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La historia de los pueblos indígenas de tierras bajas, es una historia de agresión sufrida y de resistencia asumida. Agresión a sus espacios territoriales, a sus recursos naturales, a su identidad cultural, a su dignidad como pueblos y como personas; agresión a la vida como la ocurrida el 11 de septiembre de este 2008 en el Departamento de Pando y como tantas otras que experimentaron antes.

Dichas agresiones no sólo están referidas al crimen impune contra personas indígenas y otro tipo de violaciones de sus derechos elementales ocurridas reiterativamente, las cuales generalmente quedaron en el olvido por tratarse de indígenas, y si tuvo alguna significancia, fue para reafirmar la subordinación de éstos hacia el resto de la sociedad en la región.

Recorriendo la historia de los pueblos indígenas en tierras bajas, es por ejemplo de conocimiento público la masacre de Kuruyuky efectuada desde el Estado en 1.892, donde perdieron la vida más de mil indígenas Guaraníes, por el hecho de demandar ante el Estado su derecho histórico al territorio y la autodeterminación como pueblo (Hernando Sanabria: 2008).

Está igualmente registrada en la historia, aunque de manera menos conocida, la masacre de indígenas perpetrada en 1.887 en la ciudad amazónica de Trinidad, Departamento del Beni, donde ante la sola sospecha de un posible “alzamiento subversivo” apresaron en el área urbana, en plena celebración de misa, a 60 indígenas Mojeños, azotándolos hasta dar muerte a 10 de ellos (9 hombres y una mujer). Ese mismo año en el área rural masacraron a otro grupo de indígenas donde perecieron cruelmente 4 niños, una anciana y el octogenario líder Andrés Guayocho, además de la violación de mujeres y saqueos de bienes indígenas, por pretender éstos huir monte adentro para liberarse del ultraje y sometimiento de que eran objeto, como otra forma de búsqueda de autodeterminación como pueblo (Zulema Lehm: 1999).

Más al norte de la amazonía de este mismo Departamento (Beni), en la época del auge de la goma (1898-1919) se dieron sucesivas masacres de indígenas no reducidos, unas veces como simple prevención ante temores de ataques de estos pueblos que defendían su territorio avasallado y otras veces incluso por el simple placer de sumar una hazaña de uno u otro de los múltiples grupos extractivistas del caucho, extendidos por la región norte amazónica boliviana. (P. H. Fawcett: 1971).

No fueron menos masacres de alcance multiétnico la cantidad de indígenas que fueron conducidos a esta misma región desde otras latitudes y encontraron la muerte en la actividad gomera o ante el rigor del látigo e incluso de la bala que provenía de quienes administraban dicha actividad económica.

La última masacre de indígenas ocurrida en tierras bajas es la recientemente perpetrada en la localidad de Porvenir en el Departamento de Pando, donde fueron asesinados un grupo de al menos 16 personas entre indígenas y campesinos. Este hecho logró trascendencia internacional y como parte de su desenlace aún no concluido, le asignaron prisión preventiva (por indicios de culpabilidad) al prefecto de ese Departamento hasta que concluya un proceso de investigación.

Habrán ocurrido otras masacres que no alcanzó a registrar la historia y quizá también ya se borró de la memoria histórica de pueblos indígenas. La justicia que se espera de esta última masacre no será suficiente para reivindicar aquellas que quedaron impune, pero, de darse, se habrá logrado un primer paso para erradicar esta práctica de intolerancia que no pretende otra cosa que el exterminio étnico de estos pueblos que, de no mediar sus múltiples estrategias de resistencia desarrolladas, quizá ya se hubiese consumado.

Estas son masacres físicas de personas indígenas que soporta la historia regional y nacional, unas realizadas por civiles en función a intereses sobre todo económicos y otras propiciadas por instancias oficiales de gobierno. Sin embargo, este momento de consternación social y de reacción positiva de la justicia estatal, constituye un momento que debería llevarnos a asumir actitudes dirigidas a frenar otras formas de masacre que también son brutales y sistemáticas en nuestro país, como la “masacre étnico-cultural”, que no sólo involucra a la institucionalidad estatal y ciertos grupos específicos, sino que quizá, de una u otra forma, también estamos inmersos todos los bolivianos.


(*) El autor es sociólogo de CIPCA - Beni

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