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Propuestas Económicas Productivas

Estamos ya en vísperas de ese controvertido referéndum que casi todos llaman revocatorio pero en rigor es también ratificatorio y algunos, como mi inefable amigo Coco Manto, prefieren llamarlo “evocatorio”. Pase lo que pase en vísperas, durante y después de ese evento, soy un convencido de que el tiempo de atrincherarnos en nuevas y cambiantes posiciones para anular al contrario ya se está agotando. Se impone que por fin nos pongamos todos a dialogar en serio por el bien global del país y de sus regiones, sabiendo que tenemos posturas e intereses distintos y con frecuencia contrapuestos. No es fácil pero es absolutamente indispensable y cada vez más urgente.

Dialogar en serio quiere decir estar dispuestos a ceder en ciertos puntos para asegurar otros considerados más fundamentales. En ello, hay que tener también conciencia de cuáles son los puntos realmente irrenunciables de la otra parte, para buscar algún acercamiento común. En nuestra situación actual implica renegociar diversos aspectos de la nueva Constitución pero sin echarla por la borda y hacer lo mismo con los estatutos autonómicos. Es un asunto de concertación de textos jurídicos y de reasignación de competencias. Pero aquí no pretendo detallar puntos como éstos que se negocian con la cabeza y el buen juicio.
Hace poco tuve la oportunidad de participar en un evento organizado por una reconocida institución internacional especializada en la paz y la resolución de conflictos. Dentro de una temática más amplia, se tocó también, como era de esperar, la situación boliviana actual y, a nivel más personal, yo mismo tuve la oportunidad de conversar con un alto directivo de la mencionada institución, que ha jugado un papel protagónico en la búsqueda de un mayor entendimiento entre palestinos e israelitas. Se trata de una situación muchísimo más grave y compleja que la nuestra. Pero me llamó particularmente la atención uno de sus comentarios, muy aplicable a nuestra situación.

Con ejemplos de aquel conflicto crónico del Próximo Oriente, me comentó que muchas veces habían llegado con la razón fría a negociar y concertar en puntos que parecían difíciles para ambos bandos. Pero a última hora todo se iba al traste por no haber tomado en cuenta detalles que no se referían tanto a aspectos más técnicos de la negociación en sí misma sino al modo y actitudes de respeto a la identidad herida del otro. Me llegó a afirmar que, en su experiencia, éste es un punto capital al que siempre hay que prestar gran atención si se quiere llegar a soluciones permanentes. Porque son esos símbolos más sensibles a la propia identidad y orgullo los que acaban por sellar los acuerdos con el bálsamo de paz y comprensión mutua.     
Enseguida me vinieron a la mente muchos de esos casos recientes nuestros, que han disparado las desavenencias políticas mucho más allá de lo razonable por las expresiones y acciones racistas con que se los ha sazonado. Se está añadiendo ají a las seculares heridas de los pueblos indígenas, secularmente mucho más marginados que cualquier otro grupo. Dado el camino que éstos ya han recorrido, incluso en el Oriente, en el futuro ninguna solución será estable si no se los respeta y acepta a pie de igualdad respetando símbolos culturales identitarios que tan hondo les calan, hasta su insistencia en autodenominarse “naciones” dentro del Estado plurinacional.

Por razones similares, tampoco hay que herir el sentimiento de los bolivianos que sin ser indígenas comparten con ellos el orgullo de ser parte de la “nación” boliviana. No hay que mezquinárselo reduciéndolos a ciudadanos del Estado Boliviano por razones conceptuales que bloquean el diálogo. Aceptemos unos y otros que Bolivia es la nación[-Estado] que cobija a muchas naciones [originarias] en su seno.


¿Y qué decir de ese conflicto entre “la capitalidad plena” y “la sede no se mueve”? El diálogo debe partir de la cabeza pero llegar al corazón, que también tienen sus razones, para evitar que de la tripa surjan reacciones ciegas y viscerales, por heridas históricas nunca cicatrizadas.

(*) El autor es jesuita, antropólogo e investigador de CIPCA

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