Por una Bolivia democrática, equitativa e intercultural
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Propuestas Económicas Productivas

El presente texto es el discurso que Xavier Albó hizo durante el acto de su condecoración senatorial "Franz Tamayo" en el que recibió la medalla de oro correspondiente.

Albó es el primer boliviano en recibir esta condecoración por su compromiso con los Pueblos Indígenas y Originarios de Bolivia que lo ha impulsado a investigar, escribir una numerosa bibliografía y plasmar, en su obra y vida, sus ideales de inclusión, de revalorización de las culturas y el reconocimiento de la condición ciudadana de estos bolivianos y bolivianas.

El acto fue realzado por la presencia, entre los invitados, de Jenaro Flores, connotado representante del movimiento katarista que inspiró mucho a Albó; de Hernando Calla, su compañero en la huelga de hambre que hizo posible el fin de la dictadura banzerista y con quien recordaron a otro luchador como fue Luis Espinal; y de muchos otros de similar significancia no sólo para Albó, sino para la historia boliviana.

 

Una confesión inicial. Mi primera reacción fue no aceptar esta postulación, porque eso de condecoraciones y demás, no va conmigo. Uno hace lo que hace por un convencimiento interior; si no, sería pura fachada. La segunda, más práctica, fue el susto de tener que estar aquí, en un ambiente tan serio e importante. Menos mal que ya es común no tener corbata… A fin de cuentas acepté por respeto a vdes., queridos amigos y senadores, porque este apoyo puede también contribuir como un espaldarazo más a ese proceso tan postergado, necesario y urgente como lento y conflictivo, en el que sí he creído y sigo creyendo. Y esperando, y al que deseo seguir arrimando el hombro con el optismismo realista de construir un país posible cada vez más inclusivo y que brinde protagonismo a los secularmente marginados.
Cuando me pidieron confeccionar una lista de mis invitados, me pusieron en un nuevo conflicto, porque esta salita es chica pero el corazón es grande. Difícil es priorizar a unos tachando a otros, como en el juego aquel de salvar sólo a uno de los tres que están ahogándose en un pozo… Y fui retrasando la tarea. Entonces, una de esas noches, entre sueños y desvelos, entre pesadilla y revelación, fueron desfilando por mi retina una serie de rostros y recuerdos cercanos, gente y situaciones que a lo largo de los años me han ido enseñando lo que es y lo que debería ser este país.

He leído, acumulado muchos libros y he escrito también algunos, esperando que ayuden a comprender y actuar. Pero les confieso también que donde más he aprendido a seguir enamorado, alegre y dolido por este nuestro país ha sido al dormir, comer y tertuliar en las casas, escuelitas y capillas de tantas comunidades desde la puna hasta la selva, en la grupa de algún jeep o camión a los que esos nuestros caminos hacen saltar y danzar como potros o barquitos, en tantos talleres, congresos, celebraciones o marchas. He vivido visceralmente la bella metáfora de nuestro actual canciller, que nos exhortaba a saber leer ante todo en las arrugas de los ancianos; también las de aquella viejita aymara a la que años antes, en otra gran metáfora profética, el presidente interino Victor Hugo Cárdenas hizo sentar en la silla presidencial…  Queridos anfitriones e invitados, al verles me hacen revivir aquel sueño y ensueño de varias noches atrás. No puedo alargarme, pero ahí van unos pocos fogonazos de recuerdos y rostros.

