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El próximo sábado 22 de marzo de 2014 se cumplirán 40 años de la trágica y prematura muerte de Gustavo Iturralde al pie del Wayna Potosí. No había cumplido todavía los 41 años. Él fue el pionero que impulsó a los jesuitas de Bolivia a incursionar en ese otro mundo aymara, que casi desconocían, a pocos pasos de La Paz. Desde fines de los 60, seducido por el joven obispo Adhemar Esquivel, puso en marcha lo que hasta hoy estamos haciendo por el altiplano.

Al primero que convenció para que le acompañara en ese desafío fue a su pariente y entonces también jesuita Jimmy Zalles, tres años más joven. Era flamante profesor del nuevo colegio San Calixto en Següencoma, pero invitado por Gustavo a Machaca; allí quedó seducido por un larga charla con el pre-diácono aymara Julio Layme.

En torno a ambos y a Esquivel se fue conformando el polifacético “Grupo Tiwanaku” con jesuitas, religiosas, promotores culturales aymaras, médicos, estudiantes universitarios; y, en un escenario más amplio, otros varios sacerdotes, religiosos y agentes pastorales nacionales y extranjeros. La Iglesia vibraba entonces con el viento fresco del recién concluido Concilio Vaticano II y su adaptación a América Latina, sobre todo con Medellín. Pronto se le añadiría la Teología de la Liberación. En contraste, en Bolivia, después de los cambios  del MNR, llegaron por un lado Barrientos, por otro el Che y Teoponte, y después se consolidaba la larga dictadura militar de Banzer (1971-78). Esos contrastes repercutieron también en Gustavo, Jimmy, los demás jesuitas y agentes pastorales y el variopinto Grupo Tiwanaku.

Gustavo había retornado en 1973 de unos talleres de actualización pastoral en Ecuador y Colombia, que le abrieron nuevas pistas y nuevas dudas. Le nombraron vicario general para el altiplano, posible antesala para ser obispo, algo que él no deseaba. Todo se le acumulaba pero, mal digerido, le provocó un surmenage. Se refugió un mes en el Instituto de Maryknoll (Cochabamba) para mejorar su aymara, pero a la tercera semana ya no lograba concentrarse y recurrió a su vieja receta: caminar y caminar, en solitario. Por Yungas, pero sin un itinerario preciso; y, al final, tras haberse agotado  trepado por un largo cañadón seco, se refugió en un cuartucho de la Bolivian Power en el abra de Zongo.  No había nadie. A los cuatro días se le encontró ya muerto.

Exactamente en otro 22 de marzo, seis años después, aparecía el cadáver de otro jesuita: Luis Espinal, esa vez botado por sus asesinos en un basural. Y a los dos días asesinaban a Mons. Romero en El Salvador.

Es Jimmy (+2007) quien hasta ahora mejor nos relata —como “Testigo de Ideales, Catástrofes y Esperanza”— toda esa odisea, en un bello texto que entreteje con su propia autobiografía, anécdotas, testimonios y semblanzas de estos pioneros que sembraron, murieron y siguen dando frutos en mil direcciones. Difundido a principios de los 2000 por internet, este texto ahora está en imprenta, con el título Las brasas en el fuego.  Jimmy lo dedica “a todos los sábalos que nadaron a contracorriente en nuestro altiplano, en La Paz, en Bolivia... que tuvieron la osadía de cambiar el curso de nuestra historia”. Su permanente interlocutor en todo el texto es Gustavo, o Gus.

Como un homenaje póstumo a ambos y a todos los “sábalos”, el próximo sábado 22 peregrinaremos primero hasta el galpón donde se encontró a Gustavo y, al retornar, compartiremos el habitual homenaje a Espinal y a Romero en el Café Semilla Juvenil.

 

(*) Xavier Albó es antropólogo, lingüista y jesuita.


Artículo publicado el domingo 16 de marzo de 2014 en La Razón.

 

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