Por una Bolivia democrática, equitativa e intercultural

 

Propuestas Económicas Productivas

La ontología del lenguaje de Rafael Echeverría que sostiene que el lenguaje es el medio poderoso por el cual nos abrimos al interlocutor como un ser diferente con su propia historia y su propia visión del mundo, constituye el fundamento del rol de la comunicación estratégica para el cambio social global, y con él, para el cambio en el enfoque y acciones dirigidas al desarrollo.

El desarrollo y la comunicación están en deuda con Latinoamérica, y es que la comunicación, como muchos autores lo afirman, ha sido reducida de los planes, programas, proyectos y políticas de desarrollo a una mera acción de difusión y en esa misma línea se le ha asignado recursos para su funcionamiento. Esto ha proporcionado resultados accesorios y ha desvalorizado la comunicación en su carácter estratégico.

Todo ello nos motiva a repensar en la comunicación para el desarrollo. “La ciudadanía desborda las reivindicaciones políticas con demandas que se ubican en el significado mismo de la vida: la sexualidad, la ecología, el racismo, la drogadicción, los derechos humanos, la salud, la educación... Se reconceptualiza el desarrollo, para entenderse como una apuesta cultural de cambio enfocado desde los objetivos últimos del desarrollo mismo, vale decir, desde el cumplimiento de las aspiraciones de la gente (Ul Haq, 1995: 3). Y las concepciones sobre la comunicación abren su espacio de realización destrampándola de los límites de los medios para ubicarla en el espesor profundo de la cultura. Se hace comunicación-desarrollo desde un lugar situado, desde el lugar donde se enuncia la palabra, que es el lugar del sujeto” (Contreras, 1999).

La comunicación para el desarrollo se hace estratégica cuando se la transversaliza en todas las esferas de los proyectos o programas, desde que se la asume como canalizadora de iniciativas creativas para reducir la pobreza, para incidir en política públicas o para ejercer la libertad de expresión con equidad; pero sobre todo, como catalizadora del diálogo entre culturas en el espacio público, “El reconocimiento de que el desarrollo no es solamente caminos, puentes y hospitales, abre el camino hacia una percepción de la comunicación para el desarrollo estrechamente vinculada a la cultura, o más bien, a las culturas … La esfera pública es el lugar de encuentro de la interculturalidad, debería ser el espacio de negociación en el que las culturas se enriquecen mutuamente” (Gumucio, 2000). Esto permite la apropiación de las políticas e iniciativas de desarrollo por parte de los actores sociales –ya no beneficiarios- y por ende, su empoderamiento con identidad, la coordinación de necesidades y la creatividad para atenderlas, en definitiva, la aprehensión de la cualidad ciudadana.

Entonces la comunicación para el desarrollo se convierte en facilitadora de la participación ciudadana y la movilización social, no sólo para encontrar soluciones al subdesarrollo, sino también para fortalecer los sistemas democráticos, imprescindibles para alcanzar el bienestar común con justicia y equidad. Entendida la comunicación desde esta perspectiva, debemos por lo tanto apostar por el diálogo intercultural que dé lugar a relaciones democráticas y equitativas, constructoras del desarrollo integral y colectivo.

Los conflictos internos en nuestros países se han desencadenado justamente por las asimetrías del desarrollo y que en 1993 ya lo vaticinaba Luis Ramiro Beltrán. “Si esta situación continúa y se deteriora aún más, pueden preverse para el futuro cercano la efervescencia política y el caos social. Y parece asomarse en el horizonte la sombra de la violencia”. Nuestro país ha iniciado el milenio con conflictos sociales y políticos en demanda de una nueva ciudadanía. Así, se encamina a la Asamblea Constituyente como una opción de cambio, un espacio de diálogo diverso, integrador. Un proceso en el que la comunicación para el cambio social puede aportar mucho. “La Comunicación para el Cambio Social es un proceso de diálogo público y privado a través del cual las personas definen quiénes son, cuáles son sus aspiraciones, qué es lo que necesitan y cómo pueden actuar colectivamente para alcanzar sus metas y mejorar sus vidas.” (Gumucio, 2000).

Por tanto, estamos ante el desafío de pensar en nuevas propuestas para la comunicación para el desarrollo, donde la solución a los problemas no están sólo en los decisores, sino en los seres humanos involucrados, entre decisores y actores. Hay que recuperar a la comunicación en su carácter holístico, en su dimensión humana y cultural -y por tanto, intercultural-. Hay que renovar los conceptos, sus aplicaciones y sus estrategias. Habrá que alimentar la comunicación que rescata el diálogo y la participación para lograr el cambio de paradigmas de modo que contribuya eficientemente al desarrollo, al sistema democrático, la valorización cultural, al bienestar del ser humano diverso y activo.

(*) Comunicadora CIPCA Santa Cruz

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