Pisé por primera vez la tierra bendita de este país – no sabía aún que era también Pacha Mama, Iwi Maranêy – en agosto de 1952 en un Villazón lleno de banderas por las fiestas patrias. Ya instalado en Cochabamba viví las euforias y conflictos de la flamante Revolución Nacional, al ir por el campo las haciendas seguían funcionando pero, ahí cerca, estaban los compañeros campesinos con sus viejos mausers defendiendo el proceso. Una de las primeras tareas que se nos dio fue aprender quechua; después mal aprendí también aymara. Óptima inversión, que me abrió al diálogo con la otra Bolivia. Mi enamoramiento por Bolivia fue realizándose ante todo en esa Bolivia mayoritaria pero oculta, marginada. Claudio Pou, hoy mi otro compañero jesuita en CIPCA, era ya mi compañero en aquella llegada y primeras experiencias; y aquí está también Jimmy Zalles, uno de nuestros iniciadores en la realidad del país y, años después, compañero de inserción en el altiplano, en Tiwanaku y Qurpa, donde tengo también cuarto hasta hoy. Haber entrado en la Compañía de Jesús meses antes y haber sido impulsados desde ahí implantarnos rápido en Bolivia nos ha dado un motor poderoso para todo ello.
Tardé años en nacionalizarme, más por dificultades prácticas que por eludirlo. Años después llegó también aquí para quedarse Luis Espinal Camps, compañero jesuita. Lo primero que hizo, y con empeño, fue nacionalizarse. Vergüenza para mí. Lo hice rápidamente después que lo mataron. Lucho, periodista, reflexionando sobre “la” huelga de hambre de 1978, que aceleró el paso a la actual democracia escribió que “morir por un país da más carta de ciudadanía que haber nacido en él” y no faltaron quienes se encargaron de que muriera antes de hora, para ratificarlo. El compromiso humano y cristiano de Lucho con el país se expresaba más en los medios que en el púlpito; el semanario Aquí, sobre todo, hoy también aquí con Antonio Peredo; como está también presente aquella huelga que compartimos con Nano; y aquella casa-comunidad de jesuitas y laicos que tanto nos ha marcado, con Gloria, Hans y Achi. ¿Qué nos diría hoy Lucho –pueblo, profeta, periodista– ante los cambios, resistencias, sueños y tropiezos que está viviendo el país? Bueno será pensarlo cuando debamos tomar decisiones, también en el Senado.


CIPCA es desde 1971 mi escenario privilegiado para apoyar lo que hoy se llama “empoderamiento” del campesinado y pueblos indígenas: con poder económico, poder político, poder propositivo para un nuevo país posible e inclusivo. Empezamos esa aventura con Lucho Alegre en enero 1971, durante aquel breve interregno de J. J. Torres, quien lo pagó con su vida. Crecimos pues en dictadura y otra dictadura, la de García Meza, nos eclipsó algún tiempo. Sobrevivimos y ahora en la familia CIPCA ya hay abuelos, padres y muchos nietos, varios de ellos aquí, de los de ayer y de hoy. Algunos han sido ahora llamados a cosas mayores, como Hugo y Celima que tienen grandes tareas como entendernos con Chile y lograr una justicia sin injusticias.

En aquellos primeros años pocos pensaban o querían reconocer que tras la máscara “campesina” seguía latente la voluntad de seguir siendo pueblos cada uno con su nombre propio: eran el tronco y las raíces firmes y profundas en un país que ha recibido también muchos injertos pero que al nacer como el Estado Nación Bolivia, se pretendió construir, en vano, desde puro injertos sin raíces propias. Nosotros mismos, siguiendo la corriente, pusimos sólo “campesinado” en nuestro nombre institucional.

Pero fueron nuestros interlocutores y mandatarios quienes nos hicieron comprender que tenían identidades más profundas. Prototipo fue Jenaro Flores, padre del Katarismo, forjador de la democracia. Al retornar ésta fueron también los kataristas y la CSUTCB los primeros en hablar del Estado Plurinacional. En nuestros primeros años aprendimos mucho de los compañeros kataristas. Gracias. A ellos se juntaron más adelante quechuas, guaraní y últimamente también guarayos, moxeños y otros de tierras bajas…  Podríamos amanecernos aquí con recuerdos y enseñanzas de muchos aquí presentes, pero el tiempo apremia.

 

Sólo una palabra final para nuestros anfitriones. Es muy agradable saber que para este acto ha habido consenso al margen de corrientes políticas; y, en esa gama de corrientes, encuentro también aquí a senadores amigos con los que hemos compartido preocupaciones comunes como la resistencia a las dictaduras, el empoderamiento de los pueblos originarios, la educación intercultural bilingüe, el reencuentro de Laymes y Qaqachakas… Cierto, es más fácil lograr consenso en un evento simbólico como éste, en que no se forcejea por intereses ni recursos. Pero valga el poder simbólico de ese consenso para que nos esforcemos todos en lograr algo así en el nuevo país posible sin levantar pantallas de humo ni espantar con fantasmas que paralizan.

Muchas gracias.

 

(*) El autor es antropólogo y cofundador de CIPCA

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