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El fenómeno migratorio es universal y afecta en ritmos crecientes a miles o tal vez a millones de personas. Entre sus muchas vertientes, son los refugiados los que más sufren, por haber tenido que dejarlo todo y abandonar su país para salvar su vida y la de sus familias muchas veces sin previo aviso, amenazados por la guerra, persecución de bandas armadas, inseguridad, sus propias creencias religiosas o políticas, su origen étnico o nacionalidad, por un desastre natural o por un conflicto generalizado.

En 1980 el entonces padre general de la Compañía de Jesús, Pedro Arrupe, detectó éste como uno de los fenómenos más graves de nuestros tiempos, y por ello creó en 1980 el Jesuit Refugee Service (JRS), como una obra común para toda la Compañía. Se refiere a los “refugiados de facto”, por considerar que el uso jurídico internacional de ese término (los que tienen estatus como refugiados en determinado país) es demasiado restringido y no siempre refleja la situación más desesperada. Por otra parte, la línea divisoria entre migrante laboral y refugiado no siempre es clara y ambos pueden entreverarse.

En el mundo los refugiados se estiman en 45 millones. Las situaciones más graves y masivas ocurren en Asia y África, a veces con efectos hasta nuestros países.

Pero América Latina no está exenta ni mucho menos. Pensemos (entre otros) en Haití (agravado desde 2010 por el terremoto); o los países que han sufrido mayor violencia política como Colombia y varias naciones de América Central; las dictaduras militares de Paraguay, Argentina o Chile; las guerrillas de Perú, que trajeron también bastantes refugiados a Bolivia, etc. En nuestro país décadas atrás era común que parte de la población debiera exiliarse hasta que la tortilla política se diera la vuelta...

Más allá de la ya muy compleja asistencia inmediata para los refugiados con menores recursos (a veces en apretujados campamentos), es fundamental trabajar en su plena inserción y acogida,  tanto de ellos como de otros inmigrantes por parte de toda la población, para que no se los vea como invasores, delincuentes o una amenaza (como suelen tergiversar los medios de comunicación), sino como una nueva oportunidad para ellos y para nosotros mismos. En esta línea, a nivel mundial la Compañía de Jesús lanzó en 2012 la campaña “Por una cultura de la hospitalidad e inclusión”, que la sección Latinoamericana enseguida hizo suya; ahí se difundió el sugerente eslogan “Toma partido por las y los refugiados”.

El 20 de junio, Día Mundial de la Persona Refugiada, el Servicio Jesuita de Migrantes de El Alto promovió el “Abrazo hospitalario”, en el que cerca de 100 jóvenes del proyecto Rompiendo Fronteras resaltaron (a través de abrazos y mensajes) la necesidad de promover actitudes, valores y derechos que favorezcan a los migrantes, desplazados y otras personas más vulnerables de nuestra sociedad. Dramatizo la necesidad de ir superando miedos, desconfianza y prejuicios y abrirnos a reconocer la dignidad de toda persona y así juntamente construir una sociedad más hospitalaria. Si además son refugiados, un siguiente paso necesario, pero nada fácil, será trabajar en la reconciliación entre las partes.  

Cuando Dios se hizo Hijo el Hombre y nació en Belén no hubo quién les hospedara en su casa, y siendo aún bebito tuvo que refugiarse con su mamá y papá en Egipto huyendo de Herodes. Era parte de una historia de salvación con varios exilios forzosos a Babilonia, hoy el convulsionado Bagdad en Irak.

 

(*) Xavier Albó es antropólogo, lingüista y jesuita.


Artículo publicado el domingo 6 de julio de 2014 en La Razón.

 

 

 

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