Por una Bolivia democrática, equitativa e intercultural
B-elninio.jpgENCCLICA.jpgalainza.jpgprop.jpg

Propuestas Económicas Productivas

Me toca escribir esta columna en plena asamblea de reflexión de jesuitas de Bolivia sobre el sentido de nuestra misión hoy aquí, dentro de la formulación actualizada que de ella ya se hizo a nivel mundial, a principios de este año. Puede ser útil compartir algo de los discernimientos que está realizando ese pedacito de Iglesia que es la Compañía de Jesús en Bolivia, en ese momento en que en el país estamos tan enfrascados en una guerra fría de posiciones e intereses contrapuestos.

En Cochabamba nos hemos reunido 86 jesuitas, más de dos tercios del total. Faltan los más enfermos y ancianos, y algunos pocos que no pudieron excusarse de otros compromisos. Presentes están los que atienden parroquias y otras actividades pastorales en diversas partes del país, los que vienen de colegios, universidades o de la red popular de Fe y Alegría, los de las obras sociales en el campo y la ciudad, los de los medios de comunicación, los que se dedican a la investigación, el grupo numeroso de jóvenes que todavía no han completado sus etapas de formación.

Uno de los documentos centrales de trabajo, proveniente de aquella reunión previa mundial, se titula: “Desafíos de nuestra misión hoy: enviados a las fronteras”. En él se reitera que en nuestro mundo contemporáneo “el diálogo con pueblos pertenecientes a diferentes tradiciones culturales y religiosas” es un instrumento clave para cumplir el “principio integrador de nuestra misión”, definido como “el vínculo inseparable entre la fe y la promoción de la justicia”.

Esta debe ser la clave de todo lo que hagamos como individuos y como comunidad en nuestras diversas obras a lo largo y ancho del mundo y también aquí en Bolivia. Si se pretende vivir la fe sin expresarla en una permanente búsqueda de justicia, resultaría una fe alienante, que poco tiene de cristiana. Si estas obras de justicia no se apoyan de alguna manera en una fuerte espiritualidad y mística (sea o no cristiana), les  falta la calidez que da energía y sentido al conjunto. Y el hecho de que ello deba realizarse en un permanente diálogo con pueblos pertenecientes a tan distintas tradiciones culturales y religiosas, da un muy oportuno toque de humildad y de apertura hacia los otros distintos, en la manera que debemos realizarlo.

Este es un trabajo de “frontera”, porque ayuda a abrir nuevas brechas y pistas en áreas aún poco transitadas en este mundo contemporáneo en que la brecha entre ricos y pobres persiste y se ensancha y en el que la globalización hace más visibles y muchas veces más conflictivas las diferencias culturales y religiosas.

En ello Bolivia resulta hoy un territorio fecundo de frontera, sobre todo en esa coyuntura inédita que ahora nos toca vivir, de gran potencial inspirador también para el resto del continente y hasta más allá. Pero esta coyuntura ha dejado también sueltos entre nosotros a los viejos demonios de la intolerancia frente al otro distinto, resucitando incluso unos niveles de racismo que ya creíamos definitivamente superados.

En la reunión desde la que escribo hemos dedicado mucho tiempo a ponderar esta encrucijada que vive el país, que puede conducirnos a una nueva forma superior de convivencia o puede irnos gastando y desgarrando en un conflicto tras otro en que cada bando siga buscando cómo imponerse al otro, sin lograr superar ese empate catastrófico ya crónico.

Este conflicto hace mella también entre los jesuitas aquí reunidos sobre los caminos por los que deberíamos contribuir a tender mayores puentes y canales de diálogo, hacia la búsqueda de un mayor respeto y actitud de escucha hacia el otro distinto y – a la larga – descubrir mayores espacios comunes para la concertación. En esa diversidad de opiniones influye, lógicamente, el entorno social con el que cada uno convive y trabaja.

Pero en dos puntos sí estamos de acuerdo: en esa necesidad de tender puentes y en la necesidad de que, con ello, vayamos logrando al mismo tiempo una sociedad y estructuras más justas y equitativas.

Si ven que nuestras diversas obras y actividades van efectivamente en esa dirección, aliéntennos. Si no, hágannos el gran servicio de reclamárnoslo.

 

(*) El autor es jesuita, antropólogo e investigador de CIPCA.

CIPCANotas

Suscripción CIPCANotas

Enlaces