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Propuestas Económicas Productivas

Sentado bajo un algarrobo con el sombrero de ala ancha ligeramente hacia atrás, la mirada perdida, sus manos callosas terminaron de liar un cigarro de chala, expulsó una abundante bocanada de humo y dijo: “…Ñakaraviyu, no me gusta que me llamen cautivo…” las palabras martillaron mis oídos, me quede mirándolo y guarde silencio esperando que continúe la conversación -este personaje, a quién llamaré Yaguaresa (ojo de tigre) desea permanecer en el anonimato, decisión que respetaré- después de una pequeña pausa, continuo diciendo: “…últimamente, a todos los que nos visitan solo les interesa los detalles de nuestros sufrimientos en las haciendas,…nos hacen recordar lo que nosotros quisiéramos olvidar… ¿Por qué a la gente le gusta hablar de las penas?, nadie pregunta por nuestras alegrías”.

Lo que hasta ahora se conoce como zonas esclavas, comunidades cautivas, familias empatronadas, peones, u otros en la región del Chaco, son denominativos que llaman la atención e impactan en el conjunto de la sociedad por su crudeza; que fueron parte importante en el discurso político de la APG en la reivindicación de los derechos individuales y colectivo de los guaraníes, no cabe la menor duda; que subrayaron la falta de tierra-territorio y las injusticias cometidas con este pueblo, también; que su uso sistemático contribuyó a que el gobierno reconociera la situación injusta de casi un millar de familias que viven en las hacienda del Chaco, lo mismo; sin embargo, el uso inadecuado de esos denominativos con la población que ya no vive en las haciendas, provoca discriminación, sobre todo en los jóvenes, al respecto Yaguaresa dice: “nosotros no tenemos nombre, seguimos siendo los esclavos y nuestra familia, son los hijos de los cautivos”.

La mayoría de los que visitamos las comunidades -técnicos, financiadores, periodistas, evaluadores, parlamentarios y autoridades- nos fijamos más en su pasado, en el sufrimiento, en sus pocos ingresos, en sus limitaciones y descuidamos las pocas pero importantes satisfacciones que las familias, comunidades y sus organizaciones han logrando, poco a poco, con el transcurrir de algo más de una década.

Acaso no es importante ver a sus hijos aprendiendo a leer y escribir en su propio idioma (derecho que a sus padres les fue negado), aunque esté sentado en un toco y el maestro sea pagado por los propios padres de familia, porque el Estado todavía no cumplió con una de sus más altas responsabilidades; o la sensación de participar con una opinión en la Asamblea, de ser escuchado, de comprometerse, de decidir, de equivocarse, de cuestionar e incluso discrepar con los colaboradores más cercanos.

Es hasta paradójico que un pueblo que fue muy hábil en el uso de la palabra y la negociación durante siglos de resistencia a la Colonia, cien años más tarde, se esfuerce por recuperar ese don; acaso no es importante cuando muestran orgullosos sus chacos con una diversidad de productos y nosotros no podemos captar el mensaje: “mira soy capaz de producir mi sustento”. Cuanto ignoramos, en las pocas actividades festivas, al fijarnos solo en el folklore, sin esforzarnos por comprender las aspiraciones y los sentimientos de un grupo preocupado por recuperar sus valores culturales y de vivir a plenitud la tan anhelada libertad.
“Tantas cosas que para ustedes y otras comunidades libres eran cotidianas, para nosotros eran novedad, hemos caminado sin parar y me falta muchas cosas, pero no me gusta que me llamen cautivo, ¿cuándo vamos a ser como los demás?”, decía Yaguaresa. Para este dirigente, vivir en comunidad implica mucha responsabilidad y mucho más si se es mburuvicha; para él es tan importante la producción agropecuaria que brinda el sostén de la familia, como las relaciones con los partidos políticos, gobiernos municipales y gobierno central; aunque no termina de comprender como la ley asigna más tierra a una vaca, que una persona.

El guaraní orgulloso de su estirpe y de lo que es capaz de producir y recolectar, reconoce las buenas cualidades y las expresa socialmente, por ejemplo, los cazadores y pescadores son admirados, así como las mujeres tejedoras y hacedoras de buena chicha. La libertad para el guaraní no parece ser algo que hay que conseguir, él y ella, siempre se han sentido libres y como tal han actuado, aunque en ese caminar muchos hayan intentado impedir la vivencia de ese derecho, mermado sus oportunidades y obligándolos a realizar trabajos que por su propia voluntad no hubiera sido posible.

Ñakaraviyu respetuoso de este pueblo, es su servidor, apodo que me gané sin mucho sacrificio por la cabeza brillante y no precisamente por tener buenas ideas. Son muchísimas las oportunidades que me toco participar en las diferentes actividades de las comunidades y su organización, recorrí muchos caminos, estuve presente en sus trabajos, en sus fiestas y también en sus luchas, por lo que estoy muy agradecido, y reconozco que no me fijé en los puntos observados por Yaguaresa.


(*) Técnico en CIPCA Cordillera

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