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Es éste un virus tan terco, mutante y últimamente reincidente, que le dedicaré ésta y después otras columnas.

Antes de la Colonia, sin duda que en diversos conflictos entre pueblos originarios de estas latitudes ya se valoraba a unos y rechazaba a otros a partir de mitos basados en su diversidad fisiológica, lo que es la esencia del racismo. Muchos de los nombres étnicos con que cada pueblo se auto identifica a sí mismo significa “gente”, lo que de alguna manera parece implicar que los demás o no lo son o no lo son tanto.

Pero, con el encontronazo de dos mundos y la subsiguiente subyugación de los que ya estaban aquí por parte de los conquistadores recién llegados, se generó una situación nueva, más global y genérica, aquí y en el resto del mundo. Una sociedad colonial y neocolonial es siempre más propensa que otras a desarrollar ideologías racistas, desde Sudáfrica hasta los Estados Unidos o Bolivia.

En concreto, aquellos habitantes locales antes eran pueblos, con su propia historia y culturas, sus buenas o malas relaciones entre ellos. Pero los conquistadores recién llegados invisibilizaron aquella su condición y – para los nuevos amos – todos ellos quedaron reducidos a “la indiada”, como si se tratara de una masa amorfa llegada desde la remota India. Fue la primera gran mutación del virus. El especialista francés Wieviorka, que hace poco nos visitó, da tanta importancia a ese cambio de escala y de perspectiva que no duda en fechar el nacimiento del racismo como ideología: 1492.

Surgieron estamentos o castas basados en la pureza de la sangre: quienes habían nacido en Europa eran superiores a los españoles criollos; éstos eran mejores que los mestizos; y todos ellos superaban a los indios… por no hablar de los negros, que hasta eran esclavos, en el sentido más cruel de entonces.

 “El mundo al revés”, repetía aquel “indio letrado” y dibujante excepcional de la Colonia temprana: Guaman Poma. “Y no es cristiano”, añadía, como precursor de la teología india de la liberación.

Con la creación de la República no cambió la situación. En este punto más bien empeoró, porque aquel virus racista hizo una nueva mutación. ¡Se le consideró incluso “científico”! Algunos expertos europeos que venían a modernizar la educación dedicaron su tiempo libre a medir los rasgos físicos de los siervos de la hacienda o de los encarcelados. Medían la capacidad de su cráneo, los desnudaban para sacarles fotos de frente y de perfil y divulgarlas en sus artículos científicos. Hace sólo unos meses he escuchado todavía elogios de ese enfoque – hoy totalmente descalificado por la UNESCO – en un seminario local sobre el tema.

El darwinismo social entonces en boga ayudó así a ampliar la expoliación de las comunidades para que “esa raza inferior” pudiera mejorar siquiera algo, domesticada bajo la tutela del patrón blanco. Favoreció también el exterminio de pueblos de la selva al expandirse nuestra frontera agrícola y ganadera. Ante el último esfuerzo de resistencia anticolonial de los guaraní del Chaco, en 1892, el entonces Ministro de Defensa habló de la “urgente necesidad terminar con esa raza infame y feroz”. En unas pocas décadas pasaron de 200 a 20 mil, por muerte, cautiverio o fuga.

La guerra federal entre Sucre y La Paz en 1899 se acabó precipitadamente porque Pando convenció a los sucrenses de que ésta podía degenerar en una “guerra de razas”. Aludía a Willka Zárate, al que había prometido acabar con la expoliación de comunidades. Cuando ya no le necesitó, lo “desapareció” y todo siguió igual.

Los editores del censo del año siguiente (1900) profetizaban: "En breve tiempo, ateniéndonos a las leyes progresivas de la estadística, tendremos a la raza indígena, si no borrada por completo del escenario de la vida, al menos reducida a una mínima expresión… Si ha habido una causa retardataria en nuestra civilización, se la debe a la raza indígena, esencialmente refractaria a toda innovación y a todo progreso”.

 

Con tales cimientos ideológicos se montó nuestra República. Ese virus siguió mutándose pero persiste, como veremos en la próxima entrega.

 

(*) El autor es jesuita, antropólogo e investigador de CIPCA

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