanos vecinos e incluso de Europa.

Recordaron cómo el gobierno, “dizque para evitar su sufrimiento”, envió al encuentro de los marchistas 20 camiones para llevarlos hasta la ciudad de La Paz a conversar con el presidente. Pero para su sorpresa, nadie subió a los motorizados, ni siquiera los ancianos ya muy cansados, ni aquellos enfermos por el desgaste y las inclemencias del tiempo.

Recordaron que hubo quienes les reprocharon porque sus demandas no tenían sentido, puesto que reconocerles territorio daría lugar a la formación de republiquetas y por tanto no correspondía. Sin sospechar siquiera que 20 años después el derecho al territorio en Bolivia estaría constitucionalizado y además tendría el reconocimiento de las Naciones Unidas.

Manifestaron cómo aquel entonces el mismo gobierno y gente relacionada directa o indirectamente con las empresas madereras, los acusaban de perturbadores de la legalidad, que con la marcha los pueblos indígenas solo estaban generando problemas, en vez de contribuir en la búsqueda de soluciones para el bien del país.

Pero que también se los trató de disuadir a través de ofrecimientos parciales y promesas que, hasta que llegaron a La Paz, nunca se tradujeron en la firma de algún documento o la promulgación de algún decreto supremo que les garantice resultados a las demandas indígenas.

Recordaron así mismo que el gobierno también buscó desprestigiar la marcha, afirmando que el contingente de marchistas sólo tenía como propósito un paseo en grupo, que su único objetivo era el de ir a conocer la ciudad de La Paz. Pero la opinión pública pudo constatar el sacrificio de la marcha soportada por la convicción de hacer respetar sus derechos como pueblos indígenas.

Recordaron cómo el gobierno también buscó convencer a la opinión pública que los marchistas pertenecían a pueblos nómadas y por tanto este tipo de desplazamientos era parte de sus prácticas culturales cotidianas. Quizá sin sospechar que con el tiempo aquella marcha se constituiría en una institución tan legítima que llegó a remover las estructuras mismas de un Estado etnocéntrico.

Pero también emplearon la acusación como medio para frenar la marcha, sindicando a sus dirigentes de irresponsables por llevar al contingente de marchistas a un sacrificio inútil, movidos por el simple capricho dirigencial. En respuesta, las bases se constituyeron en verdadera fortaleza para mantener la firmeza de la medida y la claridad de las demandas planteadas por los pueblos indígenas.

Infundir miedo fue la estrategia más reiterada en el transcurso de la marcha. Los quisieron amedrentar indicándoles que los tsinane los estaban esperando en el camino, perpetrados con flechas, palos y otras armas contundentes para impedir la marcha, incluso para matarlos. Pero la marcha continuó y más bien constataron que el pueblo tsimane, esperaba listo para plegarse a la marcha, aunque al final los madereros y gente de poder local los convenció de declinar en de participar en marcha.

También les dijeron que la población urbana de San Borja los iban a interceptar y apalear porque era una marcha en contra del Beni. Pero continuaron marchando y la población borjana más bien esperaba a los marchistas con apoyo moral y ayuda en alimentos, tal como corresponde a su tradición de pueblo hospitalario.

Finalmente les anunciaron que el ejército los iba a tomar presos, especialmente a la dirigencia, en razón a que se trataba de una marcha alentada por comunistas. Pero la marcha continuó y el gobierno probablemente no encontró argucias convincentes para justificar una acción de esa naturaleza ante la opinión pública nacional e internacional.

Como no conocían la ruta, les reiteraban que todo el trayecto era muy peligroso para la vida de los marchistas, que se exponían a la muerte por accidentes provocados por la topografía del trayecto o por los efectos climáticos de las distintas zonas que debían cruzar. Pero llegaron sin bajas fatales a la ciudad de La Paz y por eso lo primero que hicieron fue participar en la catedral de una liturgia en agradecimiento al Divino creador por proteger sus vidas.

Narrado 20 años después, suena anecdótico cómo el uso del idioma propio sirvió de eficaz estrategia para alertar a las bases sobre las palabras bonitas y las falsas promesas de las autoridades, justo en momentos donde las presiones y los argumentos del gobierno parecía doblegar la voluntad del contingente de marchitas cansado y debilitado.

Asimismo confesaron la incomodidad experimentada ante la “decepción” de gente que, desde sus preconceptos sacados de películas extranjeras, esperaban verlos con plumas y taparrabos. Pero los narradores se mostraron comprensivos, indicando que ni el mismo gobierno de ese entonces sabía de la existencia de indígenas en el país, a esto atribuyen que los trataran tan mal las autoridades, aunque no logran explicarse cómo continúa el maltrato gubernamental hasta la actualidad.

Pero también recordaron las cosas reconfortantes, como la hospitalidad de la población en todo el trayecto de la marcha, añoraron ese encuentro de hermandad intercultural y que como marchitas fueron receptores entusiastas de las costumbres de hermanos del altiplano, tales como el uso de mixturas, los rituales con que celebraron el encuentro y la forma de ofrecimiento de alimentos.

Fue una marcha armada únicamente de convicción, solo llevaban dos quintales de arroz y uno de azúcar, lo demás fue llegando de a poco y la solidaridad se prolongó durante todo el trayecto. Los resultados también llegan de a poco, recordaron por ejemplo que la marcha demandaba 4 territorios indígenas, ahora ya son 86 en todo el país.

Pero también recordaron y aún con disgusto, cómo el presidente de ese entonces en un acto de cinismo intentó sumarse a la marcha…, no tuvieron más que dejarle en claro que “no podía marchar el culpable de la marcha indígena” (por no atender sus demandas).

Entre las cosas tristes de aquella vasta rememoración reivindicativa, se añoró la presencia de muchos de los protagonistas de aquella histórica marcha, que lamentablemente ya no están en esta vida, aunque aún persiste el valor y la determinación que dejaron como legado de dignidad.

(*) Ismael Guzmán es investigador y sociólogo de CIPCA Beni.

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