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Escribo la mañana del viernes 20, cuando ya sabemos que cayó el “cerebro” de la acción, Abderhamid Abaaoud, de apenas 28 años, nacido en Bélgica pero de ancestro islámico (en su caso, marroquí). Son rasgos semejantes a los de la mayoría de los involucrados. Por primera vez se inmoló una mujer, francesa/marroquí, de 26 años y prima de Abaaoud. No voy a entrar aquí en la compleja historia de alianzas y repudios entre grupos insurgentes islámicos, explicado, por ejemplo, en el artículo colectivo de la BBC Siete preguntas para entender qué es Estado Islámico y de dónde surgió, pero sí quiero adherirme a quienes resaltan que las raíces histórico-culturales de la violencia de ciertos grupos islámicos está en la que ellos mismos sufrieron durante siglos de los llamados “civilizados” o incluso “cristianos”.

Por mi corto espacio solo citaré a uno, Vicenç Navarro, en su columna Dominio público (del 26 de febrero, meses antes de los ataques), basado en buena parte en las conferencias y libros del palestino Edward Said, profesor de la Columbia University de Nueva York, “uno de los analistas más rigurosos y creíbles del mundo islámico”, dice así: ¿Quién creó el radicalismo islámico? ¿Dónde está la defensa de la libertad de expresión? Esta cultura musulmana benefició enormemente a España [y a Europa], habiendo introducido muchos elementos positivos... desde la explotación agrícola hasta las áreas de medicina y del conocimiento en general. Uno de los hechos más característicos de nuestros tiempos es el radicalismo existente en grandes sectores del mundo musulmán. Y para entenderlo deberíamos conocer cómo y dónde se originó éste, imbuido de un fundamentalismo religioso. Muchos de estos movimientos surgieron de países que fueron colonias de imperios en su mayoría europeos.

Vicenç Navarro explica que en todos ellos —fueran o no colonias— aparecieron, después de la II Guerra Mundial, fuerzas progresistas que representaron una amenaza para los intereses económicos y políticos [que sostenían las estructuras neocoloniales]. Entonces establecieron y apoyaron a los islamistas radicales, fundamentalistas religiosos, que se opusieron por todos los medios a las fuerzas progresistas (la mayoría laicas) que querían transformar aquellas sociedades musulmanas.

El caso de Al Qaeda es un claro ejemplo. No se conoce suficientemente que Osama bin Laden fue en sus inicios financiado por Arabia Saudí (uno de los regímenes más opresores en el mundo de hoy), y por la CIA de EEUU, para oponerse a las reformas lideradas por el Partido Comunista Afgano.

El columnista también reflexiona sobre la movilización en Francia frente a los asesinatos de los humoristas de la revista Charlie Hebdo, dice que se ha presentado de una manera sesgada y parcial. La justa y necesaria protesta que ha habido en Francia ha sido en defensa de la libertad de expresión, que se confunde frecuentemente con la defensa y apoyo de la postura profundamente ofensiva hacia el mundo musulmán que ha aparecido en tal semanario. En realidad, cualquier demócrata debería considerarse ofendida por un tratamiento tan insultante hacia una minoría discriminada en Francia.

La función histórica de las revistas satíricas ha sido [generalmente] ridiculizar al poder, no a los oprimidos o excluidos, como es hoy la población musulmana en Francia. [Pero] la caricatura de Mahoma era antimusulmana y antimujer (ridiculizando los programas de asistencia pública a las personas excluidas y a las musulmanas embarazadas en Francia), repugnante en extremo. Decir esto no es justificar el horrible asesinato, que merece todo tipo de condena.

 

(*) Xavier Albó es antropólogo, lingüista y jesuita.


 

Artículo publicado el domingo 23 de noviembre de 2015 en La Razón.

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