Por una Bolivia democrática, equitativa e intercultural
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Propuestas Económicas Productivas

Cuando el “Otro” es visto como el infierno el “Yo” tampoco debe ser el paraíso. Esta frase pretexto de partida para esta nota, ojala sirviera como invitación para el cuestionamiento de nuestros pensamientos y más aun de nuestros actos. El período que transcurre y que se agudiza en explosiones violentas en el país junto al discurso neonacionalista que se enarbola con distintos tintes y también desde variados frentes tiene además la capacidad de aflorar una dimensión del ser social boliviano cual es su cualidad de sentirse y más aun saberse “distinto, diverso y hasta autoexcluído”.

La primera cualidad existencial, el ser distinto, que como explicaremos no es necesariamente equivalente a la noción de la diversidad, es la que orienta la construcción del ser o la autorepresentación a partir de la descalificación del “otro” o de “los otros” que nos rodean. Cuando prima la mirada de lo distinto, postura etnocéntrica por excelencia, se justifica la proyección de uno sobre el otro para asemejarlo, para igualarlo, domesticarlo pero no hasta el grado de equilibrar su condición humana o compartir el poder con él. Por otro lado, la postura de la diversidad, como espacio intermedio, tiende a generar una mirada de reconocimiento de las potencialidades y cualidades propias pero a su vez encuentra espacio para la identificación de las limitaciones naturales que uno tiene y que se pueden superar con el aporte y presencia del otro y de los otros. La antípoda de la mirada de la diferencia es la que puede llevarnos a la postura del autoexcluído y es la que se ancla en la actitud de resentimiento capaz de derivar en el extremo con un racismo a la inversa. Racismo reivindicativo para algunos pero de hecho incapaz de asumir una condición dinámica o de búsqueda de interacción positiva con los demás (los otros).

En las posturas extremas se encarama y alimenta silenciosa la representación diabólica del otro y de los otros, aquí en una suerte de dogmatismo se asume su presencia pero no se está dispuesto a escalar hacia su valoración y menos respeto por su diferencia.

Razones para la violencia tanto estructural como simbólica en nuestro suelo tienen antecedentes tanto antes de la llegada colonizadora como en la construcción política y social esencialmente discriminadora del proceso colonial como en su proyección automática en la edificación republicana. En cada uno de estos momentos la realidad de la diferencia es automáticamente proyectada al miedo por la democratización del poder, y resulta particularmente más sensible ver hoy día que esta situación no ha cambiado a pesar de que se han dado importantes avances desde el último decenio del siglo pasado en materia de relaciones plurales en democracia. Mientras hoy toman lugar reflexiones sobre la mundialización (opuesta al sentido masificante de la globalización), la multiculturalidad, la multietnicidad, y la tolerancia, el camino que las hace posible, cual es el de una auténtica interculturalidad dialógica no aparece ni como medular ni menos como elemento articulador significativo. Entonces será urgente recuperar y en sintonía con el reto de la edificación democrática el sentido del espacio relacional y dialógico desde la diversidad que plantea lo “inter-cultural” para poder reconocer que nadie es superior a su semejante. Así, por ejemplo, saber que una convivencia en espacios interculturales no se reduce al ejercicio de buenos modales o manifestaciones externas de una falsa tolerancia sino más bien exige el convencimiento que existencialmente nadie es sin la presencia y relación con el otro para quien también uno le plantea la misma relación. Reconocer el aporte de la diversidad resulta vertebral para la construcción social cuando esta responde a un escenario histórico que agrega a la diferencia la modificable condición de la inequidad y el racismo. El papel intercultural que se debe jugar en este trance y especialmente en el proceso de la Constituyente exige la adopción de competencias que junto a las cualidades políticas expongan el valor de una tolerancia activa donde el constituyente de cara a una realidad histórica objetiva ejercite condiciones de diálogo desde y con la diferencia. La ausencia de cultivadores y convencidos de iniciativas de diálogo intercultural sería contraproducente a la edificación de un nuevo Estado que debe entender la diversidad de sus actores como la materia objetiva de un nuevo Contrato Social que todos deseamos sea sostenible y perecedero además dispuesto a la traslación de las mismas prácticas democráticas hasta ahora no suficientemente incluyentes.

(*) Director SECRAD-UCB

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