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Propuestas Económicas Productivas

Nuevamente gran parte de la Amazonía boliviana se encuentra inundada (Pando, Beni, el Norte de La Paz y parte de Santa Cruz y Cochabamba), esto por las constantes lluvias que provocaron los desbordes de los extensos ríos amazónicos, generando así un creciente número de familias damnificadas. Frente a esta situación de emergencia que atraviesa el país, se vuelve a poner en evidencia la necesidad de comprender y profundizar sobre las causas de estos desastres e identificar qué factores podrían estar agudizando los impactos, esto ayudará a establecer e implementar medidas estructurales adecuadas en el marco de la Gestión de Riesgos.

De antemano, se puede decir que el análisis de causas e impactos es sumamente complejo, sin embargo los principales factores podrían ser el Cambio Climático y la deforestación. Después de casi dos meses de persistentes lluvias, según reportes del Viceministerio de Defensa Civil, alrededor de 146 municipios fueron afectados (declarados en emergencia por los desastres naturales), la pérdida de 59 vidas humanas  y aproximadamente 60 mil familias damnificadas (ABI). En los municipios afectados se calcula una pérdida aproximada de 39 mil hectáreas de cultivos, de acuerdo al último reporte del Ministerio de Desarrollo Rural y Tierras de fecha 17 de febrero.

En las zonas afectadas la población empieza a percibir una creciente escasez de alimentos y agua, disminución en la dotación de GLP y energía eléctrica, al mismo tiempo de estar incomunicados en el Norte Amazónico por el pésimo estado de los caminos y carreteras. Sobre esto, Oscar Paz, investigador del Instituto de Ingeniería Sanitaria y Ambiental de la UMSA, explicó que es previsible que las inundaciones prolongadas registradas generen desde el brote de enfermedades, el cambio de la composición del suelo, procesos migratorios de especies animales y la alteración de la geografía, además del desplazamiento de la población.

De acuerdo con Dirk Hoffmann, miembro del Instituto Boliviano de la Montaña, frente a las inundaciones que ocurren en la Amazonía boliviana, la respuesta tiene varias facetas y es contradictoria. Por un lado las inundaciones son un suceso recurrente cada año provocado por las intensas precipitaciones, principalmente en la época de lluvias (Diciembre – Febrero), además, este año no se ha suscitado el fenómeno de El Niño, con lo cual se podría haber esperado aún un mayor nivel de precipitación. Evidentemente, ya vivimos en un mundo de cambio climático, donde el clima ya no se comporta como antes, y tenemos que constatar que ahora todo fenómeno climático contiene algunos elementos de cambio climático (cambio en el  patrón e intensidad de los fenómenos climáticos).

En este sentido, el calentamiento global generó la elevación de la temperatura promedio del planeta entre 0,5 ºC y 1 ºC, con la consecuencia del aumento de la evaporación de los océanos, generando así una humedad contenida importante y una mayor presencia de nubes cargadas de mayor cantidad de agua, la misma que se descarga al condensarse y forma la lluvia (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático – IPCC, 2012).

En relación a la deforestación, José Lorini de la Liga de Defensa del Medio Ambiente (LIDEMA) y Sergio Campero del Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología (SENAMHI) consideran que la principal causa de las inusitadas precipitaciones se atribuye a los altos niveles de deforestación en el país, tomando en cuenta que esta actividad generaría una mayor evapotranspiración, menor capacidad de reciclaje de agua y un desorden en la distribución de la precipitación. Al respecto, Jocelijn Carmen-Thera François, investigadora del PNUD, señala que los impactos de la deforestación pueden ser mucho más grandes que los impactos del cambio climático, más aún tomando en cuenta que en el país la deforestación fluctúa entre 300 mil y 350 mil hectáreas por año, cifra que sumada a toda el área deforestada hasta el momento, llega aproximadamente a seis millones de hectáreas deforestadas (la mitad de esa superficie en la última década). Así también, las proyecciones muestran que para el año 2100, si mantenemos este ritmo, serán desforestadas 37,7 millones de hectáreas de bosques (aproximadamente el 34% de territorio nacional) en el país.

Pero más allá del cambio climático y la deforestación, pareciera que existen también factores antropogénicos que podrían estar agudizando los impactos, cómo en alguna medida sería la construcción de represas en la región. La investigación realizada por CIPCA “Represa Cachuela Esperanza: Posibles consecuencias socio-económicas y ambientales de su construcción” del año 2011, estableció que la construcción y funcionamiento de la hidroeléctrica de Cachuela Esperanza (aún en proyecto en territorio boliviano) y las represas brasileñas Jirau y San Antonio (en actual construcción en el lado brasilero), provocarían inundaciones más prolongadas que derivarán en la pérdida de áreas de cultivo agrícola, sistemas agroforestales, ganadería vacuna y bosques donde se realiza recolección de castaña, y con ello, desplazamientos humanos de comunidades ribereñas.

Del mismo modo, en un estudio impulsado el año 2013 por el Ministerio de Relaciones Exteriores, el investigador Paul van Damme menciona que las represas brasileñas de Jirau y San Antonio, tendrían también un área de influencia en territorio boliviano, lo que podría ocasionar cambios en los patrones de inundación, impactos socio-ambientales y pérdida de biodiversidad en esta área hasta Cachuela Esperanza, además que una de las zonas más afectadas sería la Reserva de Vida Silvestre Bruno Rácua que se encuentra al noreste del departamento de Pando.

Por todo esto, está claro que desde las autoridades involucradas, las organizaciones indígenas y campesinas y la sociedad civil en su conjunto, se debe realizar un análisis exhaustivo sobre la conveniencia o no de la construcción de la hidroeléctrica de Cachuela Esperanza; evaluar opciones alternativas, como microrepresas más eficientes para la región y menos dañinas con el medio ambiente y la economía regional; además de estudiar mejor las consecuencias, costos y medidas complementarias a la construcción de estas megaobras.

Por otro lado, esperemos que estos tristes eventos que hoy vive el país, sirvan para tomar conciencia de la magnitud y la importancia del problema y reconocer que el cambio climático ya no nos permite insistir en la intervención y explotación desmedida de áreas de alto valor de conservación; es urgente entender nuestra heterogeneidad climática y geográfica para planificar la gestión del territorio, reordenando asentamientos y rehabilitando los mecanismos naturales de protección. En consecuencia, que las autoridades nacionales, las gobernaciones y municipios tengan en cuenta que luego que bajen las aguas se debe planificar e implementar de manera concertada con las organizaciones medidas de Gestión de Riesgos y adaptación y mitigación al cambio climático para que el siguiente año no tengamos que lamentar situaciones como la de ahora.

(*) Ricardo Rojas Quiroga es miembro de la Unidad de Acción Política.

 

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