Por una Bolivia democrática, equitativa e intercultural
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La relación de la sociedad civil, la burguesía y el ejército ha dado origen a distintas articulaciones de poder en el ámbito del Estado. En Bolivia, luego de las jornadas de los años 50 y múltiples ejercicios entre democracias y dictaduras, entre legitimidad y legalidad, a un costo elevado para el país; a finales de los años 70 y principios de los 80, el sistema electoral parece haberse consolidado como instrumento de verificación de la democracia representativa y del principio de legitimidad del poder. Al menos esto daría entender las movilizaciones en contra de los regímenes militares y a favor de las reiteradas elecciones que en este período se llevaron a cabo.

Sin embargo, su expresión política en los amplios frentes organizados por personajes y partidos de la tradición nacionalista (MNR, UDP en sentido amplio) y algunos resabios de las dictaduras (ADN), dieron como resultado un estilo y una práctica democrática liderizada por un sector social, que paradójicamente, no provenía de los grupos más movilizados, los mineros y los campesinos, especialmente los de valle y altiplano.

Desde los años 80, el MIR y la mayoría de sus derivaciones, aunque ideológicamente diferenciados, representan un cambio generacional dentro de un mismo grupo social. En los años 90, la incursión de los partidos neopopulistas (CONDEPA y UCS) da aire al sistema político y la democracia boliviana, aunque lamentablemente su incursión fue más fugaz de lo que su fuerza hizo suponer. La NFR podría ser la más contemporánea de este grupo, y como todos los anteriores la municipalización del país, hasta ahora, les ayudó en su organización, permanencia y crecimiento dentro del sistema político partidario y algunas incursiones dentro de los movimientos sociales, especialmente juntas vecinales y comités de vigilancia.


El MAS y el MIP, se diferencian del grupo anterior por su estructura articulada a las organizaciones campesinas del país. Lo que les permitió ubicarse desde la demanda al sistema político y permearlo primero en los niveles más municipales y últimamente con representaciones a nivel nacional.
El proceso, descrito brevemente, nos muestra una democracia representativa que fue dando cabida a distintas expresiones de la sociedad civil. Sin embargo, no se terminó de afectar a la forma Estado, como administración discrecional del gobierno, soportada en pactos de mayoría parlamentaria y asentada, lamentablemente, aparato represivo como garantía de “constitucionalidad”.
Octubre del 2003, representa una nueva explosión de masas, un movimiento eficaz en trasformación del Estado, sin conducción precisa, aunque con orientación colectiva. Similar a las masas de noviembre que inspiraron a Zabaleta.

Como en los años 70 y 80, la transición democrática, refrendada por la movilización social, sale al rescate de la democracia representativa. ¿Es que nuestro sistema político incorpora un equilibrio entre la democracia electoral y la irrupción de las masas como correctivos al exceso en el ejercicio del poder?

Hoy nuevamente vivimos un estado en el cual se ha refrescado el sistema político, la democracia representativa, aunque no existe una articulación explícita del poder que ésta representación pudiera otorgar. Nos encontramos en la antesala de una reorganización del Estado boliviano, aunque es temprano para especular sobre la propiedad y la orientación del nuevo período que se avecina.

La incursión de las Agrupaciones Ciudadanas y Pueblos Indígenas, iniciada en las elecciones municipales de diciembre del 2004, junto con los partidos políticos, en equivalencia e igual legitimidad, puede traer como efecto inmediato la desarticulación de las grandes estructuras y fidelidades que hemos vivido en el pasado. Al mismo tiempo que genere algunas nuevas organizaciones y liderazgos con oportunidad de poder y generación de alianzas posteriores.

Hay que reconocer que nuestra tradición caudillista se ha multiplicado en las agrupaciones ciudadanas, en esto no hemos avanzado mucho, casi nada, a no ser que la multiplicación de cuadillos nos permite superar, con el tiempo, el exceso del caudillismo regional y nacional. Aunque muchos de ellos sean los mismos sujetos que en el pasado, la mayor libertad de movimiento y circulación en agrupaciones políticas y partidos políticos puede generar un nuevo estilo de representación, en definitiva un nuevo sistema político.

Por cierto, ésta mayor flexibilidad de los sistemas de representación puede contribuir a un sistema que privilegie el consenso como forma de expresar la diferenciación de sociedad boliviana. “La forma de dominar del lado dominante de la diferenciación” tendrá que articular una propuesta amplia, o en su caso recrear nuevos mecanismos de asimilación de los grupos políticos que vayan surgiendo


(*) El autor es Director General de CIPCA

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