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Propuestas Económicas Productivas

La Organización de Naciones Unidas declaró el 2014 como Año Internacional de la Agricultura Familiar (AIAF) para reconocer, valorar y visualizar su importancia y aporte en la reducción de la pobreza y la fundamental contribución a la seguridad alimentaria mundial. El objetivo del AIAF es promover nuevas políticas de desarrollo, sobre todo a escala nacional, que ayuden a las y los agricultores familiares y a pequeños productores a erradicar el hambre, reducir la pobreza rural y seguir desempeñando un papel importante en la seguridad alimentaria mundial gracias a la producción agrícola, pecuaria, agroforestal, recolección, pesca, pastoreo y producción acuícola.

Según datos del Foro Rural Mundial (FRM, 2013) en el mundo alrededor de 1.500 millones de personas se dedican a la agricultura familiar, quienes producen el 70% de los alimentos de forma sostenible y respetuosa con la naturaleza; el 40% de los hogares del mundo dependen de la agricultura familiar como forma de vida y fuente de empleo, de este modo contribuye a: a) estabilizar la población en las zonas rurales, b) preservar los valores culturales históricos, y c) a generar renta y consumo. 357 Millones de personas dependen directamente de la pesca en pequeña escala, que da empleo a más del 90% de los pescadores de captura del mundo; ayudan a conservar una diversidad de 7.000 plantas para atender las necesidades, cuando hoy en día no más de 150 especies son cultivadas comercialmente, de las cuales 30 constituyen el 90% del aporte calórico a la dieta humana y sólo cuatro (arroz, trigo, maíz, papa) representan más de la mitad de esa contribución calórica. 

Las mujeres aportan una proporción considerable de la mano de obra agropecuaria en los países en desarrollo, y en zonas pobres y de alta migración, son las responsables directas. La FAO estima que esta cifra asciende al 43%, mientras que UNIFEM calcula que está entre el 60 y 80%. Las y los agricultores familiares explotan también una parte importante de las tierras cultivables del planeta; los promedios regionales son: 85% en Asia, 62% en África, el 83% en Norteamérica y Centroamérica, 68% en Europa y 18% en América del Sur (FAO, 2014). Sin embargo, el 76% de los habitantes más pobres de nuestro planeta vive en las zonas rurales y su principal fuente de ingresos es la agricultura; hay en el mundo unos 842 millones de personas que pasan hambre, y tres cuartas partes de ellas viven en las zonas rurales (FRM: 2013).

En Bolivia, existen aproximadamente 775.000 Unidades Productivas Agropecuarias (INE, 2008) de este total, aproximadamente 728.500 (94%) están representadas por productoras y productores indígena originario campesinos –en muchos casos agrupados en organizaciones económicas campesinas (OECA’s), quienes contribuyen en un 36,8% a la demanda interna de alimento, el sector productivo empresarial y semiempresarial aporta con el 44% y la importación cubre el 19,2% restante (CEDLA, 2010). Según datos de la FAO la agricultura familiar en Bolivia  principalmente aporta en un 70% de arroz, 45% de hortalizas, 70% de maíz, 40% de leche, y casi un 100% de papa y yuca (FAO, 2014).  En décadas pasadas (años 70s y 80s) los pequeños productores campesinos aportaban y contribuían al abastecimiento de alimentos a los mercados nacionales entre 70 y 80% (CEDLA, 2010).

La Agricultura Familiar (incluyendo todas las actividades agrícolas basadas en la familia) es una forma de organizar, que es administrada y operada por una familia y, sobre todo, que depende preponderantemente del trabajo familiar, tanto de mujeres como de hombres. La familia y la granja están vinculadas, co-evolucionan y combinan funciones económicas, ambientales, sociales y culturales.”

El 81% de los ingresos de las Unidades productivas campesinas indígenas en Bolivia provienen de las actividades agropecuarias –agricultura, ganadería, silvicultura, pesca, caza y forestal; los 19% restantes se dividen en 9% para ingresos provenientes de la Venta de Fuerza de Trabajo y 10% para ingresos provenientes de Otros Ingresos (CIPCA: 2011). Estos datos nos muestran que la actividad económica principal es la agropecuaria con un manejo integral y sostenible de los recursos naturales de un territorio determinado.

