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Ha sido una semana intensa, visceral, para infartos. De empecinamientos, euforias y temores. La palabra clave para tejer esperanzas y construir el futuro es diálogo. Lo ha dicho el Presidente, el Cardenal, lo acaba de decir el Personaje del Año de La Razón. Lo sienten y sufren todos los hombres y mujeres de buena voluntad. No sólo en torno a la Navidad. Siempre y en todo lugar.

Y para ello necesitamos actitudes abiertas y de respeto, sin parapetarnos en posiciones ya tomadas. Pueden ser muy legítimas pero, si nos encerramos en lo nuestro sin escuchar ni intentar comprender al otro, es difícil que logren construir el nuevo país que tanto necesitamos.
Diálogo implica por lo menos dos distintos, cada uno con sus razones y parte de verdad, pero consciente también de no tenerla toda. Dispuesto a escuchar, a aprender y complementarse. Pero también a expresar su punto de vista y sus necesidades de manera creíble, seductora. Humilde como paloma, prudente como serpiente. Dispuesto a ceder y hasta convertirse y, a la vez cuando haga falta, a presionar.

Para dialogar hay que tener la cabeza fría pero funcionando a full. Hay que tener el corazón cálido, dispuesto a acoger. Los ojos y los oídos bien abiertos, dispuestos no sólo a ver y oír sino también a mirar y escuchar. La boca, no disparada ni con baba pero tampoco bloqueada; abierta para hablar lo que convenga, en el tono apropiado y en el momento oportuno. Ira, puede que la haya. Hasta la Biblia habla de la santa ira de Dios, y Cristo, en el Templo, sacó a chicotazos a los mercaderes que lucraban de la devoción popular e en el Templo. Al dialogar, las venas, las tripas, las vísceras puede que están sangrando. Pero no pueden estar encendidas, que esto enceguece, incita al rechazo, al ego, al odio y a la violencia.  
El preámbulo de toda palabra potencialmente distanciadora es, entonces, inter-. Diálogo implica intercambio de ideas, de experiencias, de lo que uno u otro es y tiene y el otro necesita; y viceversa. Para construir algo en común no nos basta ser multidisciplinarios, multipartidarios, pluriculturales ni plurinacionales. Debemos llegar a ser además inter-disciplinarios, inter-partidarios, inter-culturales, entre hombres y mujeres, viejos y jóvenes, campo y ciudad...
Y ¿por qué no? también inter-nacionales, en el más amplio y generoso sentido de la palabra. Primero, al interior del Estado-Nación Bolivia, entre las naciones (o, para quienes lo prefieren, nacionalidades) aymaras, chiquitanas, mojeñas... Y entre la Nación Boliviana y todas esas naciones que en su interior quieren ser parte muy activa. También entre regiones: entre collas, cambas y chapacos, Sucre y La Paz A la vez, entre estados-naciones. ¡Qué sensación de avance y de esperanza nos da el hecho de que hoy, aquí en La Paz, se encuentren Michel, Lula y Evo!

¿Inter-clase? ¿Entre poderosos explotadores y débiles explotados? Sí, también. Pero aquí hay algo fundamental, que es más que un simple matiz. El diálogo debe ser para lograr justicia y equidad. No chapuzas que sigan manteniendo la injusticia. Lucho Espinal lo mostraba con una parábola: el ladrón te asalta y te quita mil dólares. Protestas y te dice: “dialoguemos hermano, 500 para ti y 500 para mi”. El inefable Quino lo dibuja con esos grandotes que señalan con el dedo al pobre aplastado a sus pies y le grita: “¡Dialoguemos!”

Para lograr todo eso hay que contribuir a tender puentes, tejer pistas. Ser mediadores que contribuyan lo más posible para ello. Los “medios” de comunicación son, por su misma función – medios, comunicación – los más llamados a serlo. ¿Lo son o deberían serlo? Lamentablemente, por lo general no lo hacen. Los que menos, las TV, que tanto potencial tienen para combinar la palabra, la imagen y el sonido, llegando más al sentimiento y al corazón que a la cabeza sea para acercxar o para polarizar. Aunque no es problema de sólo ellos. Dime quién de paga y te diré qué dices o cómo lo dices. Dime quién es tu dueño y te diré qué no dices. Ojalá el Observatorio de los Medios, creado por la institución Unir – ¡qué nombre tan oportuno! – siga observando y difundiendo sus análisis. La cobertura de la Constituyente, de la Capitalidad y de la autonomía cruceña daría para muchas tesis de futuros comunicadores y también mucho que meditar para los actuales.


El Gran Personaje del Año debería ser quien más puentes haya logrado tender y más acercamientos haya sabido tejer hacia la construcción del nuevo país que todos necesitamos.

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