Por una Bolivia democrática, equitativa e intercultural

 

Propuestas Económicas Productivas

Desde el primer párrafo de su preámbulo y su primer artículo,  nuestra actual CPE expresa una tensión dialéctica entre el pluralismo creativo tanto en la naturaleza como en la sociedad y la necesaria integración y unidad nacional: “Bolivia se funda en la pluralidad y el pluralismo político, económico, jurídico, cultural y lingüístico, dentro del proceso integrador del país”. 

Después de siglos de colonialismo y neocolonialismo, disfrazado desde 1952 de mestizaje blanqueador, la CPE pone en la agenda, simultáneamente, los dos polos. No pretende disparar la diversidad caótica en todas direcciones, sino llegar a la integración con unidad y equidad por ese otro camino más complejo, pero a la vez más respetuoso de nuestra realidad tan diversa, superando a la vez ese escollo tan propio de las sociedades distorsionadas por conquistas: la abismal diferencia entre los descendientes de colonizadores o de colonizados, reducidos éstos a una situación subalterna. Era un soplo de aire fresco y renovador.

Sin embargo, otra cosa es con guitarra. Desde 2009 se ha enfatizado mucho la nueva inclusión de los antes excluidos, siquiera en lo simbólico, y ha habido también acciones positivas a favor de éstos, sobre todo los andinos; situación  comparable a lo que ocurre con las mujeres en busca de la siempre elusiva equidad de género.

Pero a la vez, más allá de las etiquetas como “descolonizar”, instancias públicas “plurinacionales”, etc., la balanza vuelve a inclinarse con fuerza hacia el polo de la unidad, la uniformidad y hasta la imposición a costa del pluralismo.

Un hito importante de este giro ocurrió desde principios de 2010, cuando empezó la segunda gestión presidencial del MAS-IPSP, con un control de dos tercios en ambas cámaras. Era paradójicamente la primera gestión regida por la nueva CPE que tanto enfatiza el equilibrio y la paridad jerárquica entre los dos polos. ¿Qué pasó? Lo que pasó a primer plano fue la óptica del poder, incluso con pretensiones de llegar al poder absoluto. Se arguye que ahora el pueblo ya está empoderado y, por tanto, se busca que el pueblo tenga el poder total. Ojalá fuera así en los hechos. Pero no es tan claro.

Lo que quizás más desequilibra la balanza son las grandes diferencias en el acceso al poder de decisión y a los recursos que de él se derivan, a través del partido MAS-IPSP. Entonces, el poderoso partido, aunque sea el “hijo” surgido del seno de las organizaciones indígena originario campesinas, puede que ya no escuche, sino simplemente imponga, a partir de decisiones ya tomadas por pocos. Puede tratarse de una “razón de Estado” inapelable, como se argumentó a propósito de la actual y restrictiva Ley de Deslinde Jurisdiccional, aprobada entre gallos y medianoche a fines de 2010; o de la inconclusa y costosa telenovela del TIPNIS, su carretera y sus secuelas de rotura del Pacto de Unidad que fue clave para la CPE; o la “lealtad partidaria” por la que una vez elegidos diputados, muchos representantes de pueblos indígena originarios deben reducirse a ser “alzamanos” (salvo quizás en los pasillos), en vez de personas que desde sus diversas perspectivas puedan enriquecer el debate.

El viernes celebramos el Willka Kuti (“Vuelco del Sol”) o Año Nuevo Andino Amazónico, cuyo sentido de recuperación del proceso ya fue preanunciado medio año antes en las ceremonias multitudinarias en la Isla del Sol. Que sea efectivamente una vuelta al equilibrio entre el polo unitario y el del pluralismo creativo.

 

(*) Xavier Albó es antropólogo, lingüista y jesuita.


Artículo publicado el domingo 23 de junio en La Razón.

 

 

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