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Sabemos que la nueva Constitución [CPE], por fin llevada a Referéndum, no es la mejor posible. Pero, para unos y otros, aprobar ésta es mejor que afincarnos en la ya caduca. Aprobarla es mucho más sensato que rechazarla a nombre de una posiblemente “mejor”, que, al no existir, sería hoy la enemiga de la “buena” hasta aquí concertada.

Para interpretarla correctamente hay que aprender a leerla con apertura intercultural y ojos interdisciplinarios.
Un buen ejercicio para ello es el Preámbulo, que se ha mantenido tal cual a lo largo de tanto diálogo y concertación. Algunos lo cuestionan por su falta de estilo “jurídico”. Hoy (viernes 14 de noviembre) un comentario de La Razón, por lo demás muy positivo, dice que esta nueva CPE no es “bella” usando como ejemplo su prólogo “poco estético”. Hay quienes echan de menos allí la referencia a Dios, que está en tantas otras Constituciones (aunque no en la de la Unión Europea); o quienes -más políticos- protestan por no citarse la Revolución del 52...
En contraste, otros muchos se sienten bien representados en ese texto y les place su estilo “inspirador” y “poético”, no tan distinto del de otros muchos preámbulos a otras tantas constituciones. Yo mismo lo he leído en varios países y eventos internacionales, siempre con reacciones altamente positivas. Aparecerá también pronto como el colofón de antología en el Bolivia Reader de una de las principales editoriales universitarias en lengua inglesa.
En esos tiempos de crisis ecológica y fundamentalismos ideológicos, las frases inaugurales del Preámbulo llegan como una brisa de aire fresco: “En tiempos inmemoriales se erigieron montañas, se desplazaron ríos, se formaron lagos. Nuestra Amazonía, nuestro Chaco, nuestro altiplano y nuestros llanos y valles  se cubrieron de verdores y flores. Poblamos esta sagrada Madre Tierra con rostros diferentes y comprendimos desde entonces la pluralidad vigente de todas las cosas y nuestra diversidad como seres y culturas...” La flamante CPE del Ecuador se ha inspirado directamente en este texto y hasta ha añadido un novedoso capítulo sobre los “derechos del buen vivir, sumak kawsay”

Otro ejercicio es la exégesis intercultural de una larga frase que -como un anticucho o pacumutu - reaparece una y otra y cien veces en el texto constitucional: Las naciones y pueblos indígena originario campesinos.

Constitucionalistas sofisticados habrían preferido un concepto único más genérico, quizás pueblos indígenas. Tras largos debates tan vez habrían aceptado la posibilidad de que esos pueblos fueran reconocidos como nacionalidades o - más difícil - como naciones y enseguida habrían normado los requisitos para lograrlo.

Jurídicamente perfecto. Pero no es necesariamente lo más didáctico y cercano a la población involucrada. La Ley de Participación Popular de 1994 inventó otro término impecable: “organizaciones territoriales de base” [OTB]. Pero ello causó de inmediato muchas reacciones negativas en quienes temían que se les impondría desde arriba una nueva organización, como ocurrió en 1952 cuando las comunidades originarias y ayllus tuvieron que encajarse en el nuevo molde “sindical”. Fue precisa una segunda ley interpretativa para aclarar que ser OTB no sustituía tantas otras formas organizativas muy vigentes: desde ayllu, tenta o cabildo hasta sindicato y junta vecinal.

Ahora los asambleístas, muchos de ellos de extracción popular y de toda profesión y pelaje, han optado por la solución salomónica de dejar satisfechos a todos acuñando esa larga expresión con cinco dedos –naciones-pueblos indígena-originario-campesinos (con sólo una s final de cierre)– y otras parecidas. Lo clave y re-fundacional, expresado en el art. 2, es que la frase se refiera a los grupos descendientes de quienes ya estaban aquí desde antes de la Colonia. Pero con sus cinco dedos respeta a quienes prefieren llamarse indígenas, como en las tierras bajas; u originarios, como muchos andinos; o campesinos, como trató de rebautizarlos la Revolución del 52, vivan o no en y del campo. Al ser un concepto único, tampoco distingue si algunos son nación o sólo pueblo ni entra en conflicto con el hecho de que todos ellos, junto con todos los demás bolivianos, formamos la nación boliviana.

Es otra manera cultural de sabiduría, a lo Salomón.

(*) Xavier Albó es antropólogo lingüista y jesuita.

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