Pese a este conjunto de aportes, la Agricultura Familiar enfrenta una serie de dificultades y retos: dificultad de acceso a recursos e insumos, falta de servicios de comercialización, falta de capacitación y financiación, volatilidad de precios, escasa participación en los procesos de toma de decisiones, etc. Todo ello se plasma en una falta de reconocimiento (de la sociedad y del Estado) del papel estratégico que desempeña. En este sentido son esenciales para que la agricultura familiar prospere: las condiciones agroecológicas y las características territoriales; el entorno normativo favorable a este sector; el acceso a los mercados; el acceso a la tierra y a los recursos naturales; el acceso a la tecnología y los servicios de extensión; el acceso a financiación; las condiciones demográficas, económicas y socioculturales, y la oferta de educación especializada.

La agricultura familiar desempeña un importante papel socioeconómico, ambiental y cultural, por ello, es necesario plantear propuestas que la empoderen, potencien, dinamicen y la visualicen, y una de esas acciones debe ser desarrollar y proponer agendas participativas en el marco de los objetivos de la campaña del Año Internacional de la Agricultura Familiar este 2014.

Desde CIPCA planteamos la declaración de “el decenio de la Agricultura Familiar”, así como se hizo con los derechos de las mujeres y la lucha contra la pobreza luego del nombramiento de sus respectivos años internacionales, Naciones Unidas podría impulsar esto para que los Estados y Gobiernos incluyan y ejecuten políticas, planes y estrategias que la potencien dada su importancia para la seguridad alimentaria, la reducción de la pobreza, la generación de empleo, la conservación de la biodiversidad y la dinamización de la cultura, como una respuesta oportuna ante la crisis alimentaria, económica, energética y el contexto de cambio climático que vive el planeta.

En Bolivia existe un marco legal favorable a la Agricultura Familiar que facilitaría la implementación del decenio de ésta, nos referimos a la Ley de Revolución Productiva; la Ley deOECAs y OECOMs, la Ley Marco de la Madre Tierra, entre otras, cuya operativización aún es incipiente, pero sienta las bases para desarrollar políticas públicas más acertadas y eficientes para el acceso equitativo a la tierra y a los recursos naturales para los pequeños productores/as, la seguridad jurídica y el impulso a la gestión sostenible de tierras y territorios saneados y titulados, y el acceso a los mercados con precios justos, teniendo en cuenta que éstos son las principales causas estructurales del hambre y de la pobreza de este sector. Es necesario que se incrementen las inversiones en el sector pero con una lógica de concurrencia de recursos, asegurando presupuestos específicos para su desarrollo que deberán, sin duda, ser inscritos en los planes y programas que implementan los municipios y las gobernaciones según sus competencias en el marco de las autonomías. También es necesario que otros actores como las universidades y centros de investigación generen mayor información e investigaciones aplicadas a resolver la problemática que enfrentan las y los pequeños agricultores.

Es urgente una política integral de gestión, acceso y uso y de los recursos hídricos, porque el agua se constituye  en un recurso escaso por el aumento irracional del consumo, los niveles de contaminación y por los efectos del cambio climático; es también, un recurso primordial para la producción agropecuaria, sobre todo en los valles y altiplano del país. Asimismo, es vital valorar y respetar el derecho de las y los productores a producir sus propios alimentos según sus usos y costumbres y su cosmovisión. No menos importante es la necesidad de generar sinergias y lazos de solidaridad entre las y los pequeños productores, quienes pueden potenciar canales de producción, transformación y comercialización, fomentando formas y modos asociativos que impulsen la participación de mujeres y jóvenes.

Todos los procesos arriba mencionados, deben estar vinculados inevitablemente con inversiones públicas y privadas, tanto en infraestructura como en la generación y cualificación de capacidades; ello coadyuvará en una gestión sostenible de las iniciativas; sin dejar de lado la promoción de tecnologías e innovaciones apropiadas a los distintos contextos socioculturales, que impulsen procesos productivos, de transformación y comercialización de largo plazo El “decenio” debería poner en el centro a las y los pequeños agricultores, dar valor a su trabajo, y ayudar a tomar conciencia sobre los hábitos de consumo de las personas, esto puede evitar que muchas personas mueran de hambre.

Finalmente, debemos trabajar profundamente en la educación, comunicación y el acercamiento de la sociedad urbana hacia la realidad rural y enfatizar que las 728.500 Unidades Productivas, son las que –en gran parte–sustentan nuestra seguridad alimentaria y son quienes no tienen acceso a los recursos como la tierra y medios para desarrollarse dignamente. Por tanto, para que mujeres y hombres se sientan orgullosos de ser productores campesinos indígenas, es necesario el reconocimiento, pero sobre todo la valoración, por parte del conjunto de la sociedad, de ese aporte a la producción sostenible de alimentos y a la conservación de los recursos naturales.

 

(*) Juan Carlos Alarcón es Director de CIPCA Cochabamba / Nancy Camacho es agrónoma de CIPCA Cochabamba.